3 ago 2012

Tierra del fuego en un paraíso cercano

Desde hace mucho tiempo he deseado ir hasta el faro del fin del mundo, ubicado en Ushuaia. A falta de poder desplazarme, al menos por ahora, a ese lugar de ensueño que algún día visitaré (cruzo los dedos), me espera muy pronto la figura de otro faro también anhelado desde hace tiempo. Lo he visto en muchas imágenes, sin embargo nunca lo he mirado desde abajo. Muy pronto será el momento. Y lo espero con una calma cómplice, sabiendo que su luz tal vez llegue hasta aquel otro faro tan remoto de Ushuaia, con la certeza de que su vista no me defraudará: Cabo de Gata es un paraíso.

Que las luces no se apaguen, que los caminos siempre nos conduzcan hacia nosotros mismos, que las sendas estén vestidas de arena fina con luna llena de fondo, que todas las estrellas sean faros, que no haya lugares lejanos. Que sea.

24 jul 2012

Mujer, profesional, ciudadana.



Si fuese más alocada diría que cada día que pasa lo flipo más; siendo seria puedo afirmar que "no salgo de mi asombro". No doy crédito a tanto despropósito. Ayer, mientras laboraba domésticamente, pensaba que quienes están en el poder, quienes tienen la batuta de nuestro futuro más inmediato, nos están degradando y, en definitiva, anulándonos como personas desde todos los frentes:

1. Como mujer, me quitan algo muy preciado: mi libertad de elección. Ayer me entero de que si me quedase embarazada y el feto tuviese una malformación no podré abortar aquí, es decir, tendré que buscarme la vida o el dinero necesario para hacerlo en otra parte. ¿Quién se erige como juez (o ministro) ético para imponerme que he de dar a luz a una criatura? De nuevo es un ataque a la mujer, pero es más que eso, es un ataque a la sociedad: no nos engañemos, este tema no nos afecta exclusivamente a nosotras. Va más allá y responde a toda una ideología retrógrada que se ampara en las cruces mal entendidas, las del oscurantismo. Soy mujer, vivo en un país... ¿laico?, ¿moderno?, ¿libre? Y ahora van a aniquilarme un derecho fundamental. ¿Cuántos giros del calendario retrocedemos? ¡Me asusta tanta religiosidad!

2. Como profesional de la educación, vengo escuchando de forma reiterada por parte de nuestros gobernantes (y por un nutrido grupo de la sociedad) que somos vagos, que los profesores no hacemos nada más que "tomar café", que tenemos muchas vacaciones, que trabajamos menos de veinte horas a la semana. Y ayer, limpiando el polvo de mi salón, mascullaba para mis adentros: si en Berlín dije que era profesora y me miraron con cierta admiración y respeto, ¿por qué en mi país se me tacha de inepta? Si somos quienes educamos, quienes construimos las bases para un futuro mejor dándoles a sus hijos ciertos valores y conocimientos para desenvolverse en este mundo, entonces, ¿por qué me dicen vaga? ¡Me asusta tanta envidia, tanto resentimiento!

3. Como ciudadana, vivo en un universo gobernado por el dinero. Este hecho, por sí mismo, basta para que repudie mi condición de ser social que se desarrolla y vive en una "sociedad". Me enteré ayer de que en bolsa se apuesta a la caída del más débil, y eso provoca ganancias para los más voraces. En la vida cotidiana nos bombardean con millones de estímulos que están destinados a crearnos necesidades absurdas para que formemos parte del rebaño del consumismo. Ahora que nos quitan poder adquisitivo nos quieren hacer desgraciados porque no podemos ir a comprar todo aquello que nos hicieron creer que necesitábamos. Somos seres robotizados (utilizo el plural de cortesía) y nos movemos por intereses que en realidad no tienen valor alguno. Hemos olvidado que lo originario es lo que nos hace humanos: la naturaleza, la amistad, la música, la buena compañía, el agua, la verdad, los comportamientos altruistas, el silencio, el amor. ¡Me asusta tanta avaricia!

