14 mar. 2014

Los lugares a los que nunca he ido

Esta misma tarde, viendo un documental de viajes en el que recorrían los angostos callejones de Dubrovnik, se me ha ocurrido que en mi bagaje tienen tanta importancia los lugares visitados como aquellos en los que nunca estuve: Croacia, por ejemplo. En una ocasión estuve a punto de llegar a las murallas de esa ciudad a bordo de un velero, finalmente opté por adquirir un piso que me provocó no pocos dolores de cabeza y el viaje se aplazó. Hasta hoy. Y mucho me temo que aún va a tener que esperar. La lista de países, ciudades e incluso rincones precisos de los cinco continentes que han cobrado una vida propia dentro de mí sería infinita, ya que por distintos motivos en algún momento siempre he pensado que esos espacios estaban hechos, en cierta modo, a mi medida: las huellas de Bruce Chatwin por la Patagonia, los atardeceres de Mangue Seco en Brasil, un puente histórico de Sarajevo, el bar donde Hemingway tomaba sus mojitos en Cuba, la historia de amor del Taj Majal, el viento de Ulises en las islas griegas, las tonalidades del blanco de Islandia, algún Cotton Club de un rincón de Nueva York, el tiempo detenido de la vida en Pompeya, los colores de Isaak Dinesen en África a bordo de una avioneta, la naturaleza abrumadora de Australia, los aromas de Jordania, el azul de esa mezquita que tiene títulos de pasión turca, la Petra de aquel remoto tiempo... Y así, poco a poco, me doy cuenta de que también he ido haciendo, a lo largo de los años, el mapa de mis lugares no visitados. ¡Viajar, viajar! Cómo añoro subirme a un avión. Sin embargo, no puedo quejarme: el próximo lo cogeré en breve, destino a un lugar que desde adolescente fui poblando como escenario de mis sueños más románticos. Al final, la vida va adquiriendo diversas tonalidades y nada es como había imaginado en aquel pasado tan remoto (no habrá un vestido rojo, la banda sonora no será de Verdi...)  pero tal vez así también encuentre algo de aquella antigua magia que durante décadas ha ido coloreando las imágenes de mi fantasía.




 

4 mar. 2014

Modo pausa

Desde hace unas semanas vivo en una especie de limbo en el que floto dentro de una burbuja hacia no sé dónde. Resulta que lo que más me apetece es dormir, estar en paz, escuchar música con los cinco sentidos, leer al azar alguna página suelta o el suplemento del dominical del periódico, pensar en todo lo que debería estar pensando y decidiendo y... seguir tumbada en el sofá tomando algún dátil de vez en cuando o, si se tercia, un sandwich de Nocilla. Y así pasan las tardes. Y siento, recónditamente, una bendita placidez... Tengo la intuición de que este letargo engendrará alguna criatura maravillosa.


2 mar. 2014

Una duda más...


Letanía
Distancia entre un recuerdo y su huella. 
El espacio que queda entre una decisión y su renuncia. 
La vibración de la luz cuando se extingue en el ocaso. 
El trazo con que la imaginación dibuja los lugares 
donde nunca hemos estado.
 Texto y vídeo de Juanan Requena

En ocasiones hay que plantarse: definitivamente hemos de ser quienes somos y mostrar nuestras cartas boca arriba. Sin embargo, no todo el mundo es capaz de comprender nuestros gustos o disgustos; lo que de verdad anhelamos o lo que no deseamos.
Hace unos días, en el transcurso de un café con una amiga charlábamos de todo esto, y fui consciente de en cuántas ocasiones uno ha de morderse la lengua para que el mundo siga su ritmo; de las decenas y decenas de veces que hemos de renunciar a aquello que de veras queremos para que los que te rodean, simplemente, no vean alterada su comodidad. 
La gran duda es: ¿hasta dónde?, ¿cuál es el límite de renuncia?, ¿cuándo es el momento de decir "yo sueño con esto" y no voy a ceder más? y ¿quién dice hasta cuándo?