30 mar. 2017

La realidad paralela



Contemplo un mar en calma. Debe de ser al amanecer... tal vez no, tal vez esté anocheciendo. Tras recorrer algunos callejones muy estrechos vestidos con piedras antiguas y niebla densa, llego a ese horizonte inmenso que detiene mis pasos. Observo el infinito tras la línea del agua, y una paz inusitada recorre mi piel. Es un ahora impreciso, también un lugar que podría ser una Venecia desierta o una ciudad con mar llena de historia o un escenario de Tarkovski. Decido avanzar despacio, recorro la orilla sintiendo cada paso que doy, controlando cada inspiración y expiración, haciendo que entre en mí tanto aire y tanta belleza. Llego a un recodo donde me interno en un templo en ruinas. Me he sumergido en la vieja Roma, aquella del Foro que cuenta de dónde venimos y lo que somos. Sé que estoy asistiendo a un sueño. Cuando soy consciente,  no dejo de pensar que a veces es más real la realidad parelela que la que habitamos llamándonos despiertos.

17 mar. 2017

Todavía

El próximo martes se conmemora el día de la poesía. Ayer se me ocurrió plantearles a mis alumnos que eligiesen su poema favorito e hiciesen un montaje ilustrado o una representación simbólica de este (en una cajita escondida, o atado por cuerdas, o en papel de seda... dependiendo de qué les transmita: intimidad, fuerza, fragilidad...). Es una idea sencilla, pero que los ha puesto a leer poesía y a imaginar cómo representarla. Hoy me preguntaban ilusionados cómo llevar a cabo algún detalle concreto, qué imagen hacer, qué material utilizar para esas alas al viento...
Anoche pensé qué poema habría elegido yo si me hubiesen lanzado ese reto a su edad. Y lo tuve claro: "Todavía", de Mario Benedetti. Lo habría ido montando, verso a verso, sobre los peldaños de una escalera construida con madera: ascender en el poema, como en la escalera, cobraría el significado de volver a estar juntos; bajar la escalera conduciría de nuevo al abismo del sueño de ascender. En el fondo, el amor tal vez sea una escalera de doble dirección y, a decir verdad, nunca sabes bien en qué tramo te encuentras, ni siquiera, a veces, en qué dirección vas. 
Aquel poema lo recité de memoria decenas de veces. Seguramente no es el mejor que se haya escrito en lengua castellana, pero la poesía es mucho más que la catalogación entre gran poesía y poesía con minúsculas, el poema es el cómo sea sentido por el lector, es cuánto le hable de sí mismo, es cómo le toque el alma a quien se acerca a la palabra. Y yo, a la edad de mis alumnos, sin duda habría elegido este. Anoche, rememorándolo, volví a emocionarme. Y me supe lejana: ha pasado la mitad de mi vida.


10 mar. 2017

Somos fragilidad

Admiro a Muñoz Molina. Lo digo así, sin más. Con él viajé a La noche de los tiempos en un momento en el que necesitaba nombrar una pasión; fui a paraísos en los que sentí el calor de las palabras colocadas en su lugar exacto durante la estación de El invierno en Lisboa. Aquel verano terrible en el que estaba más perdida del mundo y de mí misma que en ningún otro momento, viví en Cabo de Gata bajo El viento de la luna... Y así podría seguir enlazando obras y vida. Él dice lo que cualquier ser humano puede sentir de una forma que pareciera fácil, natural, sin artificio, producto, por ello, de una enorme destilación del lenguaje y del trabajo de alguien tocado por la varita mágica del don de la palabra. 
Desde que inicié mi blog, que solo leen una o dos personas (mi marido y quien cae por casualidad por aquí), enlacé su página Web en el recuadro de aquí al lado. Hoy me he tropezado con esto que cuenta a propósito de la comida con un amigo suyo científico: 

Dice Luis que una de las cosas que más le cuesta comprender a la inteligencia humana es lo frágil que es todo, lo a punto que ha estado siempre todo de no suceder, lo fácilmente que se desbarata lo que existe. 
[Extraído de aquí]

Pues eso: lo fácilmente que se desbarata lo que existe. A veces basta una palabra, un gesto; otras, incluso, es suficiente con una intuición.

6 mar. 2017

Lo que de verdad importa



            Juega al corro chirimbolo cogido de las manos de la abuelita, llamando al gato Rubén para que participe en el juego. Entre cántico y cántico, yo, al otro lado de la ventana, palpo con una corporeidad asombrosa la velocidad del transcurso del tiempo: muchos años atrás escuchaba en este mismo lugar aquel CD de música titulado “canciones chulas de verdad”. El escenario era el mismo, pero frente al calor de la chimenea había otra gente que sentía la casa de la huerta como un espacio entrañable, desfilaban por mis inquietudes otros sueños que hoy se me antojan quimeras de juventud, miraba el presente porque nunca se me antojaba mirar hacia atrás ni mucho menos hacia delante, escuchaba el chirriar de la leña en el fuego que igual que hoy preside la estancia, pero no sonaba con aire de nostalgia.
            Han pasado los años. Más de tres lustros. Al otro lado de la ventana el juego ha derivado en correr tras la pelota. Suenan de fondo el "gol" cada vez que la pelota da en la pared acompañado de las risas de mi hijo, que ya cuenta en su haber con dos años y casi seis meses. Él es quien verdaderamente me ha atado a la vida: sé que su presencia me instala más allá de cualquier tiempo, que antes de él yo era quien hoy ya ha dejado de ser. Entonces no miraba, no escuchaba, no estaba atenta: hoy mis cinco sentidos giran por él, contemplo el mundo y si tengo ganas de mejorarlo es más por él que por nadie. Que se pare el tiempo porque este es mi gol a la vida. El significado de un hijo trasciende la propia existencia. Quizás nos dé un sentido verdadero.