La consecuencia de todo esto es que cuando salgo al mundo hay días en los que todo se vuelve de un tono azul oscuro casi negro, y pienso: ¿dónde vivo?, ¿quiénes son quienes me dirigen?, ¿hacia dónde vamos?, ¿cuánto tiempo falta para que todo explote?

Lo dicho: ni mujer, ni profesional, ni ciudadana. Yo lo flipo.

20 jul 2012

El sabor del melocotón


Nunca he sido una amante de la fruta, principalmente porque albergo una manía que abarca hasta donde tengo uso de razón: una vez pelado el fruto, se me cae al suelo. Sucede así en el ochenta por ciento de los casos. Dicen que es algo que he heredado de mi tío. Esto, poco a poco, me ha ido llevando a abandonar ese placer jugoso de la naranja o de algunas otras piezas que necesitan el cuchillo de por medio, a no ser que algún alma caritativa y cercana haga el trabajo por mí.
Sin embargo, hay una fruta que no puedo abandonar: el melocotón. No es por el sabor, ni por el color, ni por el aroma, ni por la textura; es por algo que va mucho más allá de la riqueza de sus matices: es una emoción difícil de explicar. Para mí el melocotón significa la figura del padre, porque él, mi padre, gobierna felizmente un huerto donde impone sus propias normas de aguas y abonos, donde pasea sus solitarios pasos cada mañana y cada tarde recorriendo las ramas de los árboles que por esta época dan ese fruto. Ese terreno es su universo, su mundo, su sabiduría, su sonido –el canto del aire libre –, la arcadia que lleva su nombre y la de sus ancestros, el paraíso que cada día respira.
A veces los objetos van mucho más allá de lo que representan, significan más de lo que señalan: esta fruta es para mí una caricia de ese hombre que ha dedicado toda su intuición y sus largas horas de silencio contemplativo al cuidado del verdor de sus árboles, al manejo de la tierra y de las raíces.
Cuando contemplo una fuente de estos deliciosos frutos, grandes, sabrosos, con un dulzor cercano al anís, siento que es él quien me regala cada mordisco de vida, cada sabor azucarado que el verano y el calor me ponen en el borde de los labios, cada caricia aterciopelada que su mano de padre, ya adentrado en una incipiente vejez, me brinda. E inevitablemente esos melocotones son su mirada, el día a día, el cantar de la chicharra al abrir la ventana de la casa que preside la higuera, el frío del invierno con las ramas desnudas, el sol de la primavera con una inundación de flores rosas.
Hace poco vi El sabor de las cerezas, una magnífica película de Abbas Kiarostami. En ella, el protagonista se disponía a suicidarse. Para ello se aleja de su hogar y se va a un huerto de cerezos, allí se sube a uno y antes de ahorcarse decide comer de esos frutos. Su sabor le hace sentir la belleza de la vida por el sol que cada mañana sale, por el amor de la gente a la que quiere, por cada sueño, por cada abrazo, por cientos de motivos. Así que cambia de opinión: llena un cesto de cerezas y se lo lleva a su esposa para el desayuno. Así, para mí, El sabor del melocotón.

26 jun 2012

Entrada en sombras

Desafío a la vejez

Cuando yo llegue a vieja
-si es que llego-
y me mire al espejo
y me cuente las arrugas
como una delicada orografía
de distendida piel.
Cuando pueda contar las marcas
que han dejado las lágrimas
y las preocupaciones,
y ya mi cuerpo responda despacio
a mis deseos,
cuando vea mi vida envuelta
en venas azules,
en profundas ojeras,
y suelte blanca mi cabellera
para dormirme temprano
-como corresponde-
cuando vengan mis nietos
a sentarse sobre mis rodillas
enmohecidas por el paso de muchos inviernos,
sé que todavía mi corazón
estará -rebelde- tictaqueando
y las dudas y los anchos horizontes
también saludarán
mis mañanas.

Gioconda Belli

21 jun 2012

Último día, con una sonrisa agradecida.



Un año más suena la última campana y las aulas se vuelven a quedar vacías. Los profesores seguimos por aquí organizando informes, evaluando a los alumnos y preparándolo todo para que en septiembre el curso vuelva a empezar; aun así tengo la sensación de que este lugar se convierte en un espacio fantasmal si los chiquillos con su griterío y sus carreras no pueblan estos pasillos infinitos, estrechos y silenciosos.

