(esquina inferior)
Un lugar sin lugar, como un mundo al que se llega yendo hacia arriba, no hacia abajo. Sí: quizás existía un árbol tan claro que subiendo por él se tocaba otro mundo, la luna.
Todo son signos, presagio o destino.
Me llamo Nora y vivo en el Paseo Siena. Es una avenida inmensa que tiene una acera entre un lado de la carretera y el otro. Mi edificio está flanqueando la parte sur y las vistas me proporcionan el paisaje empinado de la montaña de mi ciudad. No me puedo quejar: tengo a mis pies el escenario del alma humana. El sol cae por el extremo Oeste, la luz comienza a ser anaranjada y el azul del cielo está empañado de tonos opacos que anuncian la pronta salida de la luna. Frente al balcón desde el que escribo pasa una madre de unos cuarenta años, se dirige al sol, es una mujer morena y resuelta que anda a paso rápido y va escoltada por dos mellizas que levantan un palmo del suelo y que no dejan de revolotear a su lado gritándole quién sabe qué cosas, en definitiva, reclamando su atención. Ejercer de madre ha de ser una de las tareas más fatigosas de la vida, pero en apenas un segundo compruebo que quizás también sea una de las más gratificantes: lejos de regañar a la más llorona, la deja abrazarse a su pierna, le dice algo que nosotros, desde lejos, no acertamos a escuchar, la toma entre sus brazos y le da un beso. La niña se calma. Lo que más llama la atención de este lugar que me habita es que junto a escenas tan familiares como la citada o tan románticas como la de la pareja que pasea hacia el final de la avenida (hombre y mujer maduros, tranquilos, ella va ceñida a él por la cintura, él le susurra cosas al oído que la hacen mirar hacia el sol, que cae más y más), junto a esas escenas, decía, encontramos a la mujer que avanza con paso lento y ensimismada, sin prestar casi atención al perro que la pasea. No ha visto que un hombre se avecina, que va, como ella, inmerso en el mundo que le entra por los auriculares que lo atan a su bolsillo derecho, en la mano izquierda una correa lo sujeta a un perro minúsculo. Ambos se acercan, se cruzan, los perros se detienen un momento a olisquearse, se hablan y se comunican en ese lenguaje perruno y desenfadado. Ellos se miran y se sonríen mutuamente con un gesto aprendido de dios sabe cuántas paradas circunstanciales como esa repetidas en el ritual de pasear a sus respectivos perros, pero no se atreven a quitarse los auriculares y a beber un sorbo del atrevimiento de sus mascotas. Pasan unos segundos, apenas medio minuto, y cada uno avanza en el sentido de la marcha que los condujo a encontrarse. Ella, dirección a la salida de la luna. Él dirección a la puesta de sol.
El Paseo Siena es el escenario de un gran teatro donde cada alma está reflejada en el titubeo de su paso, en la seguridad de su tacón de aguja, en la mirada perdida del hombre con corbata y gesto cansado, en el nerviosismo de una madre con mellizas, en la dulzura de un brazo que rodea una cintura, en la tecla solitaria de quien lo contempla todo desde arriba y no sabe que el rumbo de su paso será el opuesto al sol: me voy a esperar la luna porque no tengo perro y yo soy más bien un animal nocturno.

He comenzado las vacaciones veraniegas con una avidez de lectura más intensa de lo habitual, supongo que motivada por el hecho de no haber tenido el tiempo necesario en el transcurso del año académico, ya que me he ido ocupando del blog dedicado a “Elefante viajero. Homenaje a José Saramago”, que ha sido uno de los trabajos más enriquecedores a nivel educativo que he hecho hasta ahora. Ese blog y ese viaje me han llevado muchas horas transcurridas con la ilusión de ver que los muchachos aprendían y que los objetivos no sólo se alcanzaban, sino que se superaban. Ha sido una experiencia a nivel profesional tan intensa que he derrochado el tiempo y la energía en ella: tuvo como fruto el agradecimiento de todos, que se tradujo en palabras, un infinito cesto de rosas y una postal que guardo con todo mi cariño y cuyo título reza “Eres la pera”. Es impagable esta satisfacción personal del trabajo hecho con cariño.
