7 jul. 2017

Mi gran libro

Aquella niña tendría por aquella época unos ocho o nueve años, estaba sentada a la mesa en la celebración de una comida familiar: los abuelos, los tíos, los padres, los primos. El jaleo típico de aquellas comidas tiene un sonido muy similar al de hoy cuando llegan los días de Navidad. Pero aquel ruido se interrumpió poco antes del postre porque, de manos de su tía, llegaba un regalo para ella: envuelto en un papel había algo rectangular y duro. Lo abrió impaciente y la inundó la fascinación: era su primer libro. En la portada se dibujaban animales y colores divertidos, y en sus páginas había cientos de palabras que contaban historias. Se levantó corriendo de la mesa sin advertir que la llamaban para los dulces, sin escuchar nada más que el olor de las páginas, el color de las historias, las promesas de las figuras que iban a sumergirla en otras vidas. 
Se trataba de Mi gran libro de fábulas, escrito por un tal La Fontaine, aunque en aquella época ni siquiera sabía qué significaban aquellos sonidos raros que se asemejaban a la palabra "fuente". Pero no importaba, porque dentro la esperaban "La gallina de los huevos de oro", "La lechera", "La liebre y la tortuga", "El avaro que perdió su tesoro"... y tantos otros. Una tarde, al rescoldo de las brasas, tuvo la gran osadía de su infancia. Mirando el fuego, algo que le gustaba especialmente, y con el libro entre las manos, pensó que era su gran posesión, y decidió nombrarla. Buscó un bolígrafo, se sentó de nuevo, y con la caligrafía esmerada propia de su edad, poniendo las tildes en su lugar, colocó su nombre junto a sus dos apellidos en la primera página.

Desde entonces hasta hoy han pasado treinta años, y aquellas letras y aquella emoción me siguen embargando cuando contemplo el tiempo amarillo de sus páginas al pasarlas mientras le leo en voz alta esas mismas historias a mi hijo de casi tres años. Mi gran libro de fábulas para mi gran tesoro.