26 jun 2012

Entrada en sombras

Desafío a la vejez

Cuando yo llegue a vieja
-si es que llego-
y me mire al espejo
y me cuente las arrugas
como una delicada orografía
de distendida piel.
Cuando pueda contar las marcas
que han dejado las lágrimas
y las preocupaciones,
y ya mi cuerpo responda despacio
a mis deseos,
cuando vea mi vida envuelta
en venas azules,
en profundas ojeras,
y suelte blanca mi cabellera
para dormirme temprano
-como corresponde-
cuando vengan mis nietos
a sentarse sobre mis rodillas
enmohecidas por el paso de muchos inviernos,
sé que todavía mi corazón
estará -rebelde- tictaqueando
y las dudas y los anchos horizontes
también saludarán
mis mañanas.

Gioconda Belli

21 jun 2012

Último día, con una sonrisa agradecida.



Un año más suena la última campana y las aulas se vuelven a quedar vacías. Los profesores seguimos por aquí organizando informes, evaluando a los alumnos y preparándolo todo para que en septiembre el curso vuelva a empezar; aun así tengo la sensación de que este lugar se convierte en un espacio fantasmal si los chiquillos con su griterío y sus carreras no pueblan estos pasillos infinitos, estrechos y silenciosos.

Este curso ha sido inolvidable para mí: he perdido a uno de mis alumnos, alguien excepcional y cuyo recuerdo seguirá siempre conmigo. Me quedo con sus abrazos cuando, ya enfermo, luchaba por salir adelante con una fuerza y una positividad que serán un ejemplo en mi vida. Este sentimiento no se puede describir con palabras, aunque, si tuviera que hacerlo, lo cifraría en algo parecido a un conglomerado de rabia y tristeza: llevo muy mal su ausencia porque en general no me entiendo con la muerte, mucho menos si ese nombre solo cuenta con catorce años.

Pero estos nueve meses, personalmente, también me han transmitido una esperanza ciega en el porvenir, porque muchísimos de mis alumnos han demostrado ser no sólo excelentes académicamente hablando, sino también personas de gran valía, es decir, buena gente. Me llevo las manos llenas de comportamientos generosos, de esfuerzo altruista, de trabajo en equipo para que el laborioso proyecto en el que los embarqué saliese adelante. Me quedo con el espíritu crítico de muchos de ellos ante temas que deberían movilizarnos a todos como la destrucción del único planeta que conocemos habitable o la situación de la mujer en muchas partes del mundo. Es precisamente ahora, que a los profesores se nos tacha de vagos y acomodados funcionarios, cuando más hemos de trabajar para promover en nuestros alumnos una actitud crítica ante la manipulación publicitaria. Es justo ahora cuando nuestra lucha ha de consistir en suscitar en ellos una respuesta categórica ante los discursos demagógicos a los que estamos sometidos. No podemos claudicar, ni dejar que tanto comentario desafortunado repercuta en los más débiles: estos muchachos que vienen a este instituto ahora solitario a recibir la educación que será su maleta del mañana. Y he sabido también que si logramos hacerles sentir que esa actitud generosa y de respeto que han demostrado tener es la que ha de dirigir sus vidas, entonces, este asco de mundo que estamos generando sin más valores que los de los billetes, cambiará y será un poquito mejor gracias a ellos. Basta esperar unos años. Por último me quedo con las palabras de uno de ellos, antes de irse volando hacia sus vacaciones, al decirme que él se queda con todo lo que ha aprendido pero sobre todo con mi sonrisa, que no olvidará nunca. A todos los que no miran más que sus indemnizaciones millonarias yo les dejaría sentir unos minutos la enorme satisfacción de un reconocimiento así, tal vez de esa forma recordasen qué es lo verdaderamente importante en la vida, si es que alguna vez lo supieron.

