11 abr. 2012

La verdad sin metáforas



Recuerdo aquellos manuales de literatura en que aprendí que los escritores se referían a ciertas cosas con un término imaginario para evocar el término real, esto es, para embellecer el lenguaje y provocar el efecto de extrañamiento. Esto hacía que la lengua literaria se distanciase de la lengua comunicativa estándar, y a ese fenómeno se le llamaba metáfora. Años más tarde, ya en la