31 dic. 2011

Feliz 2012

Hace un par de días una amiga me regaló un marcapáginas donde reza una cita de Nietzche:
"El camino a todas las grandes cosas pasa por el Silencio".

Finalizo el año con esta cita, pero también con la voz en alto para llenar todas las plazas que nos lleven a un futuro mejor. Ese banco de la imagen, esa plaza llamada Plaza del Futuro, está preparada para que la llenemos y caminemos hacia un 2012 en el que no nos arrebaten la esperanza.

Mis mejores deseos para todos.

28 dic. 2011

Andarse por las nubes para llegar a la rama

Ando estos días paseando la vista entre las páginas de artículos y libros que excitan la imaginación en los terrenos de la docencia, y voy dándome cuenta de que he llegado a ciertas conclusiones que aquí se exponen y que yo desconocía previamente desde la práctica: he hecho el camino inverso, parto del final para ahora llegar al origen, a la teoría. A veces basta cerrar los libros para que comience a abrirse la mente. Soy de las que piensa que las buenas lecciones no están encerradas en ninguna unidad didáctica ni en ningún esquema copiado de la pizarra. Y me alegra haber andado el camino en sentido contrario, puesto que me reafirmo en la intuición que tenía: hay que dejarse llevar para llegar adonde te están esperando.

La última vez que utilicé esta máxima en un sms (“déjate llevar”) me condujo a un océano de posibilidades (la comparación no es gratuita: mis dotes para la natación son limitadas) que hoy me hace sonreír cada mañana cuando abro los ojos. Esta vez, entre tantos apuntes y notas, me dejaré llevar para preparar unas charlas sobre docencia que me han encomendado; sin embargo, temo que mi labor no responda a lo que se espera, puesto que mi única verdad es que esto de enseñar no se aprende en ningún sitio y por tanto, hay que volar… echarle imaginación al tema y olvidar tanto papel absurdo y tantos contenidos innecesarios para dar alas al verdadero pilar del saber: la fantasía. Como ejemplo de esta rebeldía, baste leer algunas de las notas que serán el eje de mis ponencias:

“Las palabras son como la capa superficial de las aguas profundas” (Wittgenstein).

Uso de metáforas: aumento de la capacidad de crecer, aumento del sentimiento de seguridad.

“Las hipótesis son como redes: lanzas la red y, tarde o temprano, encuentras algo” (Novalis).

La importancia de, por momentos, ser libre para ser “otro”.

Despertar el “extrañamiento” a través de la descontextualización.

No todo tiempo pasado fue mejor; fue, sencillamente, diferente.

Y mi favorita:

“La creatividad hace que la palabra tenga una virtud libertadora, y sirve no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo” (Rodari).


Por cierto: manejo varios títulos, pero de momento me gusta "Elogio del libro cerrado".

Y un tema musical apropiado... Volare.

11 dic. 2011

¿Somos más exigentes?


Vengo apreciando que, con el paso de los años, uno se vuelve cada vez más “selectivo” con respecto a casi todo, o quizás sea más acertado decir “exigente”. Me he propuesto hacer una lista de algunos comportamientos, hechos, actos de la vida cotidiana que me “irritan”. El elenco no atiende a ningún orden e invito a quien pase por aquí a compartir alguna de esas cosas que diariamente nos enervan. Yo, por mi parte, señalo las siguientes:

  1. Hablar a alguien y que esa persona no me mire a los ojos.
  2. El sensacionalismo en los telediarios.
  3. El frío en los pies que me acompaña casi todo el invierno.
  4. La falta de integridad de ciertos personajes.
  5. La indiscreción de alguna gente.
  6. La publicidad disfrazada de episodio cómico dentro de un programa.
  7. Las personas que no hablan, gritan.
  8. La credulidad del gran público y la escasez de juicio crítico.
  9. Asistir a las lamentaciones por la falta de tiempo: hay tiempo para casi todo.
  10. La hipocresía (ahora que vienen fechas muy propicias…)
  11. Atributos como la arrogancia, la mezquindad o el vampirismo.
  12. Que el coche de detrás se me pegue demasiado mientras conduzco.
  13. La insolidaridad.
  14. Que un alumno interrumpa la clase mientras se declama un poema.
  15. La falta de objetividad allá donde se presupone.
  16. Planchar y ordenar.
  17. El sonido de la uña sobre la pizarra.
  18. El despotismo.
  19. La constante negatividad de algunas personas.

Podría seguir…

8 dic. 2011

En el día de hoy




Con sol, con paseo por el monte, con poesía entre las manos, con armonía y paz. La naturaleza en perfecta simbiosis con el ser que nos forma, con quien nos rodea, con lo que observamos y con el mundo que construimos.
Entre los dedos, Paisaje con grano de arena de Wislawa Szymborska, y pasear con sus palabras alzando el vuelo en plena montaña; adentrándonos en la poesía, que es música, como merece: en alta voz. Y la flecha lanzada, reverdecido el pino, la vida naciendo entre los resquicios del suelo humedecido, la sonrisa cincelada en los labios, la esperanza ciega en el mañana y, más aún, en el día de hoy que nos nombra.






EL FLECHAZO

Ambos están convencidos
de que el súbito amor les unió.
Tan firme seguridad es bella,
pero aún más bella es la inseguridad.

Creen que, si antes no se conocían,
nada pudo haber existido entre ellos.
¿Qué dirían las calles, las escaleras y los pasillos
donde quizá tantas veces se cruzaron?

Desearía preguntarles
si no lo recuerdan.
¿Acaso algún día cara a cara
en una puerta giratoria?,
¿un «disculpe»entre la multitud?,
¿un «se equivoca» al otro lado del teléfono?
Pero sé su respuesta.
No, no lo recuerdan.

Los sorprendería
que el azar llevara tiempo
jugando con ellos.

Aún no por completo listo
para convertirse en destino,
se les acercaba y se iba,
les atajaba el camino
y, ahogando una carcajada,
de un brinco se apartaba.

Hubo signos, presagios,
qué importa si ilegibles.
¿Hace unos tres años,
o el pasado martes,
una hojita voló
de un hombro al otro?
Hubo algo perdido y después recuperado.
Quién sabe, ¿no fue la pelota
en los arbustos de la infancia?