31 may 2012

Notas sueltas (con cierto desorden aparente)

Hace unos días, pensando en este espacio que he descuidado últimamente por falta de tiempo (no es una excusa), se me ocurrió que podría hacer una lista de las cosas que nos animan a seguir con una sonrisa puesta. Creo que es necesario ser feliz, igual que es necesario respirar, o mirar la calle antes de cruzar, o cerrar los ojos para ver de lejos, o respirar la luna llena para saber que todo lo inamovible sigue en el mismo lugar. Y es preciso que uno trabaje con ahínco en ello, puesto que desde fuera se empeñan cada día en convertirnos en ejércitos de gente movidos por la incertidumbre, anegados en el pesimismo, paralizados por el miedo y, en última instancia, vagabundos de la resignación. Me niego, me dije a mí misma esa misma mañana. De manera que, de camino al trabajo, durante el trayecto acostumbrado que cada día hago en coche, me dije que había infinidad de motivos para luchar por la felicidad "a raticos", y por ejemplo me vinieron a la mente cosas como:

1. Ver crecer mis plantas. Están grandísimas, espléndidas. En otros tiempos ni siquiera las miraba. Un buen amigo me dijo hace mucho tiempo que las regase, que sería gratificante. ¡Qué razón tenía!

2. La ducha fresca de cada mañana (sin cantar: no pretendo solucionar el problema de la sequía).

3. Una buena página de una novela, un buen poema.

4. Un niño que ayuda a otro a resolver un ejercicio sin esperar nada a cambio.

5. El descubrimiento de un rincón escondido.

6. El reencuentro con un lápiz del número 2 pequeño, mordido, con la inscripción "Jan", que me evoca paisajes remotos de otra vida, de otros pasos donde también retumbaron sonrisas. Entonces suena un adagio de pena que encoge un poco el alma, sucede siempre que se mira atrás, porque uno comprende que todo se ha ido. Sin embargo, hay cierta paz en ello. Tal vez aceptación. Y gratitud.

7. La certeza de haber actuado con honestidad.

8. El primer trago de una cerveza bien fría. O de un gin-tónic. O un bocado de piadina. O un ron en el sofá de casa, de noche, cuando el mundo duerme.

9. El olor del café recién hecho el sábado por la mañana, sabiendo que por delante se abre un abanico de posibilidades de tiempo y placer.

10. Todo lo que me queda por decir.

---

El pasado 23 de abril tuve, como sorpresa, un libro de regalo. Se trata de La trilogía de Nueva York, de Paul Auster. Aunque he tenido unas semanas de auténtico caos en mi existencia, he sacado siempre algún rato para desconectar de todo y sumergirme en las aventuras detectivescas del mismísimo Auster. He doblado algunas páginas y he copiado unas cuantas citas. Comparto con vosotros estas:

"Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar".

"Las historias sin final no pueden hacer otra cosa que continuar eternamente".

La primera vez que oí hablar de Paul Auster estaba en Cabo de Gata: era la primera vez que volvía a ese lugar después de muchos años, era el primer curso de fotografía que hacía en la Isleta del Moro, era la primera vez que me sacudían las emociones por dentro. Y entonces alguien llamado Marc, que hacía un proyecto en el que fotografiaba una construcción que él había diseñado, dijo que era fiel lector de Auster. Y yo pensé que tendría que leer algo de este señor. Y ahora sé que leeré más cosas de él. Recuerdo risas, muchas risas, y una luna llena inmensa que bañaba aquel curso de julio donde viajé a estos y otros lugares. El azar me ha traído hasta las manos años después a Auster. Y aquella semana me dejó la amistad de Natalia, y el sabor de las sardinas de Las Negras, y el café en Rodalquilar, y el infinito de la fotografía, y un nombre: Margarita. Decían que tenía cara de llamarme así, con ese nombre de flor.

---

Nota en mi agenda del 18 de mayo:

"Me reviso la graduación de la vista tras más de ocho años. Soy 0'5 más ciega; sin embargo veo mucho más allá que hace ocho años".

He de despedirme de mis viejas gafas. Pero me resisto. Han venido conmigo a tantos paraísos que separarme de ellas me da dolor de cabeza. No son un simple objeto: han sido el cristal por el que he contemplado momentos estelares. Los objetos tienen vida, hay objetos de los que uno no puede desprenderse porque sí. Deberían reflexionar sobre ello los ópticos.
Sobre mi mesilla reposan las nuevas. Escribo estas líneas aferrada a las de siempre. Y veo... que ya he escrito demasiado...

Como final, estas notas... musicales:



14 may 2012

Reivindicación del arte


Últimamente necesitamos asirnos a lo hermoso, a la claridad, a lo certero, a lo único que puede salvarnos de tanta mediocridad: la belleza. Y creo que ésta sólo puede alcanzarse a través del arte.

