25 oct. 2011

Música y palabra

En mi tintero se queda esta tarde-noche un largo artículo que habla sobre el concierto que el pasado viernes 21 de octubre interpretó el grupo La Tempestad dentro del ciclo "Diálogos Íntimos", con programa de Johann Sebastian Bach y de Carl Philipp Emanuel Bach. El concierto se ejecutó en la pequeña plazoleta de la ermita de San Antonio el Pobre (La Alberca, Murcia), en plena comunión con la naturaleza y amparados por las enormes piedras que fortifican la construcción.

Esta noche algo nublada y solitaria solo quiero dejar las palabras de George Steiner que subrayé hace meses y cuya página doblé por la esquina inferior aunque el otro día me tacharan de fetichista e intelectual por tales lecturas y tales atrevimientos; sin embargo yo, que no sé bien cómo clasificarme a mí misma si es que hubiera de hacerlo, disfruto con líneas como las que a continuación dejo aquí, bajo mis palabras. Y ellas, seguidas del tercer movimiento (adagio ma non tanto) de la sonata para violín y clave en Mi mayor BWV 1016 de Bach, parte del programa del concierto.

Hay placeres para los que no hay clasificación, ni acaso palabras, solo música, el idioma de lo indecible, la lengua de lo atemporal, el signo de lo infinito.

"Es un lugar común decir que las relaciones entre el tiempo y la música no son sólo esenciales sino autónomas como en ninguna otra actividad humana. Se ha definido la música como tiempo organizado. Toda pieza musical seria "suprime el tiempo" y hace de él un fenómeno independiente. La capacidad de la música para operar simultáneamente a lo largo de ejes horizontales y verticales, para recorrer a la vez direcciones opuestas (como en los cánones inversos), bien podría ser lo más cercano a la absoluta libertad a la que aspiran los seres humanos. La música "guarda el tiempo" para ella y para nosotros. Regula el cronómetro a su gusto. De modo que, eludiendo de nuevo la paráfrasis verbal, una música cronométricamente rápida puede inducir un sentimiento de tranquilidad, de apertura temporal, tal como ocurre con frecuencia en Mozart, mientras que una música formalmente lenta (como los largos de Mahler) puede generar una acentuada aceleración y un sentimiento de inmediata urgencia. La propuesta de que la música existirá incluso "después" de que el universo desaparezca (Schopenhauer) expresa sin duda la intuición de que la temporalidad de un acto o estructura musicales es independiente de las leyes físicas y biológicas. Veremos que la música parece relacionarse con la muerte y con el rechazo de la muerte como ninguna otra forma de expresión. Las artes, y especialmente la música, otrogan al hombre la libertad en su ciudad que inevitablemente es mortal".

George Steiner, Gramáticas de la creación.

Y la música de Bach, AQUÍ.



20 oct. 2011

Por qué leer a Kundera (1)

He recogido diversas y muy variadas citas que andan subrayadas a lo largo de la producción de Kundera (que he leído completa) y que algún día quería recomendar. Empezaré por el principio, por La broma, una novela de 1967 que leí entre aeropuertos y aviones. A veces sobran las palabras de esta comentarista y basta con la cita del texto, que se pavonea por sí sola delante de esta pantalla fluorescente mientras las teclas van tintando el espacio superior que la albergará. Tengo muchas más, pero le pongo un uno a esta entrada y sólo dejo el hilo de los recuerdos sin retorno en la pluma de Kundera. Mañana o pasado, más.


"Comprendí que no podría huir de los recuerdos; que estaba rodeado por ellos".


" Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno. Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad de retorno con plena conciencia. Beberla hasta el fondo. No puede hacer trampas. No puede poner cara de que no la ve. El hombre moderno hace trampas. Trata de pasar de largo por todos los puntos clave y atravesar gratis desde la vida a la muerte".