Hubo timbres y picaportes
donde, antes de llegar la hora,
la huella de una mano en otra se imprimió.
Dos maletas juntas en una consigna.
Quizá un mismo sueño, una misma noche,
diluido en brumas por la mañana al despertar.

Porque no hay comienzo
que continuación no sea,
y el libro del acontecer
está siempre abierto por la mitad.

Wisława Szymborska, Paisaje con grano de arena.

La música es de Albioni: Adagio in G menor, una buena banda sonora para ver caer la tarde.

27 nov. 2011

Herencias sin precio

La fotografía de mi bisabuelo preside la casa convertida hoy en agradable lugar veraniego bajo el auspicio del agua fresca o que se viste de nuevo para el invierno amparada en el calor de la enorme chimenea sobre la que se posa su imagen. Es una fotografía de principios de siglo, de ésas que se retocaban aún con el pincel para dibujar mejor sus perfiles. Observándola largamente he contemplado absorta que su fondo es azul, de un azul cielo levemente teñido por sombras más opacas. Él, encuadrado en el centro, mira fijamente al objetivo con gesto serio, con los labios finos y apretados, con los ojos pequeños y la expresión de quien ya es demasiado mayor para sorprenderse por los artefactos técnicos casi desconocidos en el pueblo del que vengo y demasiado joven para no sentir en sus venas el arrojo del valor. Todos los indicios me dicen que siempre fue un hombre enigmático, motivo por el cual llevaba consigo la condición indisoluble de ser demasiado silencioso.

Cuentan los que escucharon los dites y diretes de aquella época que la finca que hoy culmina en la casa que preside el conjunto fue ganada a todo o nada en una partida de cartas, ni siquiera mi abuela supo nunca decirme si fue real o no, su respuesta siempre era esquiva y achacaba ese comentario a las envidias ajenas.

Hoy, como memoria imperecedera, la foto de mi bisabuelo al que no conocí y cuyo nombre heredó también mi padre, primogénito de su hija tercera, mira atentamente las generaciones que han ido convirtiendo la casa de Cañada de Calvo en la casa que yo habito a ratos, días como el de este domingo.

Sus muros son muy anchos y de piedra, conservan en ellos el frescor de los años; la estructura sigue siendo, en esencia, como fue entonces. Las cuadras de los caballos, gallinas y del gallo se han convertido en habitaciones de las que cuelga algún póster de mi hermana o mío perteneciente a un tiempo que también se ha evaporado. Ahí queda el viejo cartel del recital de Benedetti –el primer recital poético al que asistí en mi época de estudiante en Murcia-, o el de la Arena Plautina de Sarsina anunciando la Asinaria de Plauto en la que yo era una esclava romana en el verano de mis dieciocho, que fue también el verano de mi primer desayuno en Venecia. La parte de arriba sigue intacta: las tres cámaras que albergaron los cuartos para secar las almendras o colgar el panizo. Esa casa ha visto crecer a mi padre, ha visto cómo mi abuelo Paco mataba al gallo porque encontró en la pequeña Toñi (mi hermana) el blanco perfecto para su pico mientras ella jugaba con su flauta azul. Mi abuelo, al instante, lo mató diciendo: “éste no vuelve a tocar a mis nietas”. Sus muros han visto matanzas por San Martín en las que mi abuela Isabel –cuyo nombre he heredado- organizaba todo desde bien temprano y pelaba las cebollas y lavaba las tripas en el río junto a otras mujeres de los cortijos adyacentes, y cocinaba la “olla de matanza” en la que no podía faltar el rabo del cerdo, y preparaba para la noche las “migas con tajás”, y al finalizar el día repartía entre todos los asistentes más de la mitad de todo lo hecho. Dicen, y yo comprobé en los casi treinta años que la he vivido, que fue generosa como nadie que haya conocido. Dicen, y yo digo, que supo vivir la vida con una alegría que estaba presidida por disfrutar de ésta a pesar de todas las piedras que se le pusiesen delante. Ella sintió la guerra en su piel y llevó comida a un tío suyo que se escondía en el Campo de San Juan, y me contó que ninguno gana en una guerra, porque veía los muertos de ambos bandos en los arcenes de los caminos cuando iba en el carro con su padre, el bisabuelo Julián que hoy preside esta casa. Mi abuelo hizo tres años de mili y cuando estaba a punto de volver fue llevado a Marruecos para luchar, ¡qué importa de qué parte! No permitió nunca que se tirase un pedazo de pan: era algo que heredó de aquel entonces. Si recogiendo la mesa había sobrado un trozo y queríamos tirarlo, él siempre recordaba cuando eran capaces de matar por un mendrugo si lo encontraban por suerte; nos relataba de nuevo que pasó hambre en aquellos tres años, que peleaban entre ellos siguiendo el rastro de una serpiente –hoy sería un manjar exótico en cualquier restaurante con estrellas Michelin. ¡Qué curiosa es la vida!, o cómo cambia según el cristal desde el que se la mire.

Ellos hicieron que en esa casa estuviera el refugio de muchos: había agricultura, tierra, comida para todos. En ese salón de hoy que está recubierto de madera, en otros tiempos comieron primos y vecinos y amigos de amigos. Ellos decían que en su casa no se pasaba hambre. Y mi padre siempre lo ha recordado con orgullo.

Yo, hoy que disfruto en soledad de la historia que la mantiene en pie, que he dado en tirar del hilo de la memoria para acercarme a quien soy desde los orígenes de los que provengo, solo puedo estar agradecida no por el hecho material de que esta casa siga en pie, que pertenezca a mis padres y que yo la disfrute, sino por un hecho emocional que va mucho más allá de lo que pueda valer en metálico: en ella han crecido las generaciones que me han engendrado a mí, gracias a las cuales yo existo. Y de ellos he heredado lo más inasible y al mismo tiempo lo más importante: el valor de mi bisabuelo y su gusto por el silencio contemplativo, la alegría de mi abuela y el deseo de ofrecer lo más valioso que he atesorado en mis años de vida, esto es, el amor por la literatura, el amor por la poesía; la sonrisa de mi abuelo Paco y ese cariño siempre en los brazos. Tal vez sea aún pronto para decidir qué tengo de mi padre, cuántas cosas imperceptibles además de la frente y los ojos tengo de él, pero sí hay algo que me ha transmitido desde siempre: la importancia de cuidar lo que te ha hecho ser quien eres. Estas herencias son impagables.