He rescatado un fragmento del Hiperión de Hölderlin que dice así:

"Cuando un pueblo ama lo bello, cuando honra al genio en sus artistas, circula en él un espíritu general igual al aire de la vida, la timidez se desvanece, la vanidad se disipa y todos los corazones son devotos y grandes, y el entusiasmo engendra héroes. Tal pueblo es la patria de todos los hombres, y al forastero le gusta quedarse en él. Pero ¡ay!, donde la naturaleza divina y sus artistas son tan maltratados, desaparece el mayor encanto de la vida, y cualquier otro astro es preferible a la tierra. Allí los hombres, a pesar de haber nacido todos en la hermosura, se vuelven cada vez más salvajes y yermos; crece el espíritu de servidumbre, y con él el zafio envalentonarse; con las preocupaciones aumenta la borrachería; los dones de cada año se convierten en una maldición, y los dioses huyen".

Y esta música...Corcovado

1 may 2012

Un nuevo nacimiento

[Imagen tomada de aquí]


Quedábamos casi siempre emplazados para tomar el café en el descanso de nuestras clases de italiano en la Escuela Oficial de Idiomas. Esperábamos el momento, bajábamos a la cafetería y salíamos después a fumar un cigarrillo. Pasaron los cursos. Pasaron otros compañeros que también congeniaron con nosotros y, finalmente, las lecciones de italiano acabaron. Ambos tuvimos nuestros respectivos títulos y sobre todo, conservamos tardes memorables que crearon complicidades: la profesora y su fiesta de Natale, las compañeras sabelotodo, las opiniones y debates en otra lengua, la fascinación por Italia que a ambos nos une, nuestro viaje de estudios particular tantas veces pospuesto y finalmente hecho... En fin, muchos aspectos que poco a poco han ido haciendo que Jesús y yo hayamos tejido una amistad de las de verdad, custodiada ya por los más de cinco años que llevamos a nuestras espaldas viviendo periplos, lágrimas, viajes, risas y algún que otro sonrojo. Y este primer post de mayo se lo dedico no exactamente a él, sino a su nueva criatura: su blog. ¡Por fin se ha decidido a publicar lo que escribe! Conozco su pasión por la escritura desde hace mucho tiempo, sin embargo su prudencia lo lleva siempre a silenciar lo que escribe. No sé qué bicho le ha picado, pero el caso es que el otro día me sorprendió diciéndome que ahí estaba, decidido a publicar cosas que han ido apareciendo tras su pluma. Y yo, desde mis halos, quiero desearle toda la suerte en su nueva andadura a esa nueva criatura blogosférica llamada "Café en Abu Simbel". El nombre ya nos dice mucho: el aroma y el sabor de una charla interesante frente a un café, y si es hablando de los innumerables, exóticos y remotos lugares que ha visitado, está asegurado el placer de conocer a través de la mirada del otro. Ánimo y suerte, amigo.

Enlace al blog: http://cafeenabusimbel.blogspot.com.es/

Y esta música, otro punto de encuentro:
http://www.youtube.com/watch?v=QHx6TYydQxk&feature=relmfu

