12 oct. 2016

12 de octubre

Estaba ya bien entrada la noche, pero yo, lejos de dormirme, esperaba nerviosa. Percibía esos mismos nervios en mis abuelos, que me cuidaban. Recuerdo que la televisión emitía alguna película de aquellas que mi abuelo calificaba con una sonrisa orgullosa como "buena". Le gustaba ver las historias del Oeste con esos tipos duros que pasan por el Saloon y beben un whisky tan pronto como sacan el revólver. Yo me sentaba con él y procuraba entender dónde estaba aquello que le hacía sonreír cada vez que al malo le daban su merecido. Sin embargo, aquella noche no estaba sentada a su lado, mi abuela revoloteaba por la casa de un lado para el otro; yo seguía sus pasos, y mi abuelo abandonaba cada poco tiempo su eterno sitio del sofá (aún hoy mi abuela lo sigue respetando aunque él ya no esté en este mundo para ocuparlo) y se asomaba a la puerta de la calle.

En aquella época no existían los teléfonos móviles y el mundo conservaba aún el encanto de "la espera", la magia del "no saber". Los acontecimientos necesitaban su tiempo y no volaban las noticias ni las imágenes a la velocidad de la luz: había lugar para la imaginación. Solo una vecina tenía un teléfono fijo desde el que se recibían todas las noticias importantes, y aquella mañana había llegado una para mi familia. 

Mis recuerdos son confusos pero aún me veo subiendo la calle corriendo tras mi abuelo (que iba el primero) y mi abuela, que tiraba de mi mano. En lo alto de la cuesta se había parado el coche verde de mi tío, un Chrysler que yo veía casi como un cohete espacial: dentro estaban mi padre y mi tío (al volante). Detrás, mi madre, con gesto de agotamiento, traía en el regazo, envuelta en mantitas rosas, la criatura que hoy cumple 31 años. Era mi hermana: ahí estaba, morena, con mucho pelo, dormida, tan pequeña... La observé con asombro. Al día siguiente, mi vecina y yo subimos de puntillas al dormitorio de mis padres, donde seguía durmiendo, para observarla. Las dos nos mirábamos y nos parecía una de las muñecas de nuestros juegos, pero yo sabía que aquella era mía, y que lloraba de verdad, y que podría tomarla entre mis brazos mientras me miraba y jugueteaba con mi dedo.

Creció despacio, porque cuando somos pequeños todo sucede a ese ritmo del descubrimiento del mundo: el tiempo no tiene calendarios. Poco a poco fue coloreando mi vida de sus cosas, con sus travesuras (ella tenía todo el arrojo ante el mundo del que yo siempre adolecí). Se lanzaba cuesta abajo con mi bici, maquillaba las muñecas con los rotuladores, giraba los discos de la mueñeca grande hasta que dejaban de sonar, saltaba sobre las sillas, jugaba a los médicos poniéndome inyecciones con su maletín, y compartía conmigo el rechazo a la leche y, en general, a la comida.

Hoy trabaja en un hospital, está finalizando sus estudios como nutricionista para administrar bien las comidas de los demás, es arriesgada cuando toma decisiones, no deja que pase un día sin maquillarse y salta sobre la vida con esa alegría que siempre, desde aquella primera mañana que la tomé entre mis brazos, demostró tener.

Felicidades, Toñi.




21 sept. 2016



Y a mí, ya que prefiero escoger mis derrotas,
quiero que me recuerdes derrotado,
como quien algo espera
más allá de los tiempos y los hechos.
Quizás porque haga falta haberlo presagiado
o porque, en todo caso, nadie sabe
dónde acaban los sueños.

Luis García Montero

7 jul. 2016

Lo que vende

     Y los pasillos están repletos de gentes que sueñan con convertir sus casas en esos espacios idílicos que te muestran en unos cientos de metros cuadrados: han creado un ambiente de película en una nave fría e industrial; han conseguido que pasemos por delante de esas estancias ficticias y nos sentemos en sus sofás y sus mesas como si se tratase del hogar que va a acogernos con los brazos calientes y la calma de lo cotidiano. 

     Compras objetos aislados, compras elementos que te hagan recrear esa sensación una vez que estés de vuelta. A tu regreso los colocas y ves el truco: estabas en un escenario, tu casa sigue siendo tu alma. En realidad nada de lo que has adquirido te pertenece. Más bien necesitas huecos, espacios vacíos con que llenar tu imaginación, lugares de tiempo que te ayuden a crear las películas que siempre has fantaseado mientras te recuestas en ese sofá beige que te recibe con la forma exacta que tu postura favorita le ha ido marcando. 

     Levantas la mirada y ves ese objeto decorativo, esa alfombra cuyos colores imposibles se alejan del blanco que persigue tu mirada y tus deseos... te has equivocado. Los espacios perfectos son los que llevas dentro de ti. Has caído, has comprado lo que te han vendido, has cedido al creerte el truco de magia. No importa: mañana, sin falta, lo devuelvo todo. Finalmente, he gastado lo más valioso que una persona puede poseer: su tiempo. Quien esté libre, que tire la primera piedra.

1 jul. 2016

Aquella mirada

          Primer día de julio: fin de curso, fin de año. Comienza el tiempo de descanso. Y hoy (la vida tiene estas cosas) me despierto con una lucecita en el móvil que me indica un mensaje pendiente de leer: mi amigo Joaquín ha encontrado un CD antiguo en el que habitaban miradas de hace tres lustros. Allí estábamos todos los amigos, reunidos mientras bebíamos unas copas antes de salir a bailar a cualquier bar. Era sábado, siempre era sábado. Nuestros gestos son amables, divertidos. En las imágenes cada uno posa con las que aún hoy siguen siendo sus actuales parejas; todos salvo yo, que estoy sola. En aquel momento vivía más con mis recuerdos y sueños que con la realidad que me circundaba. Cuando me he visto me he reconocido: aquella mirada sé qué escondía detrás, puedo descifrar con absoluta certeza qué estaba transitando por mi fantasía. Me encontraba en aquella habitación y no me encontraba al mismo tiempo. Era yo sin ser completamente. 

