20 oct 2011

Por qué leer a Kundera (1)

He recogido diversas y muy variadas citas que andan subrayadas a lo largo de la producción de Kundera (que he leído completa) y que algún día quería recomendar. Empezaré por el principio, por La broma, una novela de 1967 que leí entre aeropuertos y aviones. A veces sobran las palabras de esta comentarista y basta con la cita del texto, que se pavonea por sí sola delante de esta pantalla fluorescente mientras las teclas van tintando el espacio superior que la albergará. Tengo muchas más, pero le pongo un uno a esta entrada y sólo dejo el hilo de los recuerdos sin retorno en la pluma de Kundera. Mañana o pasado, más.


"Comprendí que no podría huir de los recuerdos; que estaba rodeado por ellos".


" Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno. Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad de retorno con plena conciencia. Beberla hasta el fondo. No puede hacer trampas. No puede poner cara de que no la ve. El hombre moderno hace trampas. Trata de pasar de largo por todos los puntos clave y atravesar gratis desde la vida a la muerte".



13 oct 2011

701 páginas



Son las que suma la edición de Crimen y Castigo que ya descansa en mi mesa y que pasará a su lugar en la estantería tras colgar estas letras en este rincón azul. Son setecientas y una páginas de emociones y convulsiones, de angustias y remordimientos, de pesadillas y contrariedades. Había esperado mucho tiempo para leer esta gran novela, había esperado a estar en un momento vital de apacible ánimo para saborearla capítulo a capítulo, consciente de que me reservaba el regalo de esta historia: las dudas y elucubraciones por el crimen y el castigo de la mano de Raskólnikov y la condición humana de las diversas escalas sociales en la pintura de personajes del San Petersburgo del XIX. Ahora comprendo por qué ha permanecido a lo largo de los siglos: el remordimiento del protagonista es el núcleo sobre el que se construye la acción, la imposibilidad de ser alguien mínimamente relevante en la escala social deriva en un crimen que, en manos de otros, en manos de los poderosos, es aceptado de buen grado y hasta jaleado si se trata de grandes guerras o grandes batallas (no he podido evitar pensar en Bush, en otros presidentes que actualmente dejan correr la sangre y son tomados por héroes). ¿Acaso no es la misma ruindad? ¿Acaso no es deleznable el crimen sea cual sea su origen y su alcance? ¿Acaso no es injustificable aún hoy la pena de muerte que sigue vigente en tantos lugares del mundo? La acción pobre y mísera de un alma conduce al protagonista a la desesperación, a la enajenación, al presidio, a la fría Siberia (como le sucedió al propio Dostoievski). Hay novelas que un hombre no debiera dejar de leer; esta es, sin duda, una de ellas. No por la culpa, no por el castigo, sino por la redención: la puerta abierta a una nueva luz, a un nuevo amanecer de la condición humana, dejan un hilo de esperanza que se centra en el sentimiento más noble y puro que hay entre los hombres: el amor.

Cuesta creer que pudiera escribir esta novela por la mañana, mientras por la tarde escribía El jugador, acuciado por las deudas contraídas para la manutención de la prole… ¡Qué genio y qué ingenio el del Señor Fiódor Dostoievski!

8 oct 2011

Cabina telefónica



Steve Jobs ha muerto y estos días se ha hablado mucho de todo lo que ha supuesto su creación al mundo de hoy. Estoy de acuerdo. Y sin embargo, esta mañana al abrir los ojos, no sé por qué motivo, he recordado aquella lejanísima época (aunque solo haga unos años) en la que bajaba a hacer cola frente a la cabina de teléfono para que el hilo de voz me transportase allá donde quería estar: cerca del cuerpo anhelado o en el calor de la casa con los míos. Llegábamos gota a gota todos los que allí nos reuníamos con las monedas en el bolsillo esperando nuestro turno, impacientándonos si el de delante extendía su conversación más de la cuenta y helándonos de frío si era invierno. Siempre guardábamos una distancia prudencial con quien tenía el teléfono entre sus manos con el fin de dotar a la conversación de una intimidad imposible en aquellas circunstancias...

