14 nov. 2011

El carrito del helado

Imagen tomada de www.flickr.com/photos/56054303@N05/5324264610
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Abría la caja como quien abre un tesoro. La niña esparcía por el suelo, con cuidado y mimos, el carrito, los globos que ponía meticulosamente sobre su techo, los tres cucuruchos de sabores distintos, las tapas rojas, los dos muñecos. Inventaba miles de aventuras en un mundo cuyos límites eran la pequeña sala que habitaba, el rincón donde todo era posible. Los amigos se encontraban y pasaban la tarde comiendo helados y charlando. Ella decía en voz alta sus conversaciones, fabulaba cómo conocían a otra gente, cómo en la escuela habían tenido suerte con el examen de la mañana, cómo eran aceptados por los demás muñecos de su clase y cómo vivían en un mundo feliz, lleno de gusanitos y en el que nadie los obligaba a comerse la comida ni a beber leche cuando no lo deseaban. Era capaz de construir decenas de situaciones, imprevistos, todo valía: las pipas se convertían en grandes rocas que tenían que escalar para llegar a su destino, una muñeca feroz los amenazaba con su estatura gigante; pero ellos le regalaban los helados y todos se hacían amigos... ¡Cuántas tardes pasaría entre ellos! ¡Cuántas horas en la preciada soledad acompañada de sus historias fantásticas mientras sus amigas jugaban en la calle! ¡Qué placer alejarse del mundo de los demás y crear el suyo propio!

Hoy ya nada es aquello. La niña de entonces no es la mujer que soy. Ya no encuentro una caja que contenga tesoros. El mundo que he creado no lo mueven mis dedos, no lo inventa mi fábula, no se salva el obstáculo con solo desearlo. Ya no creo en gigantes, ni en rocas imposibles: tal vez por eso acechan. Ya no tengo los hilos de la aventura cierta. Ahora he aprendido que todas las ficciones son cosa del destino. Él nos mueve a su antojo, nos coloca las piedras, nos pone compañeros que pasean con nosotros en la tarde de nuestro viaje incierto: este no saber cuándo ni en qué momento exacto se cerrará la caja y no seremos nada.

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