“Custode della Luce” - guardian of the light. Nickled bronze - 2007. Edition 7 + 3. Cm 21,5 x 17 x 18 MATTEO PUGLIESE
(Fotografía tomada de la página web del autor)
Las mañanas pasan claras y desiertas. De igual modo tus ojos se abrían hace tiempo. La mañana transcurría lenta, era un remolino de luz inmóvil. Callaba. Tú callabas, viva; las cosas vivían bajo tus ojos (ni pena, ni fiebre, ni sombra) como un mar matinal, claro. Donde tú estás, luz, está la mañana. Eras la vida y las cosas. En ti respirábamos, despiertos bajo el cielo que aún hay en nosotros. Ni pena, ni fiebre, entonces, ni esta sombra pesada del día lleno de gente y distinto. ¡Oh luz, claridad lejana, respiración cansada, dirige hacia nosotros los ojos inmóviles y claros! Es oscura la mañana que pasa sin la luz de tus ojos.
Hay casualidades que no son tales para hacernos ser unísonos. Y así, encender la luz una y otra vez hasta que ya no se apague y se logre llegar a la otra orilla. Y vivirlo todo desde una nostalgia de pasados futuros, de resplandor que ciegue, de puentes cruzados. Desde la luz de la mirada sorprendida. Desde la poesía de Tarkovsky o Pavese o Pugliese. O desde el rayo que ilumina la estancia una mañana soleada tras la lluvia.
A esta entrada le falta una música con pasión como ésta:
Hoy, mientras las protagonistas de la película de Medem compartían el mismo cepillo de dientes –éste no es violeta ni rojo, sino blanco- una le ha dicho a la otra: “No se puede tensar el arco si no hay una diana a la que apuntar”. La cita es de Leon Battista Alberti un hombre renacentista que también cultivó la poesía. No sé si Eugene Herrigel había leído ese pensamiento cuando escribió Zen en el arte del tiro con arco, obra que llegó a mis manos hace más de cuatro años y que desde una perspectiva desconcertante muestra como un profesor alemán residente durante años en Japón descubre que con un arco y una flecha se puede provocar la apertura del sentimiento creador o de la iluminación emocional. Creo que la cita de Alberti podría ser un excelente cierre para una obra tan especial. Y creo también que sí, que para “ser” hay que saber exactamente hacia donde quieres dirigirte. Hace poco alguien me dijo que al mismo tiempo que uno se define, su mundo se define con él. Supongo que todo en la vida se remite a la elección: si visualizo una diana, he de apuntar en esa dirección. Así saldrán los disparos de mis nuevas imágenes. Así los nuevos versos que se guardan en la punta de mis dedos. Así las pinceladas. Así fue la magia. Así es el milagro.
(Playa de Baldaio, un mar inundado de piedras ausentes)
Se llama Aitana y está a punto de seguir respirando en nuestros brazos.
Hoy la sentimos moverse, agitarse, quiere que todos la veamos y que finalmente desvelemos de quién es esa nariz, la forma de su mentón, los labios gruesos que se le atisban, el sonido de su llanto o el tacto de sus deditos.
Tal vez exista el destino. Últimamente lo estaba dudando, pero si nos atenemos a los hechos, puede que realmente todo esté escrito. La historia se remonta a una tarde estival del pasado julio cuando ella era aún un sueño (o una realidad). Su papá encontró, mientras buceaba, allá en las profundidades marinas, una piedrita –como diría Benedetti- con una inscripción: Aitana. Pocos días después se enteraron de que serían padres. Y semanas más tarde, supieron que era una niña. La casualidad más increíble de todas es que ése, precisamente, era el nombre que habían decidido ponerle si resultaba ser niña. No me extraña que saliese del agua llamando a mi amiga como un loco, pero un loco de alegría sabiendo que todo se había conjugado ya para que sucediese el milagro de la vida.
Yo… desde este rincón tan mío que en tantas ocasiones se ha llenado de sombras o grises, quiero hoy confesar que me siento ilusionada, feliz, expectante, muy azul… Y declaro firmemente que ¡la mimaré todo lo que pueda! La vida merece la pena: aunque nos estemos cargando el mundo, hay esperanza de que algún día Aitana y sus compañeros de generación lo cuiden, lo salven. Ella y todos los jóvenes son el oxígeno del mañana. Y nuestra sonrisa de hoy.
No es solo que tuviera los ojos cerrados, sino más bien que entonces los tenía abiertos, pero hacia dentro. Y dentro yo tenía un mundo.
(…)
«Nos despertamos para comer —cantaba el delfín—, y nos dormimos para vivir. Son tan hermosos mis sueños que a veces, cuando estoy despierto, juego a que estoy soñando».