A veces, tras la espera, echabas la moneda, marcabas los números uno a uno, daba un tono, dos, la voz desde el otro lado respondía y… en ese momento no estaba quien tú buscabas, había salido. Colgabas, aquella cabina telefónica nunca te devolvía las monedas restantes, metías las manos en los bolsillos y te ibas tarareando palabras no dichas, a la espera de otra noche, de otra cola, de otra espera, de otra oportunidad.

Cuando sí estaba, entonces la maldita cabina engullía las monedas a una velocidad inoportuna: antes de haberte despedido un sonido continuo marcaba el final de la dicha… Metías igualmente las manos en los bolsillos y te ibas entonces tarareando las palabras dichas y, por qué no, más aún las no dichas, a la espera de otra noche, de otra cola, de otra espera, de otra oportunidad.

Y así el ritual se repetía una o dos veces por semana, y una llamada era un pequeño regalo similar al de las cartas escritas. Tenía un valor y una magia que hoy tal vez ya pocos acierten a comprender.

28 sept 2011

Retomando lo positivo


De nuevo esta mañana se ha producido ese antiguo cosquilleo que alguna vez, en las primeras épocas de docencia, sentí en el estómago. Era el cosquilleo que a uno lo aborda cuando sabe que algo está haciendo medianamente bien, que hubo quien aprendió cosas gracias a la mano que le tendiste, que alguna conciencia levantaste del letargo, que algo se sembró en los territorios fecundos de los chavales que serán nuestro futuro. Esta mañana, ante un auditorio de más de treinta chicos, dos de los alumnos del curso pasado han leído su trabajo de "Elefante viajero" (la novela de viajes que con tanto esfuerzo fueron redactando el pasado curso -puede verse aquí-) para que quienes este año se lanzan a la aventura tomen su experiencia como ejemplo. Ha sido muy gratificante ver cómo ellos mismos se plantean las dudas y se las resuelven, hablan de estrategias de escritura y de creación... En definitiva, esta mañana he vuelto a creer que hago lo que hago porque es lo mejor que puedo hacer para mejorar un poco este mundo tan mediocre que se empeña en poner como bandera de todos los estados el dinero y los intereses de unos pocos. ¿Alguno de los que más arriba están habrá sentido alguna vez ese "cosquilleo" en el estómago que hoy me ha vuelto a asaltar a mí? Lo dudo...


27 sept 2011

Páginas dobladas (5)

Página doblada 5

(Esquina superior)

Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

Herman Melville, Moby Dick

Fue una lectura apasionante y febril de hace ya cuatro años. Compartí dos meses de cama forzosa con la medicación y con la obsesión del capitán Ahab. A veces sentía su delirio como propio. Tal vez por eso esta lectura sea tan especial para mí. Ésta es solo la primera de todas las páginas que doblé, incluso algunos párrafos están subrayados.

Cada alma humana se rodea de obsesiones y deseos; Moby Dick es ese viaje constante hacia el sueño convertido en pasión, en utopía, en anhelo, en imposible.

14 sept 2011

Eres como dios

Hay un episodio en Crimen y castigo donde Raskólnikov sueña la muerte de un jamelgo a manos de su dueño enajenado (Mikolka) y de los hombretones borrachos que lo acompañan. El pobre animal que Dostoievski llama jaquilla con ese diminutivo tan eficaz ante la barbarie, muere en un episodio cruel y sangriento tras ser la diana de los látigos de los hombres que quieren matarlo por simple diversión. El animal se resiste a morir, la jaquilla no puede soportar tanto golpe y, en su impotencia, se pone a cocear (...) Parece mentira que un pobre animal tan mal parado sea todavía capaz de cocear. Entonces, la rabia de los presentes se agudiza, o la animalidad del ser humano se recrudece:

Dos mocetones del grupo se agencian sendos látigos y corren a fustigarla cada uno por el costado.

