Abandonar todos los deberes, incluso los que no nos exigen, repudiar todos los hogares, incluso los que no fueron nuestros, vivir de lo impreciso y del vestigio, entre gandes púrpuras de locura, y encajes falsos de majestades soñadas... Ser algo que no sienta el peso de la lluvia exterior, ni la congoja del vacío íntimo... Errar sin alma ni pensamiento, sensación sin sí-misma, por caminos bordeando montañas, por valles sumidos entre laderas empinadas, lejano, inmerso y fatal... Perderse entre paisajes como cuadros. No-ser a lo lejos y en colores...
Fernando Pessoa,
Libro del desasosiego
2 jun 2015
Parece mentira que hayas días que rezumen tanta vida. Darío duerme debajo de este árbol; mientras, entre mis manos, la lengua de Cortázar que me dice: "No sé exactamente de qué hablábamos, había anochecido y las lámparas jugaban con los halos del humo. Sólo recuerdo gestos y movimientos, sé que estábamos un poco distantes como siempre antes de una despedida, sé también que no habíamos hablado de un nuevo encuentro, que eso esperaba el último momento si es que realmente esperaba".
Levanto la vista y miro el espectáculo del sol entre las ramas; bajo la mirada y es de noche, y el tiempo de Verona ha concluido, y no volverán a verse, y la veo irse escuchando su nombre por última vez "como quien echa una botella al mar". A mi lado, Darío, por su barco de sueño, no escucha el eco de estas palabras.
Llevo años dedicándome a leer y a escribir sobre esta cuestión, motivada por aquella primera vez que cogí un tren que me arrojó sin guía a una estación lejana donde se hablaba una lengua con tono musical y que después habría de recordar como el viaje que me descubriría a mí misma.
Desde hace meses llevo cuestionándome algunos aspectos que a veces me restan horas de sueño, y de pronto esta mañana he sentido con lucidez una sensación lejana, propia de mí y que casi había olvidado: se traduce en la añoranza de subirme a un avión, despertarme desubicada en cualquier lugar extranjero, salir a la calle y perderme (tal vez para encontrarme), comer lo que no suelo y beber esencias distintas; saber que sin ser, sigo siendo yo.
Hay muchas definiciones del viaje, muchas teorías y cientos de párrafos que podría reseñar; sin embargo, hoy dejo una imagen. Aparece una mujer sentada en una escalinata semicircular. Los coches están aparcados en una ligera cuesta, hay uno blanco que se dispone a salir y que, en la imagen queda detenido para siempre en ese inicio del movimiento, nunca llegará a su destino. La mujer mira la escena -apenas intrascendente- fijándose en la tienda de discos antiguos que hay unos pasos más allá. Lleva colgada una mochila a la espalda y, en su brazo, un abrigo que no necesita. Es el escenario elegido por Woody Allen, y esa misma escalinata ha quedado para siempre en la historia del cine. En su interior, escucha los sonidos del jazz, las campanas sonando en la medianoche -cuando todo empieza, como una Cenincienta al revés-, y sabe que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque la condición humana quiera creerlo así. Salta el clic, la foto está hecha.
La mujer ya no estará allí, la furgoneta habrá emprendido su camino, la tienda de discos quizás ni siquiera exista. Pero en la retina guardo aquel momento, ese "estar" en el mundo, descubrir el lugar por casualidad, saborear el instante y la sorpresa.
Lo que queda del viaje es, tal vez, lo que aún late cuando se mira el recuerdo. Fui.
Mi yo es una historia,
nunca un hecho; no puedo conocerme sino investigando las disposiciones que fui
y soy; tampoco puedo hablar de mí mismo sin relatar los resultados de tal
investigación (…). Niño es una calidad; joven, otra; adulto, otra. Es imposible
recobrar las calidades perdidas, porque lo pasado no retorna, y ningún instante
se repite, no obstante la opinión de muchos antiguos y modernos. El recuerdo es
nuestro espíritu.
