10 ago 2011

Animal nocturno


Me llamo Nora y vivo en el Paseo Siena. Es una avenida inmensa que tiene una acera entre un lado de la carretera y el otro. Mi edificio está flanqueando la parte sur y las vistas me proporcionan el paisaje empinado de la montaña de mi ciudad. No me puedo quejar: tengo a mis pies el escenario del alma humana. El sol cae por el extremo Oeste, la luz comienza a ser anaranjada y el azul del cielo está empañado de tonos opacos que anuncian la pronta salida de la luna. Frente al balcón desde el que escribo pasa una madre de unos cuarenta años, se dirige al sol, es una mujer morena y resuelta que anda a paso rápido y va escoltada por dos mellizas que levantan un palmo del suelo y que no dejan de revolotear a su lado gritándole quién sabe qué cosas, en definitiva, reclamando su atención. Ejercer de madre ha de ser una de las tareas más fatigosas de la vida, pero en apenas un segundo compruebo que quizás también sea una de las más gratificantes: lejos de regañar a la más llorona, la deja abrazarse a su pierna, le dice algo que nosotros, desde lejos, no acertamos a escuchar, la toma entre sus brazos y le da un beso. La niña se calma. Lo que más llama la atención de este lugar que me habita es que junto a escenas tan familiares como la citada o tan románticas como la de la pareja que pasea hacia el final de la avenida (hombre y mujer maduros, tranquilos, ella va ceñida a él por la cintura, él le susurra cosas al oído que la hacen mirar hacia el sol, que cae más y más), junto a esas escenas, decía, encontramos a la mujer que avanza con paso lento y ensimismada, sin prestar casi atención al perro que la pasea. No ha visto que un hombre se avecina, que va, como ella, inmerso en el mundo que le entra por los auriculares que lo atan a su bolsillo derecho, en la mano izquierda una correa lo sujeta a un perro minúsculo. Ambos se acercan, se cruzan, los perros se detienen un momento a olisquearse, se hablan y se comunican en ese lenguaje perruno y desenfadado. Ellos se miran y se sonríen mutuamente con un gesto aprendido de dios sabe cuántas paradas circunstanciales como esa repetidas en el ritual de pasear a sus respectivos perros, pero no se atreven a quitarse los auriculares y a beber un sorbo del atrevimiento de sus mascotas. Pasan unos segundos, apenas medio minuto, y cada uno avanza en el sentido de la marcha que los condujo a encontrarse. Ella, dirección a la salida de la luna. Él dirección a la puesta de sol.

El Paseo Siena es el escenario de un gran teatro donde cada alma está reflejada en el titubeo de su paso, en la seguridad de su tacón de aguja, en la mirada perdida del hombre con corbata y gesto cansado, en el nerviosismo de una madre con mellizas, en la dulzura de un brazo que rodea una cintura, en la tecla solitaria de quien lo contempla todo desde arriba y no sabe que el rumbo de su paso será el opuesto al sol: me voy a esperar la luna porque no tengo perro y yo soy más bien un animal nocturno.




5 ago 2011

Páginas dobladas (2)

Página doblada 2
(esquina inferior)

Sólo el que tiene fe en la llegada del acaecimiento y en la existencia de lo maravilloso, espera la aventura, es decir, la realización de lo indeterminado. Tales se llaman almas ilusionadas.

Asklepios, Miguel Espinosa.

Obra magnífica, escritor imprescindible que tuvo la desgracia de ser murciano. Si hubiese nacido en París, ahora estaría en todos los manuales de literatura. Es un filósofo con tanta imaginación como habilidad para combinar ideas imposibles con un lenguaje riquísimo. Asklepios es un hombre de la Grecia clásica, el últilmo, que está desterrado en la edad actual. La pérdida de los verdaderos valores del ser humano -Verdad, Bondad, Belleza- es lo que más llama la atención entre aquel remoto período y el que vive Asklepios (o nosotros mismos). Por suerte, aún hay almas ilusionadas en este mundo... cueste lo que cueste.

Para mí la aventura siempre se perfila con un trazo indefinido, misterioso. Algo así como esto:

4 ago 2011

Páginas dobladas (1)



