14 feb. 2017

Ella



La vida te zarandea
entre gozo y displicencia,
y sucumbes sin dudar
ante aquello que negabas: 
te sabes otra, distinta.

No serás, acaso, ya
hoja en el agua marchita,
sol oscuro en la mañana,
mar callado sin sus olas.

Rememoras viejos tiempos
en los que fuiste dichosa.
Hoy, miras a tu alrededor
y aceptas serenamente
que todo sea como es.

Cómplice, le susurras
a la yo que fuiste tú
que vives y que viviste.

11 feb. 2017

La vida está llena de estas cosas sin explicación

Volví a ver anoche, una vez más, Los amantes del círculo polar (Medem, 1998). No sé cuántas veces la habré visto ya, hay partes del guion que puedo recitar de memoria. Otto y Ana son dos destinos paralelos. Perciben el amor en la presencia pero aún más en la ausencia. Se saben, se intuyen. Y a mí, su historia, me habla. Se aleja de los parámetros del romanticismo tópico para entrar en la originalidad de una relación que se sustenta en las intuiciones. Me gusta pensar que la casualidad existe. Y me emociona saber que hay verdades que son de película. 

10 feb. 2017

El orden de los factores sí altera el producto

Eran las 13:35 h. cuando entré a mi clase de 1º de Bachillerato con una actividad bajo el brazo cargada de esperanzas. No es buena hora (la última lectiva) ni buen día (un jueves, víspera del viernes); pero son buenos chicos e ideé para ellos lo siguiente:
Escribí la "Página doblada" del día en la pizarra que reza así:

"¿Qué vale más en este mundo? ¿La Divinidad o la persona? La persona, sin duda. Mientras estemos en la Tierra, debemos tratar mejor a los semejantes que a los dioses, porque la Divinidad habita en los demás. Más bueno es donar a los hombres que a los templos".
                                                                             Miguel Espinosa, Asklepios

Y entonces les leí el poema "Cantares" (Abonico, 1917) de Vicente Medina. Dice así:

Yo escuché las maldiciones
y vi los ojos con lágrimas...
¡de los descorazonados
que partían de la patria!

Hacinados en los buques
vi los descorazonados...
¡yo vi la trata de negros!...
¡yo vi la trata de blancos!...

Ancho camino es el mar
y parejico y derecho...
¡Qué parejico está el mar!...
¡qué parejico de muertos!

 A continuación les proyecté un pase de fotografías con banda sonora de Moby. En él se visualizan 60 imágenes del trabajo del gran Samuel Aranda sobre la inmigración. Comenzaban con esta:



Después, con fondo musical, habían de ir relatando la historia de Diko, un niño que ha llegado a nuestro país desde Camerún. Sus ojos se encendieron al hilo de las imágenes, y cuando les lancé la red para capturar algo de su fantasía, vi que en ellos brotaba una chispa de ingenio: quisieron que los finales de sus historias fuesen positivos, optimistas. 

Al finalizar la clase algunos se acercaron a mi mesa para decirme que les había gustado mucho la actividad. Uno de ellos me comentó que iba a dar a su historia un final triste, yo le repliqué diciendo que prefería que fuese un final esperanzador. Y él, con esa fuerza que da la juventud, me respondió que primero desaría contar lo bueno porque no le gusta lo que ve, pero que desgraciadamente el orden es el inverso, así que, profesora "primero, denuncio lo que me parece injusto; después, cuando pueda, cambiaré el mundo". Ojalá pueda.