26 abr 2012

Garcilaso de la Vega y las cartas manuscritas


Llego al instituto a primera hora, cojo mis libros y avanzo lenta por el largo pasillo ya desierto, pues confieso que me he retrasado unos minutos. Se suceden algunos gritos aislados de los chiquillos recién llegados, las puertas se van cerrando. Al final del recorrido hay una algarabía notable, algún grupo acaba de saber que vendrá un profesor de guardia puesto que el suyo hoy se ausentará. En el recorrido repasaba mentalmente la lección que me tocaba impartir intentando buscar esa chispa que en ocasiones despierta a los muchachos, los hace conectarse. Una va con poca esperanza pero sin perderla definitivamente, sobreviviendo entre el trajín cotidiano que es el pasillo de un instituto de secundaria a esa hora de un miércoles de primavera como cualquier otro. Dentro del aula me esperan, correteando entre las mesas con libretas, apuntes y con todos sus asuntos a cuestas, treinta niños de catorce años a los que tenía que leer, así, sin más, la Égloga I de Gracilaso de la Vega. “Dura tarea”, mascullo por mis adentros, aun así: “Buenos días, nos espera una clase como las demás y como ninguna otra” (a veces me pregunto qué pensarán de mí cuando les digo estas cosas, cuando juego con las palabras que la mayoría no entienden, cuando me miran con esos ojillos divertidos e inocentes). Tras el revuelo empieza a llegar el silencio y comienzo a adentrarme en los versos del poeta. Paseamos por el verde prado de fresca sombra lleno, les regalo a sus oídos el blanco lirio y colorada rosa y dulce primavera. Los observo atentamente, y los veo perder la mirada de cuando en cuando en un punto distante o infinito. Un chico menudo y distraído que se sienta al final del aula hace garabatos, ¡quién sabe si me estará escuchando!, ¿en qué paraíso estará?; otra niña no para de tocarse el pelo muy lejos de aquí y de lo que estamos diciendo. El que se sienta al lado de la ventana, la abre con sigilo para no molestar. Y sigo verso a verso. Leo lenta. Les declamo la poesía, que es como hay que hacer sonar sus cuerdas, tratando de imitar a mi profesor don Vicente cuando una mañana de hace muchos años paseó su voz por los mismos versos que hoy me ocupan a mí, los mismos versos que retuve en mi memoria hasta hoy. Transcurre la primera media hora. Galatea, que era la amada esquiva, es ahora la fallecida Elisa, y Nemoroso le pide que se lo lleve con ella a esa tercera rueda, a ese cielo de Venus, a ese territorio del amor donde la divina Elisa, con inmortales pies pisa. Y entonces sucede: alzo la mirada, dejo que el aire entre por la ventana, respiro, y la veo al fondo, escondiéndose tras su larga melena rubia, limpiándose con la manga de la chaqueta las lágrimas. Suspirando. Yo he vuelto sobre los versos despacio e íntimamente feliz, con respeto y gratitud hacia Garcilaso de la Vega, consciente de que ella, ya por siempre, estará presa de la magia de la poesía.

A segunda hora la labor se presentaba más liviana: niños de trece años se enfrentan a una redacción en la que deben contar qué motivos los llevarían a participar en una manifestación. El ejercicio está en el tema del libro que ahora nos ocupa, y viene introducido por una lectura sobre la importancia del cuidado del medio ambiente. Me ha sorprendido saber que el noventa por ciento de ellos tiene entre sus prioridades respetar a los demás, proteger a los animales y, por supuesto, cuidar el medio ambiente. Grata sorpresa. El siguiente ejercicio es enviar una carta. Ayer, cuando lo puse como deberes para casa, me preguntaron si era una carta de verdad, y les dije que sí. Hoy han venido con el sobre porque ¡no sabían en qué parte de éste se ponía el remitente y el destinatario! Los he visto llegar ilusionados, cada uno con su sobre y su carta escrita a mano para uno de sus amigos, los he observado escribir con su mejor letra los nombres, las direcciones, preguntar cómplices y con sonrisas la calle o el código postal a sus compañeros. Cuando ya estaba todo hecho, yo, que hacía de cartero, he recogido el correo. Todos estaban impacientes para recibir la suya; sin embargo, me las he guardado. Han protestado con viveza y les he dicho el secreto: “la carta manuscrita tiene un olor especial y un tiempo diferente… Vuestros amigos la han escrito para vosotros, pero ahora han de pasar unos días hasta que llegue a vuestras manos. Y durante ese tiempo sabréis que hay palabras para vosotros, pero tendréis que vivir esa espera fascinante”. Una de las niñas de la primera fila ha exclamado “¡Qué guay!” Y he sabido que ha comprendido esa magia de la carta manuscrita, de las palabras con tinta, del derecho que todos tenemos a vivir en un mundo que no esté regido por la inmediatez.