14 nov. 2011

El carrito del helado

Imagen tomada de www.flickr.com/photos/56054303@N05/5324264610
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Abría la caja como quien abre un tesoro. La niña esparcía por el suelo, con cuidado y mimos, el carrito, los globos que ponía meticulosamente sobre su techo, los tres cucuruchos de sabores distintos, las tapas rojas, los dos muñecos. Inventaba miles de aventuras en un mundo cuyos límites eran la pequeña sala que habitaba, el rincón donde todo era posible. Los amigos se encontraban y pasaban la tarde comiendo helados y charlando. Ella decía en voz alta sus conversaciones, fabulaba cómo conocían a otra gente, cómo en la escuela habían tenido suerte con el examen de la mañana, cómo eran aceptados por los demás muñecos de su clase y cómo vivían en un mundo feliz, lleno de gusanitos y en el que nadie los obligaba a comerse la comida ni a beber leche cuando no lo deseaban. Era capaz de construir decenas de situaciones, imprevistos, todo valía: las pipas se convertían en grandes rocas que tenían que escalar para llegar a su destino, una muñeca feroz los amenazaba con su estatura gigante; pero ellos le regalaban los helados y todos se hacían amigos... ¡Cuántas tardes pasaría entre ellos! ¡Cuántas horas en la preciada soledad acompañada de sus historias fantásticas mientras sus amigas jugaban en la calle! ¡Qué placer alejarse del mundo de los demás y crear el suyo propio!

Hoy ya nada es aquello. La niña de entonces no es la mujer que soy. Ya no encuentro una caja que contenga tesoros. El mundo que he creado no lo mueven mis dedos, no lo inventa mi fábula, no se salva el obstáculo con solo desearlo. Ya no creo en gigantes, ni en rocas imposibles: tal vez por eso acechan. Ya no tengo los hilos de la aventura cierta. Ahora he aprendido que todas las ficciones son cosa del destino. Él nos mueve a su antojo, nos coloca las piedras, nos pone compañeros que pasean con nosotros en la tarde de nuestro viaje incierto: este no saber cuándo ni en qué momento exacto se cerrará la caja y no seremos nada.

9 nov. 2011

Libertad

Últimamente, observo que si te sales fuera de lo establecido en los cánones de lo tradicional, quienes te acechan pueden convertirse en "peligrosos". El adjetivo lo dice Jack Nicholson en Easy Rider (Buscando tu destino), (Dennis Hopper, 1969), una excelente road movie a bordo de una moto cuyo destino es el viaje hacia la libertad individual.

25 oct. 2011

Música y palabra

En mi tintero se queda esta tarde-noche un largo artículo que habla sobre el concierto que el pasado viernes 21 de octubre interpretó el grupo La Tempestad dentro del ciclo "Diálogos Íntimos", con programa de Johann Sebastian Bach y de Carl Philipp Emanuel Bach. El concierto se ejecutó en la pequeña plazoleta de la ermita de San Antonio el Pobre (La Alberca, Murcia), en plena comunión con la naturaleza y amparados por las enormes piedras que fortifican la construcción.

Esta noche algo nublada y solitaria solo quiero dejar las palabras de George Steiner que subrayé hace meses y cuya página doblé por la esquina inferior aunque el otro día me tacharan de fetichista e intelectual por tales lecturas y tales atrevimientos; sin embargo yo, que no sé bien cómo clasificarme a mí misma si es que hubiera de hacerlo, disfruto con líneas como las que a continuación dejo aquí, bajo mis palabras. Y ellas, seguidas del tercer movimiento (adagio ma non tanto) de la sonata para violín y clave en Mi mayor BWV 1016 de Bach, parte del programa del concierto.

Hay placeres para los que no hay clasificación, ni acaso palabras, solo música, el idioma de lo indecible, la lengua de lo atemporal, el signo de lo infinito.

"Es un lugar común decir que las relaciones entre el tiempo y la música no son sólo esenciales sino autónomas como en ninguna otra actividad humana. Se ha definido la música como tiempo organizado. Toda pieza musical seria "suprime el tiempo" y hace de él un fenómeno independiente. La capacidad de la música para operar simultáneamente a lo largo de ejes horizontales y verticales, para recorrer a la vez direcciones opuestas (como en los cánones inversos), bien podría ser lo más cercano a la absoluta libertad a la que aspiran los seres humanos. La música "guarda el tiempo" para ella y para nosotros. Regula el cronómetro a su gusto. De modo que, eludiendo de nuevo la paráfrasis verbal, una música cronométricamente rápida puede inducir un sentimiento de tranquilidad, de apertura temporal, tal como ocurre con frecuencia en Mozart, mientras que una música formalmente lenta (como los largos de Mahler) puede generar una acentuada aceleración y un sentimiento de inmediata urgencia. La propuesta de que la música existirá incluso "después" de que el universo desaparezca (Schopenhauer) expresa sin duda la intuición de que la temporalidad de un acto o estructura musicales es independiente de las leyes físicas y biológicas. Veremos que la música parece relacionarse con la muerte y con el rechazo de la muerte como ninguna otra forma de expresión. Las artes, y especialmente la música, otrogan al hombre la libertad en su ciudad que inevitablemente es mortal".

George Steiner, Gramáticas de la creación.

Y la música de Bach, AQUÍ.



20 oct. 2011

Por qué leer a Kundera (1)

He recogido diversas y muy variadas citas que andan subrayadas a lo largo de la producción de Kundera (que he leído completa) y que algún día quería recomendar. Empezaré por el principio, por La broma, una novela de 1967 que leí entre aeropuertos y aviones. A veces sobran las palabras de esta comentarista y basta con la cita del texto, que se pavonea por sí sola delante de esta pantalla fluorescente mientras las teclas van tintando el espacio superior que la albergará. Tengo muchas más, pero le pongo un uno a esta entrada y sólo dejo el hilo de los recuerdos sin retorno en la pluma de Kundera. Mañana o pasado, más.


"Comprendí que no podría huir de los recuerdos; que estaba rodeado por ellos".


" Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno. Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad de retorno con plena conciencia. Beberla hasta el fondo. No puede hacer trampas. No puede poner cara de que no la ve. El hombre moderno hace trampas. Trata de pasar de largo por todos los puntos clave y atravesar gratis desde la vida a la muerte".



13 oct. 2011

701 páginas



Son las que suma la edición de Crimen y Castigo que ya descansa en mi mesa y que pasará a su lugar en la estantería tras colgar estas letras en este rincón azul. Son setecientas y una páginas de emociones y convulsiones, de angustias y remordimientos, de pesadillas y contrariedades. Había esperado mucho tiempo para leer esta gran novela, había esperado a estar en un momento vital de apacible ánimo para saborearla capítulo a capítulo, consciente de que me reservaba el regalo de esta historia: las dudas y elucubraciones por el crimen y el castigo de la mano de Raskólnikov y la condición humana de las diversas escalas sociales en la pintura de personajes del San Petersburgo del XIX. Ahora comprendo por qué ha permanecido a lo largo de los siglos: el remordimiento del protagonista es el núcleo sobre el que se construye la acción, la imposibilidad de ser alguien mínimamente relevante en la escala social deriva en un crimen que, en manos de otros, en manos de los poderosos, es aceptado de buen grado y hasta jaleado si se trata de grandes guerras o grandes batallas (no he podido evitar pensar en Bush, en otros presidentes que actualmente dejan correr la sangre y son tomados por héroes). ¿Acaso no es la misma ruindad? ¿Acaso no es deleznable el crimen sea cual sea su origen y su alcance? ¿Acaso no es injustificable aún hoy la pena de muerte que sigue vigente en tantos lugares del mundo? La acción pobre y mísera de un alma conduce al protagonista a la desesperación, a la enajenación, al presidio, a la fría Siberia (como le sucedió al propio Dostoievski). Hay novelas que un hombre no debiera dejar de leer; esta es, sin duda, una de ellas. No por la culpa, no por el castigo, sino por la redención: la puerta abierta a una nueva luz, a un nuevo amanecer de la condición humana, dejan un hilo de esperanza que se centra en el sentimiento más noble y puro que hay entre los hombres: el amor.

Cuesta creer que pudiera escribir esta novela por la mañana, mientras por la tarde escribía El jugador, acuciado por las deudas contraídas para la manutención de la prole… ¡Qué genio y qué ingenio el del Señor Fiódor Dostoievski!

8 oct. 2011

Cabina telefónica



Steve Jobs ha muerto y estos días se ha hablado mucho de todo lo que ha supuesto su creación al mundo de hoy. Estoy de acuerdo. Y sin embargo, esta mañana al abrir los ojos, no sé por qué motivo, he recordado aquella lejanísima época (aunque solo haga unos años) en la que bajaba a hacer cola frente a la cabina de teléfono para que el hilo de voz me transportase allá donde quería estar: cerca del cuerpo anhelado o en el calor de la casa con los míos. Llegábamos gota a gota todos los que allí nos reuníamos con las monedas en el bolsillo esperando nuestro turno, impacientándonos si el de delante extendía su conversación más de la cuenta y helándonos de frío si era invierno. Siempre guardábamos una distancia prudencial con quien tenía el teléfono entre sus manos con el fin de dotar a la conversación de una intimidad imposible en aquellas circunstancias...

A veces, tras la espera, echabas la moneda, marcabas los números uno a uno, daba un tono, dos, la voz desde el otro lado respondía y… en ese momento no estaba quien tú buscabas, había salido. Colgabas, aquella cabina telefónica nunca te devolvía las monedas restantes, metías las manos en los bolsillos y te ibas tarareando palabras no dichas, a la espera de otra noche, de otra cola, de otra espera, de otra oportunidad.

Cuando sí estaba, entonces la maldita cabina engullía las monedas a una velocidad inoportuna: antes de haberte despedido un sonido continuo marcaba el final de la dicha… Metías igualmente las manos en los bolsillos y te ibas entonces tarareando las palabras dichas y, por qué no, más aún las no dichas, a la espera de otra noche, de otra cola, de otra espera, de otra oportunidad.

Y así el ritual se repetía una o dos veces por semana, y una llamada era un pequeño regalo similar al de las cartas escritas. Tenía un valor y una magia que hoy tal vez ya pocos acierten a comprender.

28 sept. 2011

Retomando lo positivo


De nuevo esta mañana se ha producido ese antiguo cosquilleo que alguna vez, en las primeras épocas de docencia, sentí en el estómago. Era el cosquilleo que a uno lo aborda cuando sabe que algo está haciendo medianamente bien, que hubo quien aprendió cosas gracias a la mano que le tendiste, que alguna conciencia levantaste del letargo, que algo se sembró en los territorios fecundos de los chavales que serán nuestro futuro. Esta mañana, ante un auditorio de más de treinta chicos, dos de los alumnos del curso pasado han leído su trabajo de "Elefante viajero" (la novela de viajes que con tanto esfuerzo fueron redactando el pasado curso -puede verse aquí-) para que quienes este año se lanzan a la aventura tomen su experiencia como ejemplo. Ha sido muy gratificante ver cómo ellos mismos se plantean las dudas y se las resuelven, hablan de estrategias de escritura y de creación... En definitiva, esta mañana he vuelto a creer que hago lo que hago porque es lo mejor que puedo hacer para mejorar un poco este mundo tan mediocre que se empeña en poner como bandera de todos los estados el dinero y los intereses de unos pocos. ¿Alguno de los que más arriba están habrá sentido alguna vez ese "cosquilleo" en el estómago que hoy me ha vuelto a asaltar a mí? Lo dudo...


27 sept. 2011

Páginas dobladas (5)

Página doblada 5

(Esquina superior)

Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.

Herman Melville, Moby Dick

Fue una lectura apasionante y febril de hace ya cuatro años. Compartí dos meses de cama forzosa con la medicación y con la obsesión del capitán Ahab. A veces sentía su delirio como propio. Tal vez por eso esta lectura sea tan especial para mí. Ésta es solo la primera de todas las páginas que doblé, incluso algunos párrafos están subrayados.