7 feb. 2017

Diario de algunas cosas

Hoy me despierto con Darío a mi lado susurrándome: "Buenos días, mamá". Después, la rutina del desayuno con su inapetencia y sus ganas de jugar. Vamos a darle de comer a las palomas antes de entrar en la guardería, pero declino el paseo y me vengo rápida al instituto: la prisa... esta compañera inoportuna que me hace estar en tres lugares a la vez, como mínimo.
Llego a tiempo de hacer copias. Entro en la clase de 1º de Bachillerato e inauguro la sección -que será diaria- "Páginas dobladas". Y les digo que yo estuve en un tren entre Milán y Venecia una vez remota en la que fui adolescente, como ellos, y que fue allí donde vi a mi vecino de vagón doblar la esquina del periódico que leía con avidez. Y que compartiré con ellos esas páginas (sentencias, fragmentos, poemas...) que me hacen o me nombran o acaso nos cifren a todos.

En letras grandes, en la pizarra, la silueta de las palabras acompaña sus silencios expectantes:

"Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es utopía ni locura sino justicia". 
M. de Cervantes, El Quijote.

2 feb. 2017

"Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar", M. Ende

Son tiempos aciagos para la lentitud. En nuestro mundo de hoy toca vivir a un ritmo frenético: viajar en avión (para perder la noción de la distancia exacta que nos separa de un punto y "estar" en la otra parte del mundo sin haberte percatado del camino); buscar en el sabelotodo Don Google cualquier duda para que esta deje de existir al instante (aunque te proporcione un conocimiento superficial del asunto); comunicarte con los tuyos para avisar de que estás yendo, de que ya vas por el medio del camino, o de que ya has llegado, e incluso de que justo ahora has subido a casa, etc.; colgar en la red tu vida en treinta caracteres porque para qué más; subir la foto que deja constancia de que estás ahí para que haya un montón de "me gustan" detrás y te sepas aceptado y gustado por la comunidad conocida y también por la desconocida... y un largo etcétera que cada uno podrá engrosar sencillamente con pararse un minuto a observar su día a día.

En este contexto hoy se me hace necesario volver a sentir la calidez de aquella dulce niña llamada Momo que escuchaba a los adultos sin tiempo: ella se detenía  y les prestaba atención mientras, casi sin hablar, ellos iban hilando sus vidas. Sencillamente, escuchaba. Más que una virtud del personaje de Ende, es una actitud: si todos escuchásemos con todos los sentidos, seguramente las consecuencias se harían visibles a medio plazo. 

¿Qué relación tendrá nuestro modo de vida apresurado con la necesidad de triunfo de algunos, con la sed de éxito porque sí -a veces sin sustancia en la que basarlo; o peor, basándolo en las ideas ajenas-, con la costumbre de pasar por encima de todo lo moral y lo inmoral para estar en el lugar antes que nadie y llenarse las solapas de galones? ¿Para qué trepar tan rápido por las jerarquías de cualquier orden si en el camino no te nutres del silencio que te llena y te forma como persona? La hipocresía y la superficialidad van, por el mundo de hoy, corriendo.


1 feb. 2017

El orden del caos

Vengo reflexionando desde hace unos días qué sucedería si yo fuese una persona ordenada y metódica, ya que no lo soy. Y casi mejor, después de pensarlo, me quedo como estoy. Resulta que pierdo cosas:  no es que desaparezcan de mi casa o del instituto en el que trabajo; sino que no las encuentro. He logrado, con el paso de los años, establecer un lugar fijo para dejar las llaves de casa y del coche, y es un éxito para mí constatar que cada vez que me voy sigan en el lugar establecido. Sin embargo, todo lo demás, no tiene su espacio. Hay apuntes que van y vienen, recortes de periódicos, textos para su comentario o análisis en clase desperdigados por carpetas físicas y virtuales, fichas de lectura, notas sueltas de un libro que quiero leer o una película que ansiaba ver o una canción imprescindible que tengo que volver a escuchar, un calcetín viudo que tal vez espera encontrar su compañero en el paraíso de los calcetines olvidados, una camiseta interior con el escote amplio que me vendría muy bien ahora con este jersey, esos zapatos negros de tacón alto que juro haber guardado (ordenados) en una caja que ahora está desaparecida. Porque esa es la otra clave: si ordeno algo según el lugar que debería corresponderle, nunca más lo volveré a encontrar.