- ¡En el hocico! ¡Atizadle en los ojos! ¡En los ojos!- grita Mikolka.

(...)

-¡Así te...! -chilla Mikolka furioso. Tira el látigo, se agacha y saca del fondo de la carreta una vara larga y gruesa, la agarra con ambas manos por un extremo y la enarbola sobre la jaca.

- ¡La desloma!- gritan entorno.

- ¡La va a matar!

- ¡Es mía! -ruge Mikolka, y descarga el palo con todas sus fuerzas. Se escucha un golpe tremendo.

Mikolka enarbola de nuevo la vara y otro golpe descarga con tremenda fuerza sobre el lomo del pobre jamelgo, que cede sobre los cuartos traseros, pero se endereza y tira, tira con sus últimas fuerzas hacia un lado y otro para que arranque la carreta. Pero seis látigos la acosan desde todas partes mientras el palo se alza y cae por tercera vez y por cuarta, acompasadamente, con todo impulso. Mikolka está furioso porque no ha podido matarla de un solo golpe.

- ¡Dale con un hacha! ¡Hay que terminar de una vez!- grita otro.

- Pero ¡maldita sea...! ¡Apartaos!- chilla frenéticamente Mikolka, arroja la vara, se agacha de nuevo y saca de la carreta una barra de hierro-. ¡Cuidado!- y le atiza con todo su impulso al pobre animal. Descarga el golpe: la yegua se tambalea, cede de los cuartos traseros, intenta tirar de la carreta, pero la barra de hierro cae nuevamente con fuerza sobre su lomo y entonces de desploma como si le hubieran segado las cuatro patas de un golpe.

- ¡A rematarla!- ruge Mikolka y, fuera de sí, salta del carro. Unos cuantos mozos, congestionados y borrachos también, agarran lo que encuentran a mano -látigos, palos, la vara- y pegan a la yegua moribunda. Mikolka, a un lado, le descarga la barra al voleo sobre el lomo. La yegua estira el hocico, exhala un suspiro doloroso y muere.

Lo que acabamos de leer es el episodio de una novela de 1867, y es, además, el sueño de un personaje. Lo que leo en esta noticia de El País (aquí) es lo que ocurrió ayer, mientras un desalmado que se podría llamar Mikolka pero que tiene DNI y 26 años acaba con un toro, mientras un coro de desalmados jalean sus embistes con la lanza y contribuyen con las suyas (se utilizan incluso destornilladores). El individuo, por llamarlo de alguna forma, tiene el honor de haber matado ya a dos animales. Tras la hazaña se llevó el rabo del toro, que a saber si se lo cortan cuando aún está agonizante, para secarlo con sal y conservarlo como trofeo.

Lo que fue fabulación en la mente de Dostoievski es realidad en un pueblo de España que se jacta de tener una tradición así y que se remonta a la época de Pedro I, apodado, como todos sabemos “El Cruel”. A veces la realidad supera la ficción, y es significativo que quien dio muerte al animal confiese sentirse “como Cristiano Ronaldo, eres como dios”. ¡Qué espíritu tan pobre ha de tener una persona para necesitar sentirse como un dios! ¡Qué crueldad ha de albergar un corazón para ser tan descarnado y sentirse orgulloso de ello! ¡Qué animal endiosado! Recordemos que esto sucede en una fiesta declarada de Interés Turístico Nacional; en resumen, una vergüenza más de las que definen este país.

7 sept 2011

Páginas dobladas (4)

Página doblada 4
(esquina inferior)


El resumen de Rousseau en Julia o la nueva Eloísa es lapidario: "Tal es la nada de las cosas humanas que, excepto el Ser que existe en sí mismo, no hay nada más bello que lo que no existe".


George Steiner, Gramáticas de la creación.