7 jul. 2017

Mi gran libro

Aquella niña tendría por aquella época unos ocho o nueve años, estaba sentada a la mesa en la celebración de una comida familiar: los abuelos, los tíos, los padres, los primos. El jaleo típico de aquellas comidas tiene un sonido muy similar al de hoy cuando llegan los días de Navidad. Pero aquel ruido se interrumpió poco antes del postre porque, de manos de su tía, llegaba un regalo para ella: envuelto en un papel había algo rectangular y duro. Lo abrió impaciente y la inundó la fascinación: era su primer libro. En la portada se dibujaban animales y colores divertidos, y en sus páginas había cientos de palabras que contaban historias. Se levantó corriendo de la mesa sin advertir que la llamaban para los dulces, sin escuchar nada más que el olor de las páginas, el color de las historias, las promesas de las figuras que iban a sumergirla en otras vidas. 
Se trataba de Mi gran libro de fábulas, escrito por un tal La Fontaine, aunque en aquella época ni siquiera sabía qué significaban aquellos sonidos raros que se asemejaban a la palabra "fuente". Pero no importaba, porque dentro la esperaban "La gallina de los huevos de oro", "La lechera", "La liebre y la tortuga", "El avaro que perdió su tesoro"... y tantos otros. Una tarde, al rescoldo de las brasas, tuvo la gran osadía de su infancia. Mirando el fuego, algo que le gustaba especialmente, y con el libro entre las manos, pensó que era su gran posesión, y decidió nombrarla. Buscó un bolígrafo, se sentó de nuevo, y con la caligrafía esmerada propia de su edad, poniendo las tildes en su lugar, colocó su nombre junto a sus dos apellidos en la primera página.

Desde entonces hasta hoy han pasado treinta años, y aquellas letras y aquella emoción me siguen embargando cuando contemplo el tiempo amarillo de sus páginas al pasarlas mientras le leo en voz alta esas mismas historias a mi hijo de casi tres años. Mi gran libro de fábulas para mi gran tesoro. 


21 jun. 2017

Fin de año

Cada vez llega antes... Hoy ha sido el último día que mis alumnos han venido a clase. Han pasado nueve meses entre las paredes de estas aulas, y en ese tiempo la simbiosis alumno-profesor hace que lleguen a crearse complicidades que se traducen en bromas que se comprenden a veces con una simple mirada, reprimendas por el trabajo sin hacer o felicitaciones que reciben orgullosos cuando saben que han alcanzado con éxito una meta. Son días y días conviviendo entre palabras, libros, ejercicios de creatividad y estudio. Hoy ha tocado el punto y final. Como despedida, quienes fueron alumnos míos hace ya cuatro años, han venido en mi busca para que retocase su discurso final de graduación (irán, el próximo año, a la universidad). Los he visto formales, graves en el asunto que trataban y tomándose muy en serio la tarea encomendada, afrontándola con madurez. Uno de ellos quiere ser ingeniero, el otro arquitecto, la otra psicóloga. Eran niños cuando vinieron a mi aula, cargados con aquellas mochilas pesadas que hoy pueden sostener sin dificultad. Se van del instituto camino de su vida de adultos.
En su discurso daban las gracias a los profesores, conscientes de que aprenden mucho más que contenidos curriculares: aprenden a ser personas. Yo no diría tanto, pero la verdad es que volviendo a casa me he preguntado seriamente qué aprenden de nosotros. ¿Qué les quedará en el poso de sus conciencias, pasados los años, de esta Isabel, la de Lengua, que les contaba más Literatura que Sintaxis? ¿Qué habré aportado, si es que algo he aportado, a aquellos niños que hoy son más altos que yo? ¿En qué quedan los nueve meses, y los otros nueve, y los cientos de redacciones corregidas, y los exámenes afrontados con mayor o menor éxito, y las complicidades, y las bromas, y las llamadas de atención, y las felicitaciones?
Sea como sea, gracias por buscarme hoy, y gracias por ese dibujo en la pizarra de quienes dentro de seis años cargarán con su título y se irán, como los que hoy se van, y pronunciarán su discurso de despedida. Feliz verano. 


25 may. 2017

[Fotografía de Juanan Requena: aquí]

 
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas 
 [...]
Mario Benedetti


Cada día soy más consciente de que este es nuestro gran trabajo cotidiano: defender la alegría, porque siempre hay circunstancias, hechos o personas que intentan ahuyentarla de nuestro lado. No lo consentiré: el valor de nuestros actos se determina por las consecuencias de estos. Defiendo la alegría en mi vida porque me la merezco. Como cada cual la merece en la suya. ¡Que no nos vapuleen los fracasos ajenos, las envidias maliciosas, la apatía cómoda, el pesimismo destructivo, la sonrisa ausente, las sombras amargas! Alegría por bandera, humor, y amor.

20 may. 2017

Frivolidades de género

Leo con estupor que la reciente ganadora de un sustancioso premio literario declara en una entrevista reciente que en España aún no hay una Angela Merkel a la que no le importe qué ponerse encima, no pasar por el tinte para esconder sus canas y no meterse un "chute" de botox en cuanto sea necesario, añade que vende más la imagen de una mujer pasando revista a las tropas que la de un hombre y que aún hay esperanza para este país porque hay mujeres muy valiosas... y algunas lindezas más que le han valido, junto a su novela y su imagen chic, ciento veinte mil euros del premio concedido. No he leído nada de esta señora, así que no puedo decir de qué tinte es su literatura según mi criterio (absolutamente personal, ya que es mío solo), pero si el autor -autora en este caso- me dice que la opinión de un personaje público se basa en un 90% en su imagen he de replicar que no, no casi todo está en la imagen: por ejemplo a mí me importa bien poco la cantidad de botox que lleve usted o cualquiera otra (según ella los hombres no necesitan recurrir a estos arreglos) en su cara, prefiero, antes que nada, hacer lo que he hecho esta tarde: teclear su nombre en Google e irme no a sus fotos, sino a una entrevista reciente para saber cómo habla, qué opina, cuáles son sus preferencias en la vida. De momento, así, a priori, no me interesa lo que puedan contarme sus personajes.

Soy absolutamente contraria al feminismo mal entendido: la sensibilidad, el tesón, el esfuerzo, la inteligencia, la capacidad de liderazgo y de trabajo en equipo, el humor, la diligencia en la resolución de conflictos, la organización, el entusiasmo... no tienen en exclusividad nombre de mujer: conozco hombres que bien encajarían en este patrón. Pero queda actual y moderno descalificar (por omisión) al género opuesto y abogar por la mujer porque en nuestra sociedad machista todo nos ha sido arrebatado, y ahora resulta que somos heroínas y estamos empezando a reivindicarlo. ¡Qué daño está haciendo esta postura que inclina la balanza de forma peligrosa! Quiero escuchar que uno no vale más que otro por ser hombre o mujer, sino justamente, por su competencia para desarrollar la función que se le asigne y su habilidad para compaginar todas las facetas de la vida sin perder el sentido del humor. 

Pues eso, frivolidades de género.



17 may. 2017

¿Es usted feliz?



El final de la entrevista que ayer tuve la suerte de ver en Pagina Dos contenía esta pregunta al entrevistado: Daniel Tammet. Era, hasta ayer, alguien desconocido para mí; hoy, sus títulos ya están anotados en mi lista de lecturas imprescindibles porque me cautivaron su sensatez y la sabiduría con la que abordó cuestiones muy relevantes para mí como el fomento de la creatividad en los niños. 

Si a un islandés se le pregunta qué tiempo hace, él responderá que se lo vuelvas a preguntar pasados quince minutos, ya que el tiempo en Islandia es, al parecer, bastante cambiante. Esa fue su respuesta a la pregunta: la felicidad no es algo que "sea", sino que cambia con velocidad. Se "está" o no feliz en momentos concretos. Algo así como el tiempo en Islandia.

¿Es usted feliz? Preguntémonos mejor: ¿estoy feliz ahora? Supongo que es lo máximo a lo que podemos aspirar. Lo demás son quimeras. Elogio del aquí y del ahora, aunque bien es cierto que el recuerdo sosegado también puede proporcionarnos esa anhelada felicidad. Buena lección la de Tammet. 


15 may. 2017

De tu boca

Desde hace unos días a mi hijo le ha dado por pedirnos, tanto a su padre como a mí, que los cuentos de antes de dormir no sean de los libros ilustrados que atesora en su estantería, sino "mamá, cóntame un cuento de aquí, de tu boca". La conjugación irregular de los verbos que él convierte en regular, unida a la idea de que el cuento sea inventado en voz bajita solo para él y con las condiciones que esa noche ponga (un elefante azul, la playa y el cocodrilo...) no dejan de sorprenderme. Me parece alucinante que ya haya descubierto que no hay artefacto más potente que nuestra propia imaginación; pero aún me resulta más curioso el paso que anoche dio: "No, mamá. No se llaman así, son Antonio, Hugo, Blanca y Alba. Y el papá no le dice que lleve la cesta como lo has dicho tú... le dice...". Y corrige mi entonación y lo que dice el personaje del cuento. 
A sus dos años y medio Darío ha descubierto que la creatividad y la fantasía son divertidas, y de ser espectador de los relatos de sus padres se ha convertido en el creador, en parte, de las aventuras de sus personajes favoritos. Acaba de dar el gran salto hacia la creación. 
Me fascina este hecho. Ojalá nunca deje de cultivar esa Fantástica.

7 may. 2017

Quien no siente la ilusión de regalar es que no siente.
Regalar es agasajar, romper el hielo según su etimología.
Hoy, las rosas acompañan a las madres.
¿Una ocasión para los comercios?
Es hermoso reconocer que nuestra labor de 24 horas, por un día, es especial.