20 feb. 2016

Eco o la interpretación de la realidad

Compré su primer libro en el año 1998, cuando cursaba el primer curso de Filología Hispánica y un profesor que aún hoy me dicta sus clases en la memoria cuando explico el poema "A José María Palacio" de Machado nos habló de su estética de la recepción y de ese concepto de "la hora del lector". Recuerdo que fue en la feria del libro donde se apareció en una edición de Ariel su Obra Abierta, y no dudé en invertir mis 700 pesetas en aquel ejemplar que hoy conservo con afecto en mi estantería. 


Después, fui añadiéndole notas, subrayados de distintos colores según reglas internas que aún hoy conservo: los libros tienen que estar habitados, han de ser "abiertos", un lugar para el diálogo.

Al finalizar la Licenciatura, hice un curso de Doctorado en el que uno de sus discípulos, venido expresamente desde la Universidad de Bolonia, nos adentró en su Semiótica y, de paso, en sus novelas. Recuerdo con fascinación aquella semana comparando textos de Borges y su laberinto con la biblioteca de Eco y los cuentos de Gerard de Nerval. 

Aún puedo visualizarme en el invierno del 2004, en aquel incómodo sofá de un piso alquilado leyendo con entusiasmo Baudolino o El misterioso velo de la reina Loayna...

Ha sido fiel compañero hasta en la redacción de mi reciente Tesis Doctoral: siempre que acudes a Umberto Eco, encuentras una resonancia nueva en sus palabras, una idea, una luz.

Hoy, que me he despertado con la noticia de su fallecimiento, solo quería dejar constancia en mi blog de que lo he sentido: es como si me dejase alguien de quien siempre esperas su siguiente novela, su siguiente artículo lleno de lucidez. Y también como si me hubiese abandonado un fiel compañero en el ejercicio de la interpretación de textos y, en definitiva, de la realidad.