He de decir en mi defensa que no soy la única de este mundo que vive en ese aparente desorden, ya que entre todo eso que no está clasificado siempre acaba apareciendo lo que necesito. Y es que el desorden guarda en sí mismo un orden interno, el caos se organiza en torno a motivaciones. Y es ahí donde surgen analogías y desde donde empieza lo que considero uno de mis atributos más divertidos: la creatividad. ¿Qué sería de mí sin las asociaciones increíbles? 

12 oct. 2016

12 de octubre

Estaba ya bien entrada la noche, pero yo, lejos de dormirme, esperaba nerviosa. Percibía esos mismos nervios en mis abuelos, que me cuidaban. Recuerdo que la televisión emitía alguna película de aquellas que mi abuelo calificaba con una sonrisa orgullosa como "buena". Le gustaba ver las historias del Oeste con esos tipos duros que pasan por el Saloon y beben un whisky tan pronto como sacan el revólver. Yo me sentaba con él y procuraba entender dónde estaba aquello que le hacía sonreír cada vez que al malo le daban su merecido. Sin embargo, aquella noche no estaba sentada a su lado, mi abuela revoloteaba por la casa de un lado para el otro; yo seguía sus pasos, y mi abuelo abandonaba cada poco tiempo su eterno sitio del sofá (aún hoy mi abuela lo sigue respetando aunque él ya no esté en este mundo para ocuparlo) y se asomaba a la puerta de la calle.

En aquella época no existían los teléfonos móviles y el mundo conservaba aún el encanto de "la espera", la magia del "no saber". Los acontecimientos necesitaban su tiempo y no volaban las noticias ni las imágenes a la velocidad de la luz: había lugar para la imaginación. Solo una vecina tenía un teléfono fijo desde el que se recibían todas las noticias importantes, y aquella mañana había llegado una para mi familia. 

Mis recuerdos son confusos pero aún me veo subiendo la calle corriendo tras mi abuelo (que iba el primero) y mi abuela, que tiraba de mi mano. En lo alto de la cuesta se había parado el coche verde de mi tío, un Chrysler que yo veía casi como un cohete espacial: dentro estaban mi padre y mi tío (al volante). Detrás, mi madre, con gesto de agotamiento, traía en el regazo, envuelta en mantitas rosas, la criatura que hoy cumple 31 años. Era mi hermana: ahí estaba, morena, con mucho pelo, dormida, tan pequeña... La observé con asombro. Al día siguiente, mi vecina y yo subimos de puntillas al dormitorio de mis padres, donde seguía durmiendo, para observarla. Las dos nos mirábamos y nos parecía una de las muñecas de nuestros juegos, pero yo sabía que aquella era mía, y que lloraba de verdad, y que podría tomarla entre mis brazos mientras me miraba y jugueteaba con mi dedo.

Creció despacio, porque cuando somos pequeños todo sucede a ese ritmo del descubrimiento del mundo: el tiempo no tiene calendarios. Poco a poco fue coloreando mi vida de sus cosas, con sus travesuras (ella tenía todo el arrojo ante el mundo del que yo siempre adolecí). Se lanzaba cuesta abajo con mi bici, maquillaba las muñecas con los rotuladores, giraba los discos de la mueñeca grande hasta que dejaban de sonar, saltaba sobre las sillas, jugaba a los médicos poniéndome inyecciones con su maletín, y compartía conmigo el rechazo a la leche y, en general, a la comida.

Hoy trabaja en un hospital, está finalizando sus estudios como nutricionista para administrar bien las comidas de los demás, es arriesgada cuando toma decisiones, no deja que pase un día sin maquillarse y salta sobre la vida con esa alegría que siempre, desde aquella primera mañana que la tomé entre mis brazos, demostró tener.

Felicidades, Toñi.