Yo también fui niña. Yo también necesité los cuentos para vivir. Y los mejores vinieron de los labios de mi bisabuelo, “el padre Alfonso”. Lo recuerdo con su boina negra, su chaleco y su reloj de bolsillo plateado, sus pantalones de pana gruesa. Cenaba tortilla y queso y ahora que tiro de la memoria –esta fascinante y caprichosa dama que vive en nuestra mente-, caigo en la cuenta de que a él, como a mí, le encantaban los plátanos. Y tal vez de su amor hacia los cuentos me surgió, con apenas cinco o seis años, este amor hacia las historias inventadas que yo, como dice Gonzalo en su nuevo libro, creía reales.
Pasaba muchas tardes sentada en sus rodillas escuchando las travesuras de “El tío Carreño”, que debió de existir porque en el pueblo de mis orígenes hay una familia que lleva ese apellido. O tal vez no. ¡Qué importa! Lo que de verdad cuenta es que yo me reía muchísimo, y que le pedía que volviese a contarme la misma aventura una y otra vez. No le permitía que cambiase los detalles… me gustaba tal y como se la había inventado la primera vez. En aquella historia había una niña, un hombre mayor y una higuera. La recuerdo pero no la contaré aquí. Quiero guardármela en lo más hondo de mí, como tesoro de infancia, como memoria amarilla por la que el tiempo ha pasado (como diría M. Hernández –que también puso una higuera en su vida-).
Otras tardes, siempre sobre sus rodillas, me dejaba revistas que casi siempre venían de la casa de la vecina de mi abuela y me pedía que le contase qué pasaba allí. Podía estar horas y horas inventando las vidas de aquellos personajes. Siempre me escuchó atento y me daba los hilos para continuarlas. Finalmente terminaba con la tostada de miel que mi abuela Antonia me preparaba para merendar porque ya llegaba la hora del truque y él se iba. Lo veía sentada desde la puerta, con mi enorme tostada de pan de pueblo llena de miel, alejarse calle arriba con las manos cogidas a la espalda, alto, firme, imprimiendo a su paso el gesto cariñoso que lo definía. Al llegar al final de la calle, consciente de que lo observaba, se giraba lentamente, levantaba el brazo y me decía adiós moviendo la mano. Así desaparecía hasta la noche. ¡Cómo me gustaría darle las gracias ahora!
Siempre sentí como real la peripecia de “el tío Carreño”, igual que siempre yo fui aquella chiquilla de la historia, yo podía ser –acaso era- cualquiera de esos personajes que me inventaba por las tardes sobre sus rodillas. De hecho, siempre preferí el juego de inventar que el de vivir las historias reales con las otras niñas de la calle. Cuando él ya no estuvo, me sentaba en una sillita roja y blanca, más fría que sus rodillas, frente a la chimenea, y continuaba inventando. Aunque ya no tenía quien me diese parámetros. Comenzó a ser demasiado solitario, como todo el proceso artístico. Supongo que desde entonces mi bisabuelo –a quien tuve la enorme fortuna de disfrutar durante once años-, sembró en mí este amor por la fantasía, por el mundo interior, por la aventura de soñar. Me dio la alternativa en la escritura que hoy me salva en tantas ocasiones...
Hace muy poquito alguien me dijo que tenía que tener cuidado con lo que soñaba, porque a veces los sueños se cumplen. Tal vez sea cierto, y si no lo es, hoy, como entonces, sigo teniendo la ilusión de creer que todo puede ocurrir.
Gracias, querido Gonzalo, por haberme llevado a las rodillas de mi bisabuelo en este declinar de un dominical domingo en toda regla.
Y la música… permitidme que haga un brindis con pasodobles taurinos, porque pasé muchas tardes a su lado aprendiendo verónicas y otros lances. Los toros eran su otra gran afición. Por él y por aquellos tiempos felices e inolvidables.
(Vista de Berlín desde la cúpula de Norman Foster en el Reichstag)
Esta fantástica tarde me pregunto si el sentido de ocho días en Berlín no sería, al fin, traerme un par de tés y algún cigarrillo que ha pasado por la cumbre del Reichstag desde donde se puede contemplar la ciudad con perspectiva. Durante el viaje disfruté de la cerveza y de la ingravidez de estar en una ciudad que te pone en jaque mate a cada momento con voz propia, que no deja indiferente al que por ella pasa y tiene sentimientos que expresar, que, como dicen los que viven allí, “sorprende”. Pero no imaginaba que la sorpresa me estaría esperando a la vuelta para recobrar las emociones más altas mordiendo entre los labios los sabores que traje conmigo. ¿Será el sentido del viaje, al fin, la vuelta?
Has apurado el plazo que la noche te había concedido, y a quien la luz ha de traer ya lo conoces. Si vuelves hacia casa, con tus pasos volverán sus pasos. Y a tu fatiga su fatiga habrá de acompañar. La fiesta ha terminado y queda su enseñanza: como una vieja deuda contraída, nada hay más imposible que escapar de nosotros. Ya se aproxima el alba, y nadie ignora que todo plazo acaba por cumplirse, que toda deuda acaba por pagarse.
Carlos Marzal
(Erbarme dich, mein gott, Aria de La Pasión según San Mateo de J. S. Bach)