27 nov. 2011

Herencias sin precio

La fotografía de mi bisabuelo preside la casa convertida hoy en agradable lugar veraniego bajo el auspicio del agua fresca o que se viste de nuevo para el invierno amparada en el calor de la enorme chimenea sobre la que se posa su imagen. Es una fotografía de principios de siglo, de ésas que se retocaban aún con el pincel para dibujar mejor sus perfiles. Observándola largamente he contemplado absorta que su fondo es azul, de un azul cielo levemente teñido por sombras más opacas. Él, encuadrado en el centro, mira fijamente al objetivo con gesto serio, con los labios finos y apretados, con los ojos pequeños y la expresión de quien ya es demasiado mayor para sorprenderse por los artefactos técnicos casi desconocidos en el pueblo del que vengo y demasiado joven para no sentir en sus venas el arrojo del valor. Todos los indicios me dicen que siempre fue un hombre enigmático, motivo por el cual llevaba consigo la condición indisoluble de ser demasiado silencioso.

Cuentan los que escucharon los dites y diretes de aquella época que la finca que hoy culmina en la casa que preside el conjunto fue ganada a todo o nada en una partida de cartas, ni siquiera mi abuela supo nunca decirme si fue real o no, su respuesta siempre era esquiva y achacaba ese comentario a las envidias ajenas.

Hoy, como memoria imperecedera, la foto de mi bisabuelo al que no conocí y cuyo nombre heredó también mi padre, primogénito de su hija tercera, mira atentamente las generaciones que han ido convirtiendo la casa de Cañada de Calvo en la casa que yo habito a ratos, días como el de este domingo.

Sus muros son muy anchos y de piedra, conservan en ellos el frescor de los años; la estructura sigue siendo, en esencia, como fue entonces. Las cuadras de los caballos, gallinas y del gallo se han convertido en habitaciones de las que cuelga algún póster de mi hermana o mío perteneciente a un tiempo que también se ha evaporado. Ahí queda el viejo cartel del recital de Benedetti –el primer recital poético al que asistí en mi época de estudiante en Murcia-, o el de la Arena Plautina de Sarsina anunciando la Asinaria de Plauto en la que yo era una esclava romana en el verano de mis dieciocho, que fue también el verano de mi primer desayuno en Venecia. La parte de arriba sigue intacta: las tres cámaras que albergaron los cuartos para secar las almendras o colgar el panizo. Esa casa ha visto crecer a mi padre, ha visto cómo mi abuelo Paco mataba al gallo porque encontró en la pequeña Toñi (mi hermana) el blanco perfecto para su pico mientras ella jugaba con su flauta azul. Mi abuelo, al instante, lo mató diciendo: “éste no vuelve a tocar a mis nietas”. Sus muros han visto matanzas por San Martín en las que mi abuela Isabel –cuyo nombre he heredado- organizaba todo desde bien temprano y pelaba las cebollas y lavaba las tripas en el río junto a otras mujeres de los cortijos adyacentes, y cocinaba la “olla de matanza” en la que no podía faltar el rabo del cerdo, y preparaba para la noche las “migas con tajás”, y al finalizar el día repartía entre todos los asistentes más de la mitad de todo lo hecho. Dicen, y yo comprobé en los casi treinta años que la he vivido, que fue generosa como nadie que haya conocido. Dicen, y yo digo, que supo vivir la vida con una alegría que estaba presidida por disfrutar de ésta a pesar de todas las piedras que se le pusiesen delante. Ella sintió la guerra en su piel y llevó comida a un tío suyo que se escondía en el Campo de San Juan, y me contó que ninguno gana en una guerra, porque veía los muertos de ambos bandos en los arcenes de los caminos cuando iba en el carro con su padre, el bisabuelo Julián que hoy preside esta casa. Mi abuelo hizo tres años de mili y cuando estaba a punto de volver fue llevado a Marruecos para luchar, ¡qué importa de qué parte! No permitió nunca que se tirase un pedazo de pan: era algo que heredó de aquel entonces. Si recogiendo la mesa había sobrado un trozo y queríamos tirarlo, él siempre recordaba cuando eran capaces de matar por un mendrugo si lo encontraban por suerte; nos relataba de nuevo que pasó hambre en aquellos tres años, que peleaban entre ellos siguiendo el rastro de una serpiente –hoy sería un manjar exótico en cualquier restaurante con estrellas Michelin. ¡Qué curiosa es la vida!, o cómo cambia según el cristal desde el que se la mire.