13 oct. 2011

701 páginas



Son las que suma la edición de Crimen y Castigo que ya descansa en mi mesa y que pasará a su lugar en la estantería tras colgar estas letras en este rincón azul. Son setecientas y una páginas de emociones y convulsiones, de angustias y remordimientos, de pesadillas y contrariedades. Había esperado mucho tiempo para leer esta gran novela, había esperado a estar en un momento vital de apacible ánimo para saborearla capítulo a capítulo, consciente de que me reservaba el regalo de esta historia: las dudas y elucubraciones por el crimen y el castigo de la mano de Raskólnikov y la condición humana de las diversas escalas sociales en la pintura de personajes del San Petersburgo del XIX. Ahora comprendo por qué ha permanecido a lo largo de los siglos: el remordimiento del protagonista es el núcleo sobre el que se construye la acción, la imposibilidad de ser alguien mínimamente relevante en la escala social deriva en un crimen que, en manos de otros, en manos de los poderosos, es aceptado de buen grado y hasta jaleado si se trata de grandes guerras o grandes batallas (no he podido evitar pensar en Bush, en otros presidentes que actualmente dejan correr la sangre y son tomados por héroes). ¿Acaso no es la misma ruindad? ¿Acaso no es deleznable el crimen sea cual sea su origen y su alcance? ¿Acaso no es injustificable aún hoy la pena de muerte que sigue vigente en tantos lugares del mundo? La acción pobre y mísera de un alma conduce al protagonista a la desesperación, a la enajenación, al presidio, a la fría Siberia (como le sucedió al propio Dostoievski). Hay novelas que un hombre no debiera dejar de leer; esta es, sin duda, una de ellas. No por la culpa, no por el castigo, sino por la redención: la puerta abierta a una nueva luz, a un nuevo amanecer de la condición humana, dejan un hilo de esperanza que se centra en el sentimiento más noble y puro que hay entre los hombres: el amor.

Cuesta creer que pudiera escribir esta novela por la mañana, mientras por la tarde escribía El jugador, acuciado por las deudas contraídas para la manutención de la prole… ¡Qué genio y qué ingenio el del Señor Fiódor Dostoievski!

8 oct. 2011

Cabina telefónica



Steve Jobs ha muerto y estos días se ha hablado mucho de todo lo que ha supuesto su creación al mundo de hoy. Estoy de acuerdo. Y sin embargo, esta mañana al abrir los ojos, no sé por qué motivo, he recordado aquella lejanísima época (aunque solo haga unos años) en la que bajaba a hacer cola frente a la cabina de teléfono para que el hilo de voz me transportase allá donde quería estar: cerca del cuerpo anhelado o en el calor de la casa con los míos. Llegábamos gota a gota todos los que allí nos reuníamos con las monedas en el bolsillo esperando nuestro turno, impacientándonos si el de delante extendía su conversación más de la cuenta y helándonos de frío si era invierno. Siempre guardábamos una distancia prudencial con quien tenía el teléfono entre sus manos con el fin de dotar a la conversación de una intimidad imposible en aquellas circunstancias...

A veces, tras la espera, echabas la moneda, marcabas los números uno a uno, daba un tono, dos, la voz desde el otro lado respondía y… en ese momento no estaba quien tú buscabas, había salido. Colgabas, aquella cabina telefónica nunca te devolvía las monedas restantes, metías las manos en los bolsillos y te ibas tarareando palabras no dichas, a la espera de otra noche, de otra cola, de otra espera, de otra oportunidad.

Cuando sí estaba, entonces la maldita cabina engullía las monedas a una velocidad inoportuna: antes de haberte despedido un sonido continuo marcaba el final de la dicha… Metías igualmente las manos en los bolsillos y te ibas entonces tarareando las palabras dichas y, por qué no, más aún las no dichas, a la espera de otra noche, de otra cola, de otra espera, de otra oportunidad.

Y así el ritual se repetía una o dos veces por semana, y una llamada era un pequeño regalo similar al de las cartas escritas. Tenía un valor y una magia que hoy tal vez ya pocos acierten a comprender.