Cada alma humana se rodea de obsesiones y deseos; Moby Dick es ese viaje constante hacia el sueño convertido en pasión, en utopía, en anhelo, en imposible.

14 sept. 2011

Eres como dios

Hay un episodio en Crimen y castigo donde Raskólnikov sueña la muerte de un jamelgo a manos de su dueño enajenado (Mikolka) y de los hombretones borrachos que lo acompañan. El pobre animal que Dostoievski llama jaquilla con ese diminutivo tan eficaz ante la barbarie, muere en un episodio cruel y sangriento tras ser la diana de los látigos de los hombres que quieren matarlo por simple diversión. El animal se resiste a morir, la jaquilla no puede soportar tanto golpe y, en su impotencia, se pone a cocear (...) Parece mentira que un pobre animal tan mal parado sea todavía capaz de cocear. Entonces, la rabia de los presentes se agudiza, o la animalidad del ser humano se recrudece:

Dos mocetones del grupo se agencian sendos látigos y corren a fustigarla cada uno por el costado.

- ¡En el hocico! ¡Atizadle en los ojos! ¡En los ojos!- grita Mikolka.

(...)

-¡Así te...! -chilla Mikolka furioso. Tira el látigo, se agacha y saca del fondo de la carreta una vara larga y gruesa, la agarra con ambas manos por un extremo y la enarbola sobre la jaca.

- ¡La desloma!- gritan entorno.

- ¡La va a matar!

- ¡Es mía! -ruge Mikolka, y descarga el palo con todas sus fuerzas. Se escucha un golpe tremendo.

Mikolka enarbola de nuevo la vara y otro golpe descarga con tremenda fuerza sobre el lomo del pobre jamelgo, que cede sobre los cuartos traseros, pero se endereza y tira, tira con sus últimas fuerzas hacia un lado y otro para que arranque la carreta. Pero seis látigos la acosan desde todas partes mientras el palo se alza y cae por tercera vez y por cuarta, acompasadamente, con todo impulso. Mikolka está furioso porque no ha podido matarla de un solo golpe.

- ¡Dale con un hacha! ¡Hay que terminar de una vez!- grita otro.

- Pero ¡maldita sea...! ¡Apartaos!- chilla frenéticamente Mikolka, arroja la vara, se agacha de nuevo y saca de la carreta una barra de hierro-. ¡Cuidado!- y le atiza con todo su impulso al pobre animal. Descarga el golpe: la yegua se tambalea, cede de los cuartos traseros, intenta tirar de la carreta, pero la barra de hierro cae nuevamente con fuerza sobre su lomo y entonces de desploma como si le hubieran segado las cuatro patas de un golpe.

- ¡A rematarla!- ruge Mikolka y, fuera de sí, salta del carro. Unos cuantos mozos, congestionados y borrachos también, agarran lo que encuentran a mano -látigos, palos, la vara- y pegan a la yegua moribunda. Mikolka, a un lado, le descarga la barra al voleo sobre el lomo. La yegua estira el hocico, exhala un suspiro doloroso y muere.

Lo que acabamos de leer es el episodio de una novela de 1867, y es, además, el sueño de un personaje. Lo que leo en esta noticia de El País (aquí) es lo que ocurrió ayer, mientras un desalmado que se podría llamar Mikolka pero que tiene DNI y 26 años acaba con un toro, mientras un coro de desalmados jalean sus embistes con la lanza y contribuyen con las suyas (se utilizan incluso destornilladores). El individuo, por llamarlo de alguna forma, tiene el honor de haber matado ya a dos animales. Tras la hazaña se llevó el rabo del toro, que a saber si se lo cortan cuando aún está agonizante, para secarlo con sal y conservarlo como trofeo.

Lo que fue fabulación en la mente de Dostoievski es realidad en un pueblo de España que se jacta de tener una tradición así y que se remonta a la época de Pedro I, apodado, como todos sabemos “El Cruel”. A veces la realidad supera la ficción, y es significativo que quien dio muerte al animal confiese sentirse “como Cristiano Ronaldo, eres como dios”. ¡Qué espíritu tan pobre ha de tener una persona para necesitar sentirse como un dios! ¡Qué crueldad ha de albergar un corazón para ser tan descarnado y sentirse orgulloso de ello! ¡Qué animal endiosado! Recordemos que esto sucede en una fiesta declarada de Interés Turístico Nacional; en resumen, una vergüenza más de las que definen este país.

7 sept. 2011

Páginas dobladas (4)

Página doblada 4
(esquina inferior)


El resumen de Rousseau en Julia o la nueva Eloísa es lapidario: "Tal es la nada de las cosas humanas que, excepto el Ser que existe en sí mismo, no hay nada más bello que lo que no existe".


George Steiner, Gramáticas de la creación.

30 ago. 2011

¿Qué refleja un espejo?

[St Vincent Street, Glasgow, Escocia]

Interés creciente por fotografiar los reflejos de los edificios antiguos en los espejos que recubren las fachadas de las arquitecturas más contemporáneas.

¿El reflejo del pasado tiene cabida en el presente? ¿Lo reflejado es imagen viva de lo que es en realidad o sólo un “espejismo”? ¿Cualquier cosa que fue antes se deforma si se la contempla a través del espejo presente?

En definitiva, ¿qué refleja un espejo?

La música es de Nodozurdo y el tema Mil espejos, el vídeo musical es un descubrimiento: sugerente y poético. AQUÍ.

