26 may 2014

El tiempo de J. M. Navia


Esta poética imagen, de Navia, me parece una pintura maravillosa para recoger la esencia del tiempo. Hace muchos años fotografié las manos de mi abuelo que ya no está. Y también lo hice con las de mi abuela, que ya cuenta con ochenta y tres años, muy a su pesar, pues cada día dedica gran parte de sus horas a pensar en él, con quien compartió sesenta y cinco años. Incluso desde el silencio, se le atisba de forma perenne una nostalgia muy tenue que le impregna la mirada.
En la imagen, la confluencia de esas manos por las que la vejez deja su lastre de surcos y vida junto al esplendor de la juventud y, acaso, el beso de toda una vida, me emocionan.
Una foto es luz: esta, concretamente, es una luz de pasado, pero también, y ojalá, una proyección hacia el futuro; días resueltos en besos y años caminando de la mano. 


1 may 2014

Gabriel García Márquez y el silencio

¿La lectura, acto de comunicación? ¡Otra graciosa broma de los comentaristas! Lo que leemos, lo callamos. Las más de las veces conservamos el placer del libro leído en el secreto de nuestra celosía. Bien porque no vemos en él nada que decir, bien porque, antes de poder decir una palabra, tenemos que dejar que el tiempo efectúe su delicioso trabajo de destilación. Ese silencio es la garantía de nuestra intimidad. El libro ha sido leído pero nosotros todavía seguimos en él. 

Daniel Pennac, Como una novela.

La certeza de esa intimidad nunca revelada es la que esta mañana me lleva a teclear estas letras: en silencio vengo asumiendo que García Márquez no publicará más libros. A él le debo infinidad de emociones, algunas seguiré silenciándolas; otras las quiero decir aquí. La primera vez que tuve un "libro de mayores" entre mis manos seguramente rondaba los once años. En la casa de campo de mis padres (por entonces de mis abuelos) había una caja donde mi tío había dejado diversos trastos, algunos cuadernos y un libro con una portada de la que manaba una fuente de sangre muy roja sobre fondo beige. En letras también rojas y redondeadas se podía leer Crónica de una muerte anunciada y el, para entonces desconocido en mi fuero interno, nombre de su autor. Guardé ese libro y por las noches, cuando mis padres me obligaban a apagar la luz para dormir, yo sacaba de mi mesilla (celosamente guardada) una linterna que había obtenido como útil necesario de una acampada, la primera de mi vida, con el colegio, en la Sierra de la Puerta (Moratalla). Aquella linterna amarilla se escondía conmigo bajo las mantas y alumbraba a Santiago Nasar ajeno a su destino recorriendo las calles, a los hermanos Vicario con sus cuchillos envueltos en papel de periódico para matarlo. Y recuerdo bien que no terminé de leerla porque pensé: uno, ya sé el final; dos, ¿por qué nadie impide que maten a este señor? Y mi mente infantil no quiso seguir leyendo la historia de un crimen ya anunciado; así que volví a otro pequeño tesoro de aquella época hallado en el mismo lugar y en la misma caja perteneciente a mi tío: Corazón: diario de un niño, de E. de Amicis. Seguí felizmente con las vivencias de Enrique y para los días menos afortunados de mi corta existencia me reservaba el placer de leer "el cuento mensual" que la obra inserta al final de cada mes; eso me alegraba y sabía que, con toda seguridad, por desafortunados que fuesen los hechos, siempre tenía ahí un cuento esperándome.

García Márquez no volvió a aparecer en mi vida hasta algunos años después: no recuerdo cómo cayó en mis manos El amor en los tiempos del cólera. Era una edición barata, de pasta blanda. Y era un verano caluroso. Tenía diecisiete años. Ya me había enamorado unas cuantas veces, y había soñado con amores imposibles en figuras de cantantes de moda o de chicos populares que no reparaban en alguien como yo: delgada, tímida... De forma que cuando llegué a las últimas páginas de la novela me encerré en el salón del piso superior de mi casa  para que nadie  me interrumpiese, y leí con absoluto fervor, como cuando se quiere inspirar cada sonido:

Florentino Ariza lo escuchó sin pestañear. Luego miró por las ventanas el círculo completo del cuadrante de la rosa náutica, el horizonte nítido, el cielo de diciembre sin una sola nube, las aguas navegables hasta siempre, y dijo: 
- Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.
Fermina Daza se estremeció, porque reconoció la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vio porque estaba anonadado por el tremendo poder de la inspiración de Florentino Ariza. 
- ¿Lo dice en serio?- le preguntó.
- Desde que nací- dijo Florentino Ariza-, no he dicho una sola cosa que no sea en serio.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de un escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.
- ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?- le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
- Toda la vida- dijo.

Leí en aquel sillón marrón este final mientras la tarde caía, mis padres volvían a casa y merodeaban por el pasillo con su trajín cotidiano, el calor pasaba y en mi mundo, el de Fermina y Florentino, ya se había instalado la esperanza de un amor posible que siempre pareció imposible. Fue la primera vez que lloré leyendo un libro, que la emoción de las palabras iba más allá de lo tangible. Y supe para siempre algo que aún hoy mantengo: la vida no tiene límites. Después, en una noche de un año de finales de julio, habría de recordar este final, y este libro, en mi primera discusión literaria en serio: había que decidirse entre Borges o García Márquez, entre perros y gatos, entre la realidad o la ficción de un mundo inventado. Nunca se llegó a una postura común, pero aún hoy, cuando huelo alguna almendra amarga, me asalta la duda de si Borges o García Márquez, y sé que ni perros ni gatos, y escucho esta novela, y paseo por sus páginas, y rememoro otras citas de García Márquez como aquel brindis de El avión de la bella durmiente: "A tu salud, bella", y sé que su literatura, igual que aquel viejo libro de edición barata subrayado con color amarillo, igual que el olor, la tierra y el destino del pueblecito portuario del Caribe, que es, en definitiva, el pueblo de cada hombre, me seguirán acompañando hasta el final. 