Ahora toca desconectar y he leído en apenas un par de semanas poesía, Misteriosamente feliz, de Joan Margarit; una lectura imprescindible, El túnel, de Ernesto Sabato (como homenaje a su reciente fallecimiento); una novela sobrecogedora, La palabra más hermosa, de Margaret Mazzantini; y, por último (por ahora), me encuentro enfrascada en Memorial del convento, de José Saramago.
¡Qué suerte tenemos quienes amamos la lectura! Confieso que estoy disfrutando como una chiquilla: M. Mazzantini me ha vuelto a conmover como ya lo hiciera con No te muevas. Es una escritora que narra con toda suerte de precisión los sentimientos más intensos del alma humana. En La palabra más hermosa erige como protagonista la guerra que asola a los Balcanes, y se centra en la ciudad de Sarajevo. No se puede decir así, en pocas líneas, la fatalidad que arrastran los personajes que se ven envueltos en un conflicto bélico que ni desean ni apoyan, cómo se frustran las esperanzas de todos, cómo se amputan sueños e ilusiones, cómo se arranca la vida en el proceso de animalización que define a los francotiradores, sean éstos del bando que sean. La tragedia se ve amplificada por la voz de la protagonista, incapaz de engendrar un hijo. Esta imposibilidad de la mujer de realizarse como madre es el eje que nos lleva al territorio del pasado (Sarajevo) y que se contextualiza en un presente, acaso resignado. Seguiré la trayectoria de esta escritora y actriz italiana. Me gusta.
De Joan Margarit… me han cautivado algunos poemas, otros no demasiado. El cierre es redondo y sólo en la última composición se justifican todos los versos anteriores.
Con El túnel he llegado a comprender la obsesión, y casi me he obsesionado tanto como el protagonista: ¿hasta qué punto matan los celos? Es ésta una obra absolutamente maestra, hasta el final. Una lectura que volveré a hacer pasados unos años.
De Saramago, ¡qué decir a estas alturas! Ya hablaré de él cuando finalice esta aventura de Memorial del convento; mientras tanto dejo un fragmento de la obra, ahora que es tiempo taurino y que todos deberíamos alzar la voz para proteger los derechos de los animales. Particularmente, no encuentro gracia ninguna en el maltrato animal, sean toros (y que nadie se ampare en la tradición cultural, no me sirve), sea el animal que sea. Son seres vivos, y para mí es eso lo que cuenta. Habla Saramago:
“(…) se le sube a la cabeza la sangre que ve derramarse, las fuentes abiertas en los flancos de los toros, manando la muerte viva que hace rodar la cabeza, pero la imagen que se fija y desorbita los ojos es la cabeza raída de un toro, la boca abierta, la lengua gruesa colgando, que no segará ya, áspera, la hierba de los campos, o sólo los pastos de humo del otro mundo de los toros, cómo podríamos saber si infierno o paraíso. Paraíso será si hay justicia, no puede haber infierno después de lo que sufren éstos, (…) y por las dos puntas les allegan fuego, y entonces empieza la manta a arder, y estallan los cohetes, por mucho tiempo uno tras otro restallando, estallan y resplandecen por toda la plaza, es como asar el toro en vida, y así va el animal corriendo la plaza, loco y furioso, saltando y bramando, mientras Don Juan V y su pueblo aplauden la mísera muerte, que el toro ni siquiera se puede defender o morir matando. Huele a carne quemada, pero es un olor que no ofende a estas narices (…)”.

EL VERANO
Un día se te ocurre
que tal vez colecciones
esas bolas de nieve
donde fingen inviernos
en paisajes remotos:
te parecen románticas.
Más de un lustro ha pasado.
La colección que entonces
era sólo un proyecto,
hoy llega hasta países
donde nunca estuviste.
Sospechas que hay lugares
que son inalcanzables:
huérfanos de las cartas
se duermen los buzones,
olvidados de suerte
se ríen en tu cara
los duendes irlandeses,
fantasmales castillos
donde no hubo princesas
desafían al tiempo…
Basta con agitarlas
y vuelve a ser invierno,
y te vuelves a helar
en todos los fracasos
que tienen nombre propio:
Mostar, Londres, Dublín,
Sarajevo, Georgia,
Bolonia, Barcelona…
Sin embargo decides
que el presente te nombra,
ya no aceptas regalos
que te ahoguen de frío.
En tu mundo de hoy
instalas el verano.