16 ago. 2011

El músico

Está tendido en una cama desde hace diez meses porque sus piernas han decidido tomarse un merecidísimo descanso del día a día. Sus ojos sólo atisban sombras, agotados de contemplar tantos horizontes, sus manos siguen firmes con pulso decidido; su piel, tersa; su cuerpo, varonil, aún conserva las trazas de quien ha sido. Bromeando y contando chistes en el dormitorio donde es cuidado por sus dos hijos, pregunta por la familia, recuerda las múltiples aventuras de su vida, nunca olvida un cumpleaños o una fecha que haya sido importante a lo largo del camino. El domingo pasado relató con gran emoción que se enamoró de su mujer y de la madre de sus hijos cuando ella, tras haberle guardado su chaqueta durante una actuación, se la colocó sobre los hombros y lo miró a los ojos con una sonrisa. Confesó haber sentido entonces un cosquilleo que le recorrió todo su cuerpo y decirse a sí mismo: "ésta es la mía". Ha tocado el laúd durante toda su vida, aún hoy dice que podría tocarlo. Se ha hecho amigo del cura que puntualmente lo visita los miércoles. Nunca fue cristiano, tampoco ahora, pero dice que le ha cogido aprecio a ese sacerdote porque es una buena persona, y "a las personas buenas hay que respetarlas, crean en lo que crean". Casi a punto de marcharme, declaró: "debería morirme ya, porque ¿para qué seguir viviendo en una cama? Pero la muerte es muy fea, además, ¿qué voy a hacer yo muerto? Esta vida es muy hermosa". Se llama Antonio, por todos conocido como "el músico". El mes próximo cumplirá noventa y nueve años. Una sabia lección de fuerza y optimismo: dos guerras mundiales, una guerra civil desde el frente republicano, una posguerra durísima, las muertes de mujer, un hijo y todos sus hermanos. Y una fe ciega por el hermoso camino de vivir.


Esta música, ¡a su salud!: David Kellner


13 ago. 2011

Páginas dobladas (3)

[Vista de la luna del doce de agosto de 2011 desde el balcón de mi casa]


Página doblada 3
(esquina inferior)

Un lugar sin lugar, como un mundo al que se llega yendo hacia arriba, no hacia abajo. Sí: quizás existía un árbol tan claro que subiendo por él se tocaba otro mundo, la luna.

Italo Calvino, El barón rampante.


10 ago. 2011

Animal nocturno


Me llamo Nora y vivo en el Paseo Siena. Es una avenida inmensa que tiene una acera entre un lado de la carretera y el otro. Mi edificio está flanqueando la parte sur y las vistas me proporcionan el paisaje empinado de la montaña de mi ciudad. No me puedo quejar: tengo a mis pies el escenario del alma humana. El sol cae por el extremo Oeste, la luz comienza a ser anaranjada y el azul del cielo está empañado de tonos opacos que anuncian la pronta salida de la luna. Frente al balcón desde el que escribo pasa una madre de unos cuarenta años, se dirige al sol, es una mujer morena y resuelta que anda a paso rápido y va escoltada por dos mellizas que levantan un palmo del suelo y que no dejan de revolotear a su lado gritándole quién sabe qué cosas, en definitiva, reclamando su atención. Ejercer de madre ha de ser una de las tareas más fatigosas de la vida, pero en apenas un segundo compruebo que quizás también sea una de las más gratificantes: lejos de regañar a la más llorona, la deja abrazarse a su pierna, le dice algo que nosotros, desde lejos, no acertamos a escuchar, la toma entre sus brazos y le da un beso. La niña se calma. Lo que más llama la atención de este lugar que me habita es que junto a escenas tan familiares como la citada o tan románticas como la de la pareja que pasea hacia el final de la avenida (hombre y mujer maduros, tranquilos, ella va ceñida a él por la cintura, él le susurra cosas al oído que la hacen mirar hacia el sol, que cae más y más), junto a esas escenas, decía, encontramos a la mujer que avanza con paso lento y ensimismada, sin prestar casi atención al perro que la pasea. No ha visto que un hombre se avecina, que va, como ella, inmerso en el mundo que le entra por los auriculares que lo atan a su bolsillo derecho, en la mano izquierda una correa lo sujeta a un perro minúsculo. Ambos se acercan, se cruzan, los perros se detienen un momento a olisquearse, se hablan y se comunican en ese lenguaje perruno y desenfadado. Ellos se miran y se sonríen mutuamente con un gesto aprendido de dios sabe cuántas paradas circunstanciales como esa repetidas en el ritual de pasear a sus respectivos perros, pero no se atreven a quitarse los auriculares y a beber un sorbo del atrevimiento de sus mascotas. Pasan unos segundos, apenas medio minuto, y cada uno avanza en el sentido de la marcha que los condujo a encontrarse. Ella, dirección a la salida de la luna. Él dirección a la puesta de sol.

El Paseo Siena es el escenario de un gran teatro donde cada alma está reflejada en el titubeo de su paso, en la seguridad de su tacón de aguja, en la mirada perdida del hombre con corbata y gesto cansado, en el nerviosismo de una madre con mellizas, en la dulzura de un brazo que rodea una cintura, en la tecla solitaria de quien lo contempla todo desde arriba y no sabe que el rumbo de su paso será el opuesto al sol: me voy a esperar la luna porque no tengo perro y yo soy más bien un animal nocturno.




5 ago. 2011

Páginas dobladas (2)

Página doblada 2
(esquina inferior)

Sólo el que tiene fe en la llegada del acaecimiento y en la existencia de lo maravilloso, espera la aventura, es decir, la realización de lo indeterminado. Tales se llaman almas ilusionadas.

Asklepios, Miguel Espinosa.

Obra magnífica, escritor imprescindible que tuvo la desgracia de ser murciano. Si hubiese nacido en París, ahora estaría en todos los manuales de literatura. Es un filósofo con tanta imaginación como habilidad para combinar ideas imposibles con un lenguaje riquísimo. Asklepios es un hombre de la Grecia clásica, el últilmo, que está desterrado en la edad actual. La pérdida de los verdaderos valores del ser humano -Verdad, Bondad, Belleza- es lo que más llama la atención entre aquel remoto período y el que vive Asklepios (o nosotros mismos). Por suerte, aún hay almas ilusionadas en este mundo... cueste lo que cueste.