Ellos hicieron que en esa casa estuviera el refugio de muchos: había agricultura, tierra, comida para todos. En ese salón de hoy que está recubierto de madera, en otros tiempos comieron primos y vecinos y amigos de amigos. Ellos decían que en su casa no se pasaba hambre. Y mi padre siempre lo ha recordado con orgullo.

Yo, hoy que disfruto en soledad de la historia que la mantiene en pie, que he dado en tirar del hilo de la memoria para acercarme a quien soy desde los orígenes de los que provengo, solo puedo estar agradecida no por el hecho material de que esta casa siga en pie, que pertenezca a mis padres y que yo la disfrute, sino por un hecho emocional que va mucho más allá de lo que pueda valer en metálico: en ella han crecido las generaciones que me han engendrado a mí, gracias a las cuales yo existo. Y de ellos he heredado lo más inasible y al mismo tiempo lo más importante: el valor de mi bisabuelo y su gusto por el silencio contemplativo, la alegría de mi abuela y el deseo de ofrecer lo más valioso que he atesorado en mis años de vida, esto es, el amor por la literatura, el amor por la poesía; la sonrisa de mi abuelo Paco y ese cariño siempre en los brazos. Tal vez sea aún pronto para decidir qué tengo de mi padre, cuántas cosas imperceptibles además de la frente y los ojos tengo de él, pero sí hay algo que me ha transmitido desde siempre: la importancia de cuidar lo que te ha hecho ser quien eres. Estas herencias son impagables.

14 nov. 2011

El carrito del helado

Imagen tomada de www.flickr.com/photos/56054303@N05/5324264610
/sizes/m/in/pool-336428@N20/



Abría la caja como quien abre un tesoro. La niña esparcía por el suelo, con cuidado y mimos, el carrito, los globos que ponía meticulosamente sobre su techo, los tres cucuruchos de sabores distintos, las tapas rojas, los dos muñecos. Inventaba miles de aventuras en un mundo cuyos límites eran la pequeña sala que habitaba, el rincón donde todo era posible. Los amigos se encontraban y pasaban la tarde comiendo helados y charlando. Ella decía en voz alta sus conversaciones, fabulaba cómo conocían a otra gente, cómo en la escuela habían tenido suerte con el examen de la mañana, cómo eran aceptados por los demás muñecos de su clase y cómo vivían en un mundo feliz, lleno de gusanitos y en el que nadie los obligaba a comerse la comida ni a beber leche cuando no lo deseaban. Era capaz de construir decenas de situaciones, imprevistos, todo valía: las pipas se convertían en grandes rocas que tenían que escalar para llegar a su destino, una muñeca feroz los amenazaba con su estatura gigante; pero ellos le regalaban los helados y todos se hacían amigos... ¡Cuántas tardes pasaría entre ellos! ¡Cuántas horas en la preciada soledad acompañada de sus historias fantásticas mientras sus amigas jugaban en la calle! ¡Qué placer alejarse del mundo de los demás y crear el suyo propio!

Hoy ya nada es aquello. La niña de entonces no es la mujer que soy. Ya no encuentro una caja que contenga tesoros. El mundo que he creado no lo mueven mis dedos, no lo inventa mi fábula, no se salva el obstáculo con solo desearlo. Ya no creo en gigantes, ni en rocas imposibles: tal vez por eso acechan. Ya no tengo los hilos de la aventura cierta. Ahora he aprendido que todas las ficciones son cosa del destino. Él nos mueve a su antojo, nos coloca las piedras, nos pone compañeros que pasean con nosotros en la tarde de nuestro viaje incierto: este no saber cuándo ni en qué momento exacto se cerrará la caja y no seremos nada.

9 nov. 2011

Libertad

Últimamente, observo que si te sales fuera de lo establecido en los cánones de lo tradicional, quienes te acechan pueden convertirse en "peligrosos". El adjetivo lo dice Jack Nicholson en Easy Rider (Buscando tu destino), (Dennis Hopper, 1969), una excelente road movie a bordo de una moto cuyo destino es el viaje hacia la libertad individual.