Miguel Espinosa, ASKLEPIOS
He desayunado leyendo en el periódico cómo la tierra se ha tragado miles de vidas y siglos de historia en un lugar que nunca he visitado pero que siempre ha sido referente de mi fatasía: Nepal. Desde hace años perseguía los documentales de viajes que recorrían su territorio y he buscado lecturas y reportajes que me llevaran a viajar a ese territorio tan peculiar del planeta. Hoy, viendo las imágenes de esta tragedia en televisión, no puedo más que evocar un antiguo recuerdo.
Estamos en septiembre de hace diez años, y acaban de entregarme el dormitorio nuevo que habitará la casa que acabo de comprar. Esa misma tarde he bajado a la tienda de lámparas que hay junto al edificio y he adquirido las que darán luz en la mesita de noche: tamizan la bombilla y se desprende un tono anaranjado. En la pared cuelga un cuadro en el que se atisba un personaje contemplativo que, sentado, mira hacia la luna llena.
Estoy acostada y leo un ejemplar de la revista Siete leguas, una combinación perfecta de textos e imágenes que me transportan a todos esos paisajes que nunca he visto pero que siempre he querido recorrer. Entre ellos, en aquel número, Katmandu, "la ciudad de los dioses" según Franciso López- Seivane. Como siempre, hojeo las páginas del reportaje y contemplo las fotos del lugar: son ambientes llenos de niebla, de sol, de gestos, de templos y pagodas, de color y bullicio, de ensoñación. Leo que hace años los hippies ocupaban las escaleras de los templos de Durbar Square, que el ritmo de la vida allí no tiene nada que ver con la percepción del tiempo de un occidental, que las mujeres se reúnen para ofrendar pétalos de flores a los dioses, que hay rincones que parecen un recoveco del tiempo. Levanto la vista y vuelvo a percibir que en mi dormitorio hay silencio y tonos anaranjados, miro hacia arriba y contemplo a quien contempla la luna. Y pienso que este remanso de paz también tiene algo que ver con la luz de lo que leo, con la armonía de los pasos silenciosos de la gente que habita los viajes que nunca he hecho y los recuerdos que aún no he forjado. Y confío en el futuro. Y sé que alguna vez un billete me llevará hasta esas plazas, hasta esos escalones.
Hoy, leyendo el artículo de Paco Nadal en El País, sé que ya no se realizará ese futuro, y que la fatalidad del destino quiere tragarse, sin piedad alguna, los sueños de la gente. Es un día triste.
Mi fe en el futuro de la
literatura consiste en saber que hay cosas que solo la literatura, con sus
medios específicos, puede dar.
ITALO CALVINO
Alguna vez he contado aquí cómo mi tía me regaló una vez un cuento de fábulas de La Fontaine que acabé memorizando, cómo en algún momento de aquel entonces encontré abandonados en una caja en la casa de la huerta de mis abuelos un libro de Edmundo de Amicis que había pertenecido a mi tío junto a la Crónica de una muerte anunciada que rescaté para mi tesoro personal... después me verían noches enteras leyendo debajo de las sábanas con la linterna amarilla que mi madre me había comprado para la inminente excursión al camping de Moratalla con los compañeros del colegio. Cuando llegó el momento de acampar, mi linterna ya no tenía pilas. Se habían consumido entre las mantas con el cuento mensual de Enrique, el protagonista de Corazón: diario de un niño. Yo tenía diez años.
Tal vez de la orden "¡Apaga la luz y duérmete!" de mis padres naciera el deseo de no obedecer, y aquel fascinante mundo clandestino que me esperaba allí debajo, lleno de aventuras, en mi universo particular, me ha traído hasta quien soy hoy.
Esta mañana mi salón se ha llenado de sol y de historias: he tomado a Darío en mi regazo y le he ido leyendo El gigante pequeño, Las dos nubes amigas, El payaso que no quería hacer reír... Y él ha escuchado atento y quietecito... hasta que ha querido coger los cuentos, tocarlos, morderlos. Ojalá los siga devorando cuando sea mayor con la misma curiosidad que hoy ha demostrado tener: la literatura es el mejor regalo que podré hacerle nunca.