Este episodio me ha hecho revivir gratísimos momentos de mi pasado en los que recibía aún algunas cartas manuscritas: eran, son aún hoy, uno de mis tesoros. Yo también las envié con afán de que se percibieran como algo valioso. Era un ritual el hecho de elegir el papel, seleccionar el color, decidir la textura de éste, escribirlas con una tinta adecuada, poner esmero en la letra. Poco a poco veías cómo el texto iba apareciendo. Y la cerrabas metiendo un suspiro dentro, con la certeza de que, transcurridos unos días, estaría en sus manos. Tanto enviarlas como recibirlas eran actos lo suficientemente emocionantes como para hacer que un día fuese distinto al resto. Actualmente, sólo mi amigo ff me envía a principios de año una carta manuscrita junto a un precioso calendario por el que voy pasando los meses de mis días. El resto del mundo, incluida yo, hemos sucumbido a la pantalla fluorescente, al sonido de las teclas de un ordenador eléctrico. Hemos olvidado que las cartas tienen olor, cuerpo, tacto, belleza…O lo recordamos con añoranza. Suena la tecla del punto, cierro y publico. En unos segundos estará enviado al océano global de mis halos azules, para vosotros, destinatarios anónimos.


11 abr 2012

La verdad sin metáforas



Recuerdo aquellos manuales de literatura en que aprendí que los escritores se referían a ciertas cosas con un término imaginario para evocar el término real, esto es, para embellecer el lenguaje y provocar el efecto de extrañamiento. Esto hacía que la lengua literaria se distanciase de la lengua comunicativa estándar, y a ese fenómeno se le llamaba metáfora. Años más tarde, ya en la Facultad de Letras, estudiaría todas las posibles variantes de esta figura literaria partiendo de incontables textos de los grandes autores.

Estos días no dejo de sentir que el lenguaje es ultrajado continuamente, que la poesía es un arma cargada, no de futuro -como escribió G. Celaya-, sino de vestiduras ignominiosas que tratan de colorear, disfrazar, y en definitiva ocultar lo que deberían contarnos desde la verdad más cruda, haciendo uso de un lenguaje asequible para que todos los ciudadanos puedan entender bien el mensaje: este país está al borde de la quiebra por la ineptitud de unos y de otros; por haber evadido impuestos todo aquel que ha podido; por haber consentido como ciudadanos tanto despilfarro en nombre de la cultura mal entendida, puesta en manos de personajillos de dudosa Cultura; por haber destrozado a base de ladrillo y cemento un litoral que conformaba un paisaje medioambiental maravilloso e idílico, fuente de riqueza atemporal, convertido ahora en fuente de riqueza puntual para unos pocos a costa de su destrucción irreversible; por haber olvidado que el futuro de un país está en la educación y en la investigación.

Sin embargo, la clase dirigente quiere “embellecer” la situación. Ayer, sin ir más lejos, el Ministro de Economía y Competitividad se rebautizaba como capitán de navío y, utilizando la bella metáfora marina, se postulaba en el supremo encargo de dirigir una nave, y hablaba de vientos y de tempestades, así como del rumbo fijo que iba a seguir la dirección de un barco cuyo término real es España y su situación económica. Una vez dado este chapuzón marino, aparece en una entrevista radiofónica, también ayer, el Ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, y declara a los cuatro vientos que estamos en época de tormentas pero que saldrá el sol, dando por hecho que el término real es España, que la situación económica es tormentosa, y que el sol significa la esperanza en el mañana. No quiero pasar por alto que lo hace con una sonrisa cínica, aplaudiéndose a sí mismo ante la sorpresa de su inestimable capacidad inventiva. Hoy, sin embargo, El Periódico dice en su titular que estamos con "El agua al cuello”, donde el término real somos los españoles y el agua representa la magnitud del problema.

Parece que el mar, además de haber sido inspiración para los consabidos versos de Manrique o de Alberti, y para tantos otros, es también un fondo de creatividad donde la clase política puede encontrar la metáfora que nos salve del naufragio; no obstante, como ciudadana de una España que se ahoga (como en otro poema antológico, y acaso premonitorio, de Blas de Otero), embestida por tormentas y huracanes y con una miopía basada en la desesperanza que no me ayuda a contemplar horizontes soleados, me gustaría, por decencia, escuchar las cosas tal como son, es decir, la verdad sin metáforas, la realidad sin sonrisas cínicas.

Por último, como simple grumete en el océano blogosférico, lanzaré mi botella al mar con un mensaje muy claro: respeten ustedes la poesía, porque es un arte elevado que hay que acariciar con manos de seda. A una imagen hay que acercarse desde el corazón, con honestidad, honradez y un punto de genialidad; pero ustedes olvidaron o nunca atesoraron esas tres virtudes, por muy señores capitanes de este barco que se hunde.