A María José
Durante la sobremesa de una
comida muy especial, me encontraba relatando mis escasas aventuras de niña a un
auditorio formado por un buen grupo de amigas. Yo siempre fui miedosa y
preferí recluirme en las historias que inventaba que vivirlas en la calle de mi
pueblo, junto a otros niños: escogí la soledad en vez de las multitudes y elegí
el mundo de la fantasía en vez de la realidad. Entre cafés y dulces reíamos
animadamente, después de una comida de “autora” (¡nuestra anfitriona lo hace todo bien!,
¡qué mujer!) y las carcajadas fluían solas al comparar mi cobardía con las
acciones trepidantes y peligrosas de las otras comensales. Por esas etapas
discurríamos cuando una de ellas me dijo: “¡oye, te pareces al cuento de la
princesa y el guisante!”. La miré sorprendida y aún lo estoy hoy. De toda la cuentística de la tradición popular acertó en la elección: La princesa y el guisante estaba recogido en una antología de
cuentos que mi tío tenía (y tiene) en la biblioteca de su casa. De niña me moría de ganas
de irme a aquel rincón para jugar con mi prima (siempre fuimos cómplices), y
pasaba allí todas las noches de Reyes Magos, lo que significa que mi primer
regalo del año pasaba por leer ese cuento una y mil veces, hasta que llegaba al
séptimo colchón y allí estaba el guisante y aquella era la verdadera princesa,
la elegida por el príncipe… Y así repetía la lectura, viviendo la prueba una y
otra vez, esperando que llegase el conocido final feliz.
Hoy observo callada con
nostalgia a aquella niña sentada en una vieja mecedora que aún sigue ocupando su
puesto en la casa de mi tía junto a la estantería donde habitan los libros (en
los últimos años cede su sitio para dejar espacio a un gran árbol de Navidad,
entonces en mi familia no existía esa costumbre, sino la del belén); la veo con
su pelo recogido en una eterna trenza, allí está, balanceándose con los pies
colgando sin alcanzar el suelo, y buscando con expectación la consabida página
donde empieza su cuento. Se aísla de todos, ella y las palabras, mientras a su
alrededor deambulan en los trajines navideños la prima, las amigas de la prima,
la tía, los abuelos… y ella lee sin cesar línea tras línea hasta llegar al
final. Después, pasa de largo por dos cuentos y se detiene: ahí está La niña de la caja de cerillas, y siente
el mismo frío de la protagonista en sus manos, enciende otra cerilla, (¡sí,
enciéndela y caliéntate!- le grita en silencio), y otra más, y así hasta que se
agotan las cerillas. Sabe que la niña ha muerto, pero quiere pensar que no es
así, que está en un mundo mejor. Y la prima llega correteando, le dice que deje
ya el libro, que abajo las esperan para ir a la cabalgata porque ya han llegado
los Reyes Magos al pueblo, y entonces devuelve el libro azul a su hueco del estante, al
lado de ese granate con las letras doradas que le dibujan un lomo majestuoso, y
se despide cómplice de él hasta muy pronto, sabiendo, como sabe, que su regalo,
el mejor, acaba de acariciarlo.
Estos días no he dejado de darle
vueltas a este libro, a esos dos cuentos, a aquella niña que desapareció bajo siete
colchones tras la luz tenue de unas cerillas, a esta mujer de hoy que mira de
reojo a la realidad mientras se instala en el país de la fantasía. Pensándolo
bien, no hay tanta distancia: todos somos, casi, lo que fuimos. Los matices
solo los dan las páginas transitadas, los caminos no recorridos.
2 comentarios:
A mi me gustaba "La reina de las nieves". por el largo viaje que emprendió la niña Gerda y todas las peripecias que le ocurrieron buscando a su amigo Kay.
Gracias
Mª José.
Simbad, el Marino...
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