28 oct. 2009

El suceso convocado: Miguel Espinosa






Una serie de acaecimientos me han descubierto un escritor minoritario en lectores pero inmenso en talento, del que ya había escuchado muy buenas críticas venidas de una gran persona que más que profesor ha sido Maestro: mi querido Juan Cano Conesa. Ahora, pasado el tiempo (cinco años hace de aquellas reflexiones), la casualidad (que siempre juega sus cartas) ha querido que en mis manos caiga Asklepios de una forma que no revelaré en este espacio. Lo leí durante el verano, presa de una pasión no sólo por la forma de decir, sino por lo que sus palabras evocan. La lectura de Asklepios se torna un proceso en constante evolución en el que no se puede adentrar nadie que no sea capaz de dejar su mente en blanco, de abstraerse de todo aquello que le rodea y dejarse embriagar por la palabra lúcida de este griego contemporáneo que nos remueve los cimientos de la conciencia, de la razón y de la emoción más honda. Viajar con Asklepios hasta los territorios antiguos de la infancia motiva el reencuentro con el hombre-mujer de hoy. Es cierto, y en muchas ocasiones así nos lo deja dicho, que nada vuelve, que el tiempo es el juez más implacable de cuantos puedan existir; sin embargo, también nos acerca el recuerdo de lo que hemos sido. Y se puede uno conocer a sí mismo sólo indagando en las emociones pasadas y dejando que aquéllas den lugar a otras nuevas y actuales. Porque en definitiva lo que dura no es más que una sucesión de instantes que antes de enunciarlos ya se han ido. Somos como una marea de momentos, y aquellas emociones de la infancia y la juventud son las que hoy construyen las sensaciones del adulto que escribe.

Ahora que, gracias a mi reciente aniversario, alguien, casualmente, ha venido a regalarme la Tríbada, regreso sobre sus palabras y vuelvo a sentirme atrapada por ese universo suyo tan particular. Entresaco unas cuantas citas de aquel Asklepios, pensamientos que os dirán por dónde anda este filósofo de la vida que explica al ser humano y todo lo que de inexplicable hay en él.

Que las disfrutéis. Y gracias, amigo, por el regalo.

“Para averiguar quiénes somos, tenemos que indagar cada una de las edades que hemos sido, tratando de conocer los seres que fuimos. Esta empresa requiere las siguientes operaciones: remover la conciencia, para encontrar las sensaciones allí depositadas; sacar tales sensaciones a la luz; interpretarlas, y concluir. Este empeño precisa de un gran esfuerzo de imaginación, siempre doloroso. Entiendo por imaginación la capacidad de operar con sensaciones, a la manera que el intelecto opera con conceptos, y sacar, como conclusiones, otras sensaciones”.

“Para muchos, la extensión es repetición: los mismos átomos producen las mismas cosas; por consiguiente, la novedad no existe. Para otros, en especial para los niños, la extensión es acaecimiento; nada se repite, la novedad rige el mundo. Entre los primeros se hallan algunos filósofos y reflexivos, los desengañados, los cansados y muchos suicidas; entre los segundos, amén de los niños, los poetas, los viajeros en lejanas tierras y los narradores de cosas fabulosas. […] La novedad, extensión y misterio del mundo es algo que reside en nosotros, y que, por así expresarlo, prolonga el ser de la infancia”.

“Sólo el que tiene fe en la llegada del acaecimiento y en la existencia de lo maravilloso, espera la aventura, es decir, la realización de lo indeterminado. Tales se llaman almas ilusionadas”.

“El artista no copia ni puede copiar: objetiviza una emoción, sosteniendo el instante y haciéndolo perenne”.

22 oct. 2009

Cinco por seis




La realidad exige
que lo digamos bien claro:
la vida sigue su curso.

Así comienza uno de sus poemas W. Szymborska, a quien he tenido el gusto de conocer gracias al comentario de mi -puedo permitirme llamarlo amigo, como mínimo libresco- f. Y sí, señores y señoras, la realidad sigue su curso y en él incluye los círculos de la existencia que hoy me llevan al señalado punto en el que la mía tuvo su origen. Esta noche amanecí a la vida con todas sus estrellas – será por eso que ando siempre un poco entre la tierra y las nubes-.
Cambio de década. Cambio de mi acostumbrado “–te” por un inusitado “-ta”. En fin… que “siga su curso”, que no pare de girar.

17 oct. 2009

¿Para qué sirven los amaneceres?




Ésa fue la respuesta a la pregunta "¿Para qué sirve la poesía?”
Muchos podrían haberla enunciado, poetas de otras épocas, poetas de nuestro tiempo, pero fue a Borges a quien se le ocurrió “semejante semejanza”.
Una vez tuve una disputa literaria que consistía en elegir entre Borges o G. Márquez. En otros tiempos, aquellos tiempos en los que se podía hablar de literatura, yo era aún universitaria y el alcance de un verso no se cuestionaba: las cervezas en el quiosco de la esquina daban para muchas teorías de compromiso y comprometidas. Hoy, cuando observo y escucho un sector de la juventud que me va mostrando este cambio de banderas y valores, me pregunto: ¿para qué sirve la poesía? Y sin embargo, mi respuesta es siempre la de Borges: no se puede vivir sin la aurora que nos da la luz cada día.
Habrá cambiado la vida, habrán cambiado nuestros jóvenes, habré cambiado yo misma, pero sigo sin cuestionar la magia de un amanecer y la hondura de un poema certero. Y continúo pensando que en buena compañía uno puede hablar de Literatura -la mayúscula no es una errata-.
A la sombra de un gin-tonic por encima de las nubes o por debajo de éstas sobre la arena del mar. “Nosotros”, los soñadores, los que no nos hemos rendido, aún tenemos el coraje de lanzar versos al viento y susurrarlos en secreto. Y desde esta convicción algo transmitiremos a los jóvenes que pueblan las aulas de los centros donde vienen a ser educados, o conmovidos. Por ellos, pero sobre todo, para cada uno: amanecer cada día mecida en el verso del abrazo verdadero, con la humildad de saberse frágil y la valentía de tener la esperanza siempre a punto. Como dice Jaime Sabines “la poesía sirve para sacar la flor de las cenizas”. Ésa es y será la décima de mis décimas.