Para mí la aventura siempre se perfila con un trazo indefinido, misterioso. Algo así como esto:

4 ago. 2011

Páginas dobladas (1)



Iba subida en los andenes del tren que cubría el trayecto Milán-Venecia. Tenía unos diecinueve años aproximadamente y fue la primera vez que doblé la página de un libro para señalar que lo que estaba leyendo era especial. Hay fragmentos de una novela o poemas que nos dicen a nosotros mismos, o tal vez consiste en que uno encuentra en esas palabras combinadas de esa forma concreta lo que hubiese querido expresar pero no logró. Copié la idea de doblar la página de mi vecino de vagón, que leía con avidez el periódico y doblaba alguna página sobre la que pretendía volver. Yo, que tenía entre mis manos a Machado, pensé que sería un buen ejercicio a partir de entonces.
Hasta hoy. Sigo doblando las páginas de los libros y he perfeccionado el sistema: subrayo el fragmento y tras ello, doblo la página por la esquina superior o por la esquina inferior. El orden no es aleatorio, tiene un significado: las páginas que desde hace más de diez años he doblado por la esquina inferior son imprescindibles para mí. Las otras, magníficas, pero en una escala menor. Ese es todo el misterio. Y desde hoy hasta que piense otra cosa, voy a compartirlas con quien se siga paseando por estos lares: no habrá orden, a veces no habrá comentarios sobre el fragmento, a veces no irá introducido por una imagen... Así de caótico y sin embargo, con tanto orden interno.
Asimismo, invito a los lectores a compartir sus fragmentos destacados, sus poemas reseñados o esa cita que se tiene por bandera. Leer lo relevante de cada uno es dar la posibilidad de leer al otro.

***

Página doblada 1
(esquina superior)

Escribir para el cajón significa siempre una especie de parálisis. Al igual que el actor no puede actuar a solas, en su dormitorio, porque sin público no actúa de verdad, sino que simplemente hace muecas de loco, tampoco el escritor puede escribir exclusivamente para la posteridad porque necesita cierto eco, enseguida, de inmediato (Gide, tras decidir que solamente escribiría obras póstumas, se dio cuenta rápidamente de que no tenía ganas de escribir).


¡Tierra, tierra!, Sándor Márai.

8 jul. 2011

Días de calma


He comenzado las vacaciones veraniegas con una avidez de lectura más intensa de lo habitual, supongo que motivada por el hecho de no haber tenido el tiempo necesario en el transcurso del año académico, ya que me he ido ocupando del blog dedicado a “Elefante viajero. Homenaje a José Saramago”, que ha sido uno de los trabajos más enriquecedores a nivel educativo que he hecho hasta ahora. Ese blog y ese viaje me han llevado muchas horas transcurridas con la ilusión de ver que los muchachos aprendían y que los objetivos no sólo se alcanzaban, sino que se superaban. Ha sido una experiencia a nivel profesional tan intensa que he derrochado el tiempo y la energía en ella: tuvo como fruto el agradecimiento de todos, que se tradujo en palabras, un infinito cesto de rosas y una postal que guardo con todo mi cariño y cuyo título reza “Eres la pera”. Es impagable esta satisfacción personal del trabajo hecho con cariño.

Ahora toca desconectar y he leído en apenas un par de semanas poesía, Misteriosamente feliz, de Joan Margarit; una lectura imprescindible, El túnel, de Ernesto Sabato (como homenaje a su reciente fallecimiento); una novela sobrecogedora, La palabra más hermosa, de Margaret Mazzantini; y, por último (por ahora), me encuentro enfrascada en Memorial del convento, de José Saramago.

¡Qué suerte tenemos quienes amamos la lectura! Confieso que estoy disfrutando como una chiquilla: M. Mazzantini me ha vuelto a conmover como ya lo hiciera con No te muevas. Es una escritora que narra con toda suerte de precisión los sentimientos más intensos del alma humana. En La palabra más hermosa erige como protagonista la guerra que asola a los Balcanes, y se centra en la ciudad de Sarajevo. No se puede decir así, en pocas líneas, la fatalidad que arrastran los personajes que se ven envueltos en un conflicto bélico que ni desean ni apoyan, cómo se frustran las esperanzas de todos, cómo se amputan sueños e ilusiones, cómo se arranca la vida en el proceso de animalización que define a los francotiradores, sean éstos del bando que sean. La tragedia se ve amplificada por la voz de la protagonista, incapaz de engendrar un hijo. Esta imposibilidad de la mujer de realizarse como madre es el eje que nos lleva al territorio del pasado (Sarajevo) y que se contextualiza en un presente, acaso resignado. Seguiré la trayectoria de esta escritora y actriz italiana. Me gusta.

De Joan Margarit… me han cautivado algunos poemas, otros no demasiado. El cierre es redondo y sólo en la última composición se justifican todos los versos anteriores.

Con El túnel he llegado a comprender la obsesión, y casi me he obsesionado tanto como el protagonista: ¿hasta qué punto matan los celos? Es ésta una obra absolutamente maestra, hasta el final. Una lectura que volveré a hacer pasados unos años.

De Saramago, ¡qué decir a estas alturas! Ya hablaré de él cuando finalice esta aventura de Memorial del convento; mientras tanto dejo un fragmento de la obra, ahora que es tiempo taurino y que todos deberíamos alzar la voz para proteger los derechos de los animales. Particularmente, no encuentro gracia ninguna en el maltrato animal, sean toros (y que nadie se ampare en la tradición cultural, no me sirve), sea el animal que sea. Son seres vivos, y para mí es eso lo que cuenta. Habla Saramago:

“(…) se le sube a la cabeza la sangre que ve derramarse, las fuentes abiertas en los flancos de los toros, manando la muerte viva que hace rodar la cabeza, pero la imagen que se fija y desorbita los ojos es la cabeza raída de un toro, la boca abierta, la lengua gruesa colgando, que no segará ya, áspera, la hierba de los campos, o sólo los pastos de humo del otro mundo de los toros, cómo podríamos saber si infierno o paraíso. Paraíso será si hay justicia, no puede haber infierno después de lo que sufren éstos, (…) y por las dos puntas les allegan fuego, y entonces empieza la manta a arder, y estallan los cohetes, por mucho tiempo uno tras otro restallando, estallan y resplandecen por toda la plaza, es como asar el toro en vida, y así va el animal corriendo la plaza, loco y furioso, saltando y bramando, mientras Don Juan V y su pueblo aplauden la mísera muerte, que el toro ni siquiera se puede defender o morir matando. Huele a carne quemada, pero es un olor que no ofende a estas narices (…)”.


4 jul. 2011

Tal día como hoy


[Mi abuela Isabel y yo]


El 4 de julio era frecuente que me despertase con el ring del teléfono. Mi abuela, bien temprano (porque ella siempre se levantaba al amanecer) me daba los buenos días con la misma frase: "Isabelica, que hoy es nuestro día, tenemos que convidarnos".