Este curso ha sido inolvidable para mí: he perdido a uno de mis alumnos, alguien excepcional y cuyo recuerdo seguirá siempre conmigo. Me quedo con sus abrazos cuando, ya enfermo, luchaba por salir adelante con una fuerza y una positividad que serán un ejemplo en mi vida. Este sentimiento no se puede describir con palabras, aunque, si tuviera que hacerlo, lo cifraría en algo parecido a un conglomerado de rabia y tristeza: llevo muy mal su ausencia porque en general no me entiendo con la muerte, mucho menos si ese nombre solo cuenta con catorce años.

Pero estos nueve meses, personalmente, también me han transmitido una esperanza ciega en el porvenir, porque muchísimos de mis alumnos han demostrado ser no sólo excelentes académicamente hablando, sino también personas de gran valía, es decir, buena gente. Me llevo las manos llenas de comportamientos generosos, de esfuerzo altruista, de trabajo en equipo para que el laborioso proyecto en el que los embarqué saliese adelante. Me quedo con el espíritu crítico de muchos de ellos ante temas que deberían movilizarnos a todos como la destrucción del único planeta que conocemos habitable o la situación de la mujer en muchas partes del mundo. Es precisamente ahora, que a los profesores se nos tacha de vagos y acomodados funcionarios, cuando más hemos de trabajar para promover en nuestros alumnos una actitud crítica ante la manipulación publicitaria. Es justo ahora cuando nuestra lucha ha de consistir en suscitar en ellos una respuesta categórica ante los discursos demagógicos a los que estamos sometidos. No podemos claudicar, ni dejar que tanto comentario desafortunado repercuta en los más débiles: estos muchachos que vienen a este instituto ahora solitario a recibir la educación que será su maleta del mañana. Y he sabido también que si logramos hacerles sentir que esa actitud generosa y de respeto que han demostrado tener es la que ha de dirigir sus vidas, entonces, este asco de mundo que estamos generando sin más valores que los de los billetes, cambiará y será un poquito mejor gracias a ellos. Basta esperar unos años. Por último me quedo con las palabras de uno de ellos, antes de irse volando hacia sus vacaciones, al decirme que él se queda con todo lo que ha aprendido pero sobre todo con mi sonrisa, que no olvidará nunca. A todos los que no miran más que sus indemnizaciones millonarias yo les dejaría sentir unos minutos la enorme satisfacción de un reconocimiento así, tal vez de esa forma recordasen qué es lo verdaderamente importante en la vida, si es que alguna vez lo supieron.

31 may 2012

Notas sueltas (con cierto desorden aparente)

Hace unos días, pensando en este espacio que he descuidado últimamente por falta de tiempo (no es una excusa), se me ocurrió que podría hacer una lista de las cosas que nos animan a seguir con una sonrisa puesta. Creo que es necesario ser feliz, igual que es necesario respirar, o mirar la calle antes de cruzar, o cerrar los ojos para ver de lejos, o respirar la luna llena para saber que todo lo inamovible sigue en el mismo lugar. Y es preciso que uno trabaje con ahínco en ello, puesto que desde fuera se empeñan cada día en convertirnos en ejércitos de gente movidos por la incertidumbre, anegados en el pesimismo, paralizados por el miedo y, en última instancia, vagabundos de la resignación. Me niego, me dije a mí misma esa misma mañana. De manera que, de camino al trabajo, durante el trayecto acostumbrado que cada día hago en coche, me dije que había infinidad de motivos para luchar por la felicidad "a raticos", y por ejemplo me vinieron a la mente cosas como:

1. Ver crecer mis plantas. Están grandísimas, espléndidas. En otros tiempos ni siquiera las miraba. Un buen amigo me dijo hace mucho tiempo que las regase, que sería gratificante. ¡Qué razón tenía!