          Es curiosa la vida, ¿cuántos somos al mismo tiempo? Pessoa lo resolvió bien con sus heterónimos. Tal vez sea esa una de las grandes metáforas del ser humano: en nuestro ser reside quien uno cree ser, pero también todos aquellos en quienes siempre quisimos llegar a convertirnos. El eterno diálogo entre la realidad y el deseo. 

¡Feliz verano!


Si recuerdo quien fui, otro me veo,
y el pasado es el presente en el recuerdo.
    Quien fui es alguien que amo,
empero solamente en sueño.
Y la saudade que me aflige la mente
no es de mí, ni aun del pasado visto,
sino de quien habito 
tras los ojos ciegos.
Nada que no sea el instante me conoce.
Mi mismo recuerdo es nada, y siento
que quien soy y quien fui
son sueños diferentes.

Ricardo Reis
(F. Pessoa) 

 

20 feb. 2016

Eco o la interpretación de la realidad

Compré su primer libro en el año 1998, cuando cursaba el primer curso de Filología Hispánica y un profesor que aún hoy me dicta sus clases en la memoria cuando explico el poema "A José María Palacio" de Machado nos habló de su estética de la recepción y de ese concepto de "la hora del lector". Recuerdo que fue en la feria del libro donde se apareció en una edición de Ariel su Obra Abierta, y no dudé en invertir mis 700 pesetas en aquel ejemplar que hoy conservo con afecto en mi estantería. 


Después, fui añadiéndole notas, subrayados de distintos colores según reglas internas que aún hoy conservo: los libros tienen que estar habitados, han de ser "abiertos", un lugar para el diálogo.

Al finalizar la Licenciatura, hice un curso de Doctorado en el que uno de sus discípulos, venido expresamente desde la Universidad de Bolonia, nos adentró en su Semiótica y, de paso, en sus novelas. Recuerdo con fascinación aquella semana comparando textos de Borges y su laberinto con la biblioteca de Eco y los cuentos de Gerard de Nerval. 

Aún puedo visualizarme en el invierno del 2004, en aquel incómodo sofá de un piso alquilado leyendo con entusiasmo Baudolino o El misterioso velo de la reina Loayna...

Ha sido fiel compañero hasta en la redacción de mi reciente Tesis Doctoral: siempre que acudes a Umberto Eco, encuentras una resonancia nueva en sus palabras, una idea, una luz.

Hoy, que me he despertado con la noticia de su fallecimiento, solo quería dejar constancia en mi blog de que lo he sentido: es como si me dejase alguien de quien siempre esperas su siguiente novela, su siguiente artículo lleno de lucidez. Y también como si me hubiese abandonado un fiel compañero en el ejercicio de la interpretación de textos y, en definitiva, de la realidad.


4 ene. 2016

Propósitos de año nuevo


Inauguramos el 2016 y parece que es oportuno, casi obligatorio, hacer balance de hasta dónde ha llegado uno en los 365 días precedentes y qué le ha quedado en el tintero. Por mi parte, si tuviera que hacer una lista de propósitos para el año entrante, sería, como casi todo el mundo, un elenco de obviedades que acaban por no cumplirse. No obstante, me apetece compartir con mis dos o tres lectores que aún navegan por aquí algunos deseos que no considero del todo habituales, a saber:

1. Mirar más y mejor para ver en esencia. Estoy cansada de observar gente corriendo desde primera hora de la mañana para dirigirse maquinalmente al trabajo. Lo sé por las caras antipáticas, soñolientas y, en algunos casos, despistadas,  que se asoman por las ventanillas de los coches en unas vidas autómatas donde no cabe la opción de ceder el paso en esa carrera cuya meta es ningún lugar importante. Me rebelo contra la prisa, contra este ritmo absurdo en el que, casi sin querer, también tú te ves envuelto: de repente aceleras, corres aunque te sobre el tiempo, dejas de ceder el paso... Y es que te lleva la corriente del mundo que te rodea. No... Este año slow travel... Y slow food, y slow life. 

2. Escribir para crecer. Sé que no es del todo novedoso este aspecto; sin embargo, tengo cosas que decir. Existe un país inventado que poco a poco va cobrando forma, un universo llamado Eutropia (en honor a esa ciudad invisible de I. Calvino) que se está llenado de colores como un caleidoscopio  y está a punto de estallar para ser realidad. Sus pilares constructivos son la filosofía de Marc Augé, los postulados de Duccio Canestrini, las anécdotas viajeras de Lawrence Osborne, las aventuras sin par de Corto Maltés. Y también, por algún lugar recóndito, andan danzando un par de cuentos cuyos protagonistas son ciudades que una vez visité. ¡Quién sabe si alguna vez, tal vez este año, acabarán cobrando la forma de la palabra!

3. Vivir para no dejar de ser yo. Darme tiempo a mí misma. Saber estar a solas con la melancolía del pasado y del futuro que aún no está por venir; aprehender el idioma de las flores; hablar con la música a cada paso de los rincones de mi casa; entrar en los versos, en la literatura; oír las sombras y comprender que solo están ahí porque hay luz.

En realidad este pequeño listado de deseos no es más que una buena excusa para no abandonar este rincón del horizonte desde el que me asomo al mundo de vez en cuando, y también un buen post para desear un feliz año a todos.