Hace ya tres años que no nos felicitamos mutuamente porque ella se fue, olvidando quién era y quién había sido. Sin embargo, uno de sus últimos gestos fue invitarnos a todos los que estábamos en el salón de su casa (familiares) a cenar y a dormir, porque creía que fuera había nevado y hacía mucho frío. No sabía quiénes éramos, sólo reconocía en mi padre la figura de alguien a quien había querido mucho; a él le pedía insistentemente que nos preparase camas y comida.

Al despertarme casi al alba como hacía ella, hoy he recordado sus anécdotas más cariñosas, como aquella vez que se peleó con su vecina y amiga de toda la vida porque no quería creerse que yo (¡su nieta!) había aprobado las "exposiciones" (por oposiciones) la primera vez que me había presentado. Después de aquel episodio, mi abuela siguió haciéndole los mismos favores que antes: le traía la compra del mercado o le subía la fruta de la tienda de la esquina, sólo que le colgaba las bolsas en la puerta, llamaba al timbre de la vecina para que las recogiese y se iba sin saludar. Hay miles de detalles que la hacían ser la mujer que ella olvidó ser: su generosidad desmesurada, su mesa siempre puesta para cualquiera que llegase a la casa, su coquetería femenina, su alegría por la vida...

Recuerdo mil momentos hoy, que me beberé una copa de vino por ella, por su memoria, y por la lección de optimismo que nos dio a todos.

29 jun. 2011

Poema intrascendente



EL VERANO


Un día se te ocurre

que tal vez colecciones

esas bolas de nieve

donde fingen inviernos

en paisajes remotos:

te parecen románticas.


Más de un lustro ha pasado.

La colección que entonces

era sólo un proyecto,

hoy llega hasta países

donde nunca estuviste.

Sospechas que hay lugares

que son inalcanzables:

huérfanos de las cartas

se duermen los buzones,

olvidados de suerte

se ríen en tu cara

los duendes irlandeses,

fantasmales castillos

donde no hubo princesas

desafían al tiempo…


Basta con agitarlas

y vuelve a ser invierno,

y te vuelves a helar

en todos los fracasos

que tienen nombre propio:

Mostar, Londres, Dublín,

Sarajevo, Georgia,

Bolonia, Barcelona…


Sin embargo decides

que el presente te nombra,

ya no aceptas regalos

que te ahoguen de frío.

En tu mundo de hoy

instalas el verano.




15 jun. 2011

La inútil obstinación


"A pesar de todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad. Y suele resultar que (...) cualquier elemento bueno, por pequeño que sea, adquiere un desproporcionado valor, termina por hacerse decisivo y nos aferramos a él como nos agarraríamos desesperadamente de cualquier hierba ante el peligro de rodar en un abismo".


E. Sábato, El túnel.



Tras su lectura, lo copié en la página de mi agenda del día de ayer y voy rumiándolo desde entonces. Ahora sé por qué: ¿se puede tener la necesidad de aferrarse a lo perdido y sin embargo saber que ya no sirve de nada? Mirar atrás sólo sirve para impedir que veas todo lo que aparece nuevo en tu horizonte. Creo que lo que de verdad merece ser elogiado en el ser humano, porque resulta contrario a la ley del tiempo, es la ligereza de peso en el equipaje interior (que ha de conservar sólo lo exquisito); y la valentía de rodar por el abismo aun a riesgo de romperse. Ese "acto de propia voluntad" es el que distingue a los conformistas de los soñadores. Yo, desdichada y felizmente, pertenezco al segundo grupo.


31 may. 2011

El elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki




Hay pensadores que agitan las convenciones que reinaron en los recovecos de tus manías de antaño. Sin ir más lejos, siempre busqué una casa iluminada, con paredes claras y dominada por las formas de la luz. Tanizaki, ahora, me hace cuestionarme aquel antiguo principio. Al fin y al cabo, la sombra no es más que el reverso de la luz y la materia de la que estamos hechos. ¿El inconformismo teme al oscuro? Yo manifiesto mi intención de apagar las lámparas y encender las velas, o encender la sombra y apagar la ceguera.


"¿Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han experimentado la tentación de disfrutar con la sombra; desde siempre, los espectros japoneses han carecido de pies; los espectros de Occidente tienen pies, pero en cambio todo su cuerpo, al parecer, es translúcido. Aunque sólo sea por estos detalles, resulta evidente que nuestra propia imaginación se mueve entre tinieblas negras como la laca, mientras los occidentales atribuyen incluso a sus espectros la limpidez del cristal. Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo. En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan amplias extensiones de césped.

¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular.

En cambio los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor a la actual".


El elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki. Ed. Siruela, 2010.

25 may. 2011

Preludio de verano




En estos días de finales de mayo en los que se rozan los treinta grados, me invade un deseo ardiente de playa al atardecer, vacaciones en avión, lectura sin tiempo, idiomas extranjeros, equipaje de mano, cámara inseparable del abrazo de la mirada, cafés helados, paseos interminables por calles empedradas de pueblos escondidos, comida ligera, gentes nuevas, perfume suave, moreno en la piel, sandalias con tacón, amigos de aquí y de allá, conciertos al aire libre, temporadas de teatro y música, siempre música.


Por ejemplo, esta:
I'll see you in my dreams, de Django Reinhardt

¿Qué más se puede pedir...?

13 may. 2011

Un chico sin nombre

[Fotografía tomada de www.elpais.es]


Cuando ocurre una tragedia como la que ha sucedido en Lorca, pocas son las palabras que se pueden decir. Sin embargo, detrás de todas las imágenes que estamos viendo, detrás de una ciudad casi derruida, hay historias de gente anónima llenas de valentía: el chico -sin nombre en ningún periódico- que subió al edificio a punto de caerse para salvar a un enfermo que no podía bajar por sí mismo, la madre que murió dando de nuevo la vida a los dos hijos que su vientre destruido había cobijado, y así decenas de testimonios.

Hay múltiples vías de ayuda: recogida de alimentos hoy en Alfonso X y en la Plaza de Santo Domingo de Murcia, donaciones a través de la Cruz Roja, partido benéfico el próximo domingo en el estadio Nueva Condomina...

Seguiré creyendo, porque así lo he sentido siempre, que el género humano en su mayoría está representado por ese chico sin nombre.