2. La ducha fresca de cada mañana (sin cantar: no pretendo solucionar el problema de la sequía).

3. Una buena página de una novela, un buen poema.

4. Un niño que ayuda a otro a resolver un ejercicio sin esperar nada a cambio.

5. El descubrimiento de un rincón escondido.

6. El reencuentro con un lápiz del número 2 pequeño, mordido, con la inscripción "Jan", que me evoca paisajes remotos de otra vida, de otros pasos donde también retumbaron sonrisas. Entonces suena un adagio de pena que encoge un poco el alma, sucede siempre que se mira atrás, porque uno comprende que todo se ha ido. Sin embargo, hay cierta paz en ello. Tal vez aceptación. Y gratitud.

7. La certeza de haber actuado con honestidad.

8. El primer trago de una cerveza bien fría. O de un gin-tónic. O un bocado de piadina. O un ron en el sofá de casa, de noche, cuando el mundo duerme.

9. El olor del café recién hecho el sábado por la mañana, sabiendo que por delante se abre un abanico de posibilidades de tiempo y placer.

10. Todo lo que me queda por decir.

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El pasado 23 de abril tuve, como sorpresa, un libro de regalo. Se trata de La trilogía de Nueva York, de Paul Auster. Aunque he tenido unas semanas de auténtico caos en mi existencia, he sacado siempre algún rato para desconectar de todo y sumergirme en las aventuras detectivescas del mismísimo Auster. He doblado algunas páginas y he copiado unas cuantas citas. Comparto con vosotros estas:

"Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar".

"Las historias sin final no pueden hacer otra cosa que continuar eternamente".

La primera vez que oí hablar de Paul Auster estaba en Cabo de Gata: era la primera vez que volvía a ese lugar después de muchos años, era el primer curso de fotografía que hacía en la Isleta del Moro, era la primera vez que me sacudían las emociones por dentro. Y entonces alguien llamado Marc, que hacía un proyecto en el que fotografiaba una construcción que él había diseñado, dijo que era fiel lector de Auster. Y yo pensé que tendría que leer algo de este señor. Y ahora sé que leeré más cosas de él. Recuerdo risas, muchas risas, y una luna llena inmensa que bañaba aquel curso de julio donde viajé a estos y otros lugares. El azar me ha traído hasta las manos años después a Auster. Y aquella semana me dejó la amistad de Natalia, y el sabor de las sardinas de Las Negras, y el café en Rodalquilar, y el infinito de la fotografía, y un nombre: Margarita. Decían que tenía cara de llamarme así, con ese nombre de flor.

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Nota en mi agenda del 18 de mayo:

"Me reviso la graduación de la vista tras más de ocho años. Soy 0'5 más ciega; sin embargo veo mucho más allá que hace ocho años".

He de despedirme de mis viejas gafas. Pero me resisto. Han venido conmigo a tantos paraísos que separarme de ellas me da dolor de cabeza. No son un simple objeto: han sido el cristal por el que he contemplado momentos estelares. Los objetos tienen vida, hay objetos de los que uno no puede desprenderse porque sí. Deberían reflexionar sobre ello los ópticos.
Sobre mi mesilla reposan las nuevas. Escribo estas líneas aferrada a las de siempre. Y veo... que ya he escrito demasiado...

Como final, estas notas... musicales:



14 may 2012

Reivindicación del arte


Últimamente necesitamos asirnos a lo hermoso, a la claridad, a lo certero, a lo único que puede salvarnos de tanta mediocridad: la belleza. Y creo que ésta sólo puede alcanzarse a través del arte.

He rescatado un fragmento del Hiperión de Hölderlin que dice así:

"Cuando un pueblo ama lo bello, cuando honra al genio en sus artistas, circula en él un espíritu general igual al aire de la vida, la timidez se desvanece, la vanidad se disipa y todos los corazones son devotos y grandes, y el entusiasmo engendra héroes. Tal pueblo es la patria de todos los hombres, y al forastero le gusta quedarse en él. Pero ¡ay!, donde la naturaleza divina y sus artistas son tan maltratados, desaparece el mayor encanto de la vida, y cualquier otro astro es preferible a la tierra. Allí los hombres, a pesar de haber nacido todos en la hermosura, se vuelven cada vez más salvajes y yermos; crece el espíritu de servidumbre, y con él el zafio envalentonarse; con las preocupaciones aumenta la borrachería; los dones de cada año se convierten en una maldición, y los dioses huyen".

Y esta música...Corcovado