García Márquez supuso para mí el descubrimiento de la Literatura con mayúsculas. 
Quería escribir sobre él, podría decir muchas más cosas que no digo porque aún me apetece guardarlas en la pertenencia del silencio de la que habla Pennac en la cita inicial de este post, y quería dejar constancia de que, en parte, cómo soy hoy, es también forja moldeada de la verdad de sus mundos de ficción, tan reales que parecen mágicos. Gracias por tanto, Gabo. 




11 abr 2014

Cielo sobre el Sena


Al final de este día queda lo que quedó de ayer 
y quedará de mañana: 
el ansia insaciable e innúmera 
de ser siempre el mismo y otro.

F. Pessoa, Libro del desasosiego


Quien quiso ser y es AQUÍ 
 

14 mar 2014

Los lugares a los que nunca he ido

Esta misma tarde, viendo un documental de viajes en el que recorrían los angostos callejones de Dubrovnik, se me ha ocurrido que en mi bagaje tienen tanta importancia los lugares visitados como aquellos en los que nunca estuve: Croacia, por ejemplo. En una ocasión estuve a punto de llegar a las murallas de esa ciudad a bordo de un velero, finalmente opté por adquirir un piso que me provocó no pocos dolores de cabeza y el viaje se aplazó. Hasta hoy. Y mucho me temo que aún va a tener que esperar. La lista de países, ciudades e incluso rincones precisos de los cinco continentes que han cobrado una vida propia dentro de mí sería infinita, ya que por distintos motivos en algún momento siempre he pensado que esos espacios estaban hechos, en cierta modo, a mi medida: las huellas de Bruce Chatwin por la Patagonia, los atardeceres de Mangue Seco en Brasil, un puente histórico de Sarajevo, el bar donde Hemingway tomaba sus mojitos en Cuba, la historia de amor del Taj Majal, el viento de Ulises en las islas griegas, las tonalidades del blanco de Islandia, algún Cotton Club de un rincón de Nueva York, el tiempo detenido de la vida en Pompeya, los colores de Isaak Dinesen en África a bordo de una avioneta, la naturaleza abrumadora de Australia, los aromas de Jordania, el azul de esa mezquita que tiene títulos de pasión turca, la Petra de aquel remoto tiempo... Y así, poco a poco, me doy cuenta de que también he ido haciendo, a lo largo de los años, el mapa de mis lugares no visitados. ¡Viajar, viajar! Cómo añoro subirme a un avión. Sin embargo, no puedo quejarme: el próximo lo cogeré en breve, destino a un lugar que desde adolescente fui poblando como escenario de mis sueños más románticos. Al final, la vida va adquiriendo diversas tonalidades y nada es como había imaginado en aquel pasado tan remoto (no habrá un vestido rojo, la banda sonora no será de Verdi...)  pero tal vez así también encuentre algo de aquella antigua magia que durante décadas ha ido coloreando las imágenes de mi fantasía.




 

4 mar 2014

Modo pausa

Desde hace unas semanas vivo en una especie de limbo en el que floto dentro de una burbuja hacia no sé dónde. Resulta que lo que más me apetece es dormir, estar en paz, escuchar música con los cinco sentidos, leer al azar alguna página suelta o el suplemento del dominical del periódico, pensar en todo lo que debería estar pensando y decidiendo y... seguir tumbada en el sofá tomando algún dátil de vez en cuando o, si se tercia, un sandwich de Nocilla. Y así pasan las tardes. Y siento, recónditamente, una bendita placidez... Tengo la intuición de que este letargo engendrará alguna criatura maravillosa.


2 mar 2014

Una duda más...


Letanía
Distancia entre un recuerdo y su huella. 
El espacio que queda entre una decisión y su renuncia. 
La vibración de la luz cuando se extingue en el ocaso. 
El trazo con que la imaginación dibuja los lugares 
donde nunca hemos estado.
 Texto y vídeo de Juanan Requena

En ocasiones hay que plantarse: definitivamente hemos de ser quienes somos y mostrar nuestras cartas boca arriba. Sin embargo, no todo el mundo es capaz de comprender nuestros gustos o disgustos; lo que de verdad anhelamos o lo que no deseamos.
Hace unos días, en el transcurso de un café con una amiga charlábamos de todo esto, y fui consciente de en cuántas ocasiones uno ha de morderse la lengua para que el mundo siga su ritmo; de las decenas y decenas de veces que hemos de renunciar a aquello que de veras queremos para que los que te rodean, simplemente, no vean alterada su comodidad. 
La gran duda es: ¿hasta dónde?, ¿cuál es el límite de renuncia?, ¿cuándo es el momento de decir "yo sueño con esto" y no voy a ceder más? y ¿quién dice hasta cuándo?

24 feb 2014


[Pequeña materia roja, Antoni Tàpies, 1977]


Tengo necesidad de lo originario, de lo que está más allá de lo sensible, de la verdad pura de los actos sinceros, del frescor de la tierra en la mañana fría, de la lluvia que limpia el aire.
A veces uno quisiera encontrar lo azul, lo vívido, la magia de la vida en su estado más salvaje.
Y todo para absorber la luz de cada día, para tomar aliento; para, en definitiva, Ser.