Iba subida en los andenes del tren que cubría el trayecto Milán-Venecia. Tenía unos diecinueve años aproximadamente y fue la primera vez que doblé la página de un libro para señalar que lo que estaba leyendo era especial. Hay fragmentos de una novela o poemas que nos dicen a nosotros mismos, o tal vez consiste en que uno encuentra en esas palabras combinadas de esa forma concreta lo que hubiese querido expresar pero no logró. Copié la idea de doblar la página de mi vecino de vagón, que leía con avidez el periódico y doblaba alguna página sobre la que pretendía volver. Yo, que tenía entre mis manos a Machado, pensé que sería un buen ejercicio a partir de entonces.
Hasta hoy. Sigo doblando las páginas de los libros y he perfeccionado el sistema: subrayo el fragmento y tras ello, doblo la página por la esquina superior o por la esquina inferior. El orden no es aleatorio, tiene un significado: las páginas que desde hace más de diez años he doblado por la esquina inferior son imprescindibles para mí. Las otras, magníficas, pero en una escala menor. Ese es todo el misterio. Y desde hoy hasta que piense otra cosa, voy a compartirlas con quien se siga paseando por estos lares: no habrá orden, a veces no habrá comentarios sobre el fragmento, a veces no irá introducido por una imagen... Así de caótico y sin embargo, con tanto orden interno.
Asimismo, invito a los lectores a compartir sus fragmentos destacados, sus poemas reseñados o esa cita que se tiene por bandera. Leer lo relevante de cada uno es dar la posibilidad de leer al otro.

***

Página doblada 1
(esquina superior)

Escribir para el cajón significa siempre una especie de parálisis. Al igual que el actor no puede actuar a solas, en su dormitorio, porque sin público no actúa de verdad, sino que simplemente hace muecas de loco, tampoco el escritor puede escribir exclusivamente para la posteridad porque necesita cierto eco, enseguida, de inmediato (Gide, tras decidir que solamente escribiría obras póstumas, se dio cuenta rápidamente de que no tenía ganas de escribir).


¡Tierra, tierra!, Sándor Márai.

8 jul 2011

Días de calma


He comenzado las vacaciones veraniegas con una avidez de lectura más intensa de lo habitual, supongo que motivada por el hecho de no haber tenido el tiempo necesario en el transcurso del año académico, ya que me he ido ocupando del blog dedicado a “Elefante viajero. Homenaje a José Saramago”, que ha sido uno de los trabajos más enriquecedores a nivel educativo que he hecho hasta ahora. Ese blog y ese viaje me han llevado muchas horas transcurridas con la ilusión de ver que los muchachos aprendían y que los objetivos no sólo se alcanzaban, sino que se superaban. Ha sido una experiencia a nivel profesional tan intensa que he derrochado el tiempo y la energía en ella: tuvo como fruto el agradecimiento de todos, que se tradujo en palabras, un infinito cesto de rosas y una postal que guardo con todo mi cariño y cuyo título reza “Eres la pera”. Es impagable esta satisfacción personal del trabajo hecho con cariño.

Ahora toca desconectar y he leído en apenas un par de semanas poesía, Misteriosamente feliz, de Joan Margarit; una lectura imprescindible, El túnel, de Ernesto Sabato (como homenaje a su reciente fallecimiento); una novela sobrecogedora, La palabra más hermosa, de Margaret Mazzantini; y, por último (por ahora), me encuentro enfrascada en Memorial del convento, de José Saramago.

¡Qué suerte tenemos quienes amamos la lectura! Confieso que estoy disfrutando como una chiquilla: M. Mazzantini me ha vuelto a conmover como ya lo hiciera con No te muevas. Es una escritora que narra con toda suerte de precisión los sentimientos más intensos del alma humana. En La palabra más hermosa erige como protagonista la guerra que asola a los Balcanes, y se centra en la ciudad de Sarajevo. No se puede decir así, en pocas líneas, la fatalidad que arrastran los personajes que se ven envueltos en un conflicto bélico que ni desean ni apoyan, cómo se frustran las esperanzas de todos, cómo se amputan sueños e ilusiones, cómo se arranca la vida en el proceso de animalización que define a los francotiradores, sean éstos del bando que sean. La tragedia se ve amplificada por la voz de la protagonista, incapaz de engendrar un hijo. Esta imposibilidad de la mujer de realizarse como madre es el eje que nos lleva al territorio del pasado (Sarajevo) y que se contextualiza en un presente, acaso resignado. Seguiré la trayectoria de esta escritora y actriz italiana. Me gusta.

De Joan Margarit… me han cautivado algunos poemas, otros no demasiado. El cierre es redondo y sólo en la última composición se justifican todos los versos anteriores.

Con El túnel he llegado a comprender la obsesión, y casi me he obsesionado tanto como el protagonista: ¿hasta qué punto matan los celos? Es ésta una obra absolutamente maestra, hasta el final. Una lectura que volveré a hacer pasados unos años.

De Saramago, ¡qué decir a estas alturas! Ya hablaré de él cuando finalice esta aventura de Memorial del convento; mientras tanto dejo un fragmento de la obra, ahora que es tiempo taurino y que todos deberíamos alzar la voz para proteger los derechos de los animales. Particularmente, no encuentro gracia ninguna en el maltrato animal, sean toros (y que nadie se ampare en la tradición cultural, no me sirve), sea el animal que sea. Son seres vivos, y para mí es eso lo que cuenta. Habla Saramago:

“(…) se le sube a la cabeza la sangre que ve derramarse, las fuentes abiertas en los flancos de los toros, manando la muerte viva que hace rodar la cabeza, pero la imagen que se fija y desorbita los ojos es la cabeza raída de un toro, la boca abierta, la lengua gruesa colgando, que no segará ya, áspera, la hierba de los campos, o sólo los pastos de humo del otro mundo de los toros, cómo podríamos saber si infierno o paraíso. Paraíso será si hay justicia, no puede haber infierno después de lo que sufren éstos, (…) y por las dos puntas les allegan fuego, y entonces empieza la manta a arder, y estallan los cohetes, por mucho tiempo uno tras otro restallando, estallan y resplandecen por toda la plaza, es como asar el toro en vida, y así va el animal corriendo la plaza, loco y furioso, saltando y bramando, mientras Don Juan V y su pueblo aplauden la mísera muerte, que el toro ni siquiera se puede defender o morir matando. Huele a carne quemada, pero es un olor que no ofende a estas narices (…)”.


4 jul 2011

Tal día como hoy


[Mi abuela Isabel y yo]


El 4 de julio era frecuente que me despertase con el ring del teléfono. Mi abuela, bien temprano (porque ella siempre se levantaba al amanecer) me daba los buenos días con la misma frase: "Isabelica, que hoy es nuestro día, tenemos que convidarnos".

Hace ya tres años que no nos felicitamos mutuamente porque ella se fue, olvidando quién era y quién había sido. Sin embargo, uno de sus últimos gestos fue invitarnos a todos los que estábamos en el salón de su casa (familiares) a cenar y a dormir, porque creía que fuera había nevado y hacía mucho frío. No sabía quiénes éramos, sólo reconocía en mi padre la figura de alguien a quien había querido mucho; a él le pedía insistentemente que nos preparase camas y comida.

Al despertarme casi al alba como hacía ella, hoy he recordado sus anécdotas más cariñosas, como aquella vez que se peleó con su vecina y amiga de toda la vida porque no quería creerse que yo (¡su nieta!) había aprobado las "exposiciones" (por oposiciones) la primera vez que me había presentado. Después de aquel episodio, mi abuela siguió haciéndole los mismos favores que antes: le traía la compra del mercado o le subía la fruta de la tienda de la esquina, sólo que le colgaba las bolsas en la puerta, llamaba al timbre de la vecina para que las recogiese y se iba sin saludar. Hay miles de detalles que la hacían ser la mujer que ella olvidó ser: su generosidad desmesurada, su mesa siempre puesta para cualquiera que llegase a la casa, su coquetería femenina, su alegría por la vida...

Recuerdo mil momentos hoy, que me beberé una copa de vino por ella, por su memoria, y por la lección de optimismo que nos dio a todos.

29 jun 2011

Poema intrascendente



EL VERANO


Un día se te ocurre

que tal vez colecciones

esas bolas de nieve

donde fingen inviernos

en paisajes remotos:

te parecen románticas.


Más de un lustro ha pasado.

La colección que entonces

era sólo un proyecto,

hoy llega hasta países

donde nunca estuviste.

Sospechas que hay lugares

que son inalcanzables:

huérfanos de las cartas

se duermen los buzones,

olvidados de suerte

se ríen en tu cara

los duendes irlandeses,

fantasmales castillos

donde no hubo princesas

desafían al tiempo…


Basta con agitarlas

y vuelve a ser invierno,

y te vuelves a helar

en todos los fracasos

que tienen nombre propio:

Mostar, Londres, Dublín,

Sarajevo, Georgia,

Bolonia, Barcelona…


Sin embargo decides

que el presente te nombra,

ya no aceptas regalos

que te ahoguen de frío.

En tu mundo de hoy

instalas el verano.




15 jun 2011

La inútil obstinación


"A pesar de todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad. Y suele resultar que (...) cualquier elemento bueno, por pequeño que sea, adquiere un desproporcionado valor, termina por hacerse decisivo y nos aferramos a él como nos agarraríamos desesperadamente de cualquier hierba ante el peligro de rodar en un abismo".


E. Sábato, El túnel.



Tras su lectura, lo copié en la página de mi agenda del día de ayer y voy rumiándolo desde entonces. Ahora sé por qué: ¿se puede tener la necesidad de aferrarse a lo perdido y sin embargo saber que ya no sirve de nada? Mirar atrás sólo sirve para impedir que veas todo lo que aparece nuevo en tu horizonte. Creo que lo que de verdad merece ser elogiado en el ser humano, porque resulta contrario a la ley del tiempo, es la ligereza de peso en el equipaje interior (que ha de conservar sólo lo exquisito); y la valentía de rodar por el abismo aun a riesgo de romperse. Ese "acto de propia voluntad" es el que distingue a los conformistas de los soñadores. Yo, desdichada y felizmente, pertenezco al segundo grupo.