9 oct. 2009

Décimas de la noche




1. Huir sólo si es hacia adelante.
2. Mirar atrás para saber qué, o que soy.
3. Ser capaz de ser capaz de ser.
4. Perdonarte cuando ningún otro lo haría, por ti.
5. Volver a hoy para vivir en el ahora y en el aquí.
6. Buscar el hueco que sólo a ti te espera.
7. Mirar azul y zambullirte en el milagro.
8. Saber la sal del otro, sazonar su tacto.
9. Temblar.
10. (…)


3 oct. 2009

Evocación de unas manos



Hoy el sol cae de lleno sobre el campo vasto. Pareciera que de un momento a otro esta llanura prendería de una leve mecha y casi sin darse cuenta el calor que nace de la tierra se elevaría hacia lo alto y comenzaría a inundarse todo de este inmenso amarillo anaranjado que quema los pensamientos. Hoy es pleno julio y estos rayos de fuego abrasan las intenciones, los anhelos. Hoy nada parece rebelarse. Hoy la emoción se anega quemada. Hoy he vuelto a paraísos de mi infancia, donde ya nada es lo que fue, donde ya nada está en su lugar, donde los escenarios e incluso los personajes han cambiado.
Hoy he visitado de nuevo la casa de mi abuela y he recordado que un día fui una niña, que un día los problemas que me acechaban como fríos hielos punzantes son apenas ahora un motivo que esboza leves sonrisas. La perspectiva ha cambiado con los años, con los veranos. Y ya nada es lo que fue.
Hoy he vuelto a contemplar con quietud y sorpresa ese cuadro azul que cuelga de la pared del salón que tanto me inquietaba cuando apenas rozaba los seis. Es un cuadro en formato horizontal de un metro por uno y medio aproximadamente que muestra con enorme precariedad una escena campestre en la que conviven sobre un fondo azul-cielo límpido dos animales: un búho y un pavo real. El fondo no logra crear sensación de perspectiva, pero el autor ha pintado unas montañas marrones. Y en el mismo plano un árbol. El cuadro no dice nada, carece de valor. Sin embargo, a mí me remonta a otros lugares, a otros espacios. Y si me dejo llevar puedo verme en aquellos veranos que se me antojaban eternos, las largas horas de siesta en las que me negaba a dormir como el resto y necesitaba leer. Escondida sin hacer ruido me sumergía en las historias de tesoros escondidos, de un hombre perdido en medio de una isla, de un pobre niño muy desgraciado que no tenía nada para comer… y así mis veranos se iban convirtiendo en una historia de pocos amigos y muchas lecturas. Mis paraísos inventados no se correspondían con las trivialidades de mis amigas que jugaban con muñecas a ser princesas: yo iba más allá. Siempre he ido un poco más allá de la realidad. Siempre me he movido con alfombras de Aladino y sueños quijotescos que hubieran resultado ser imposibles si no hubiese estado a mi lado siempre mi Doña Sancha madre. En fín…
Hoy he vuelto a aquella habitación donde me escondía de todos para no dormir la siesta con mis lápices y mis libretas y mis libros y mis mundos. Y aquella habitación se ha convertido en esta habitación: ya no está mi abuelo para dejar sus zapatos y su camisa en ella. Ya no la veo tan grande ni con el encanto que la veía antaño. Ya no está mi hermana pequeña queriéndose apoderar de mis valiosos enseres. Ella ha crecido y navega por sus mares. Ya no están mis primos que solicitan mi compañía para el juego. Ya mi abuela no tiene la vitalidad de entonces. Y yo… yo no he dejado de soñar. No he dejado de sentir que mi tesoro sigue estando impreso en aquellos libros. Yo no he dejado de soñar con sueños imposibles. Y cada vez más siento que ésto es lo que me acerca a áquello, que esta ilusión (que dure) es la que me hace estar más cercana a la niñez que hace tiempo perdí.
Sin embargo, esta pretendida, por momentos, inocencia, no me alcanza para suplir el hueco vacío que han dejado las manos de mi abuelo. Sus manos fuertes siempre me impresionaron. Siempre me parecieron que podrían haber sido las manos de aquel Robinson de mi libro de siesta, o de aquel capitán pirata, o de cualquier héroe de mi mundo.
Para ser sincera, estas líneas han nacido sólo para decir que sigo teniendo mis libros, pero que ya no lo tengo a él. Y que las tardes veraniegas se desvanecen ahora con una rapidez que nunca imaginé, mientras recuerdo sus uñas, su dedos grandes, su manos firmes y abiertas, siempre abiertas y leales. Las manos de un señor. Mientras escribo sobre recuerdos y añoranzas que nunca volverán, mientras los perfumes de antaño se evaporan con este amarillo intenso, mientras escribo sobre él.

(25-07-08)