28 sept. 2011

Retomando lo positivo


De nuevo esta mañana se ha producido ese antiguo cosquilleo que alguna vez, en las primeras épocas de docencia, sentí en el estómago. Era el cosquilleo que a uno lo aborda cuando sabe que algo está haciendo medianamente bien, que hubo quien aprendió cosas gracias a la mano que le tendiste, que alguna conciencia levantaste del letargo, que algo se sembró en los territorios fecundos de los chavales que serán nuestro futuro. Esta mañana, ante un auditorio de más de treinta chicos, dos de los alumnos del curso pasado han leído su trabajo de "Elefante viajero" (la novela de viajes que con tanto esfuerzo fueron redactando el pasado curso -puede verse aquí-) para que quienes este año se lanzan a la aventura tomen su experiencia como ejemplo. Ha sido muy gratificante ver cómo ellos mismos se plantean las dudas y se las resuelven, hablan de estrategias de escritura y de creación... En definitiva, esta mañana he vuelto a creer que hago lo que hago porque es lo mejor que puedo hacer para mejorar un poco este mundo tan mediocre que se empeña en poner como bandera de todos los estados el dinero y los intereses de unos pocos. ¿Alguno de los que más arriba están habrá sentido alguna vez ese "cosquilleo" en el estómago que hoy me ha vuelto a asaltar a mí? Lo dudo...


27 sept. 2011

Páginas dobladas (5)

Página doblada 5

(Esquina superior)

Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

Herman Melville, Moby Dick

Fue una lectura apasionante y febril de hace ya cuatro años. Compartí dos meses de cama forzosa con la medicación y con la obsesión del capitán Ahab. A veces sentía su delirio como propio. Tal vez por eso esta lectura sea tan especial para mí. Ésta es solo la primera de todas las páginas que doblé, incluso algunos párrafos están subrayados.

Cada alma humana se rodea de obsesiones y deseos; Moby Dick es ese viaje constante hacia el sueño convertido en pasión, en utopía, en anhelo, en imposible.

14 sept. 2011

Eres como dios

Hay un episodio en Crimen y castigo donde Raskólnikov sueña la muerte de un jamelgo a manos de su dueño enajenado (Mikolka) y de los hombretones borrachos que lo acompañan. El pobre animal que Dostoievski llama jaquilla con ese diminutivo tan eficaz ante la barbarie, muere en un episodio cruel y sangriento tras ser la diana de los látigos de los hombres que quieren matarlo por simple diversión. El animal se resiste a morir, la jaquilla no puede soportar tanto golpe y, en su impotencia, se pone a cocear (...) Parece mentira que un pobre animal tan mal parado sea todavía capaz de cocear. Entonces, la rabia de los presentes se agudiza, o la animalidad del ser humano se recrudece:

Dos mocetones del grupo se agencian sendos látigos y corren a fustigarla cada uno por el costado.

- ¡En el hocico! ¡Atizadle en los ojos! ¡En los ojos!- grita Mikolka.

(...)

-¡Así te...! -chilla Mikolka furioso. Tira el látigo, se agacha y saca del fondo de la carreta una vara larga y gruesa, la agarra con ambas manos por un extremo y la enarbola sobre la jaca.

- ¡La desloma!- gritan entorno.

- ¡La va a matar!

- ¡Es mía! -ruge Mikolka, y descarga el palo con todas sus fuerzas. Se escucha un golpe tremendo.

Mikolka enarbola de nuevo la vara y otro golpe descarga con tremenda fuerza sobre el lomo del pobre jamelgo, que cede sobre los cuartos traseros, pero se endereza y tira, tira con sus últimas fuerzas hacia un lado y otro para que arranque la carreta. Pero seis látigos la acosan desde todas partes mientras el palo se alza y cae por tercera vez y por cuarta, acompasadamente, con todo impulso. Mikolka está furioso porque no ha podido matarla de un solo golpe.

- ¡Dale con un hacha! ¡Hay que terminar de una vez!- grita otro.

- Pero ¡maldita sea...! ¡Apartaos!- chilla frenéticamente Mikolka, arroja la vara, se agacha de nuevo y saca de la carreta una barra de hierro-. ¡Cuidado!- y le atiza con todo su impulso al pobre animal. Descarga el golpe: la yegua se tambalea, cede de los cuartos traseros, intenta tirar de la carreta, pero la barra de hierro cae nuevamente con fuerza sobre su lomo y entonces de desploma como si le hubieran segado las cuatro patas de un golpe.

- ¡A rematarla!- ruge Mikolka y, fuera de sí, salta del carro. Unos cuantos mozos, congestionados y borrachos también, agarran lo que encuentran a mano -látigos, palos, la vara- y pegan a la yegua moribunda. Mikolka, a un lado, le descarga la barra al voleo sobre el lomo. La yegua estira el hocico, exhala un suspiro doloroso y muere.

Lo que acabamos de leer es el episodio de una novela de 1867, y es, además, el sueño de un personaje. Lo que leo en esta noticia de El País (aquí) es lo que ocurrió ayer, mientras un desalmado que se podría llamar Mikolka pero que tiene DNI y 26 años acaba con un toro, mientras un coro de desalmados jalean sus embistes con la lanza y contribuyen con las suyas (se utilizan incluso destornilladores). El individuo, por llamarlo de alguna forma, tiene el honor de haber matado ya a dos animales. Tras la hazaña se llevó el rabo del toro, que a saber si se lo cortan cuando aún está agonizante, para secarlo con sal y conservarlo como trofeo.

Lo que fue fabulación en la mente de Dostoievski es realidad en un pueblo de España que se jacta de tener una tradición así y que se remonta a la época de Pedro I, apodado, como todos sabemos “El Cruel”. A veces la realidad supera la ficción, y es significativo que quien dio muerte al animal confiese sentirse “como Cristiano Ronaldo, eres como dios”. ¡Qué espíritu tan pobre ha de tener una persona para necesitar sentirse como un dios! ¡Qué crueldad ha de albergar un corazón para ser tan descarnado y sentirse orgulloso de ello! ¡Qué animal endiosado! Recordemos que esto sucede en una fiesta declarada de Interés Turístico Nacional; en resumen, una vergüenza más de las que definen este país.

7 sept. 2011

Páginas dobladas (4)

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(esquina inferior)


El resumen de Rousseau en Julia o la nueva Eloísa es lapidario: "Tal es la nada de las cosas humanas que, excepto el Ser que existe en sí mismo, no hay nada más bello que lo que no existe".


George Steiner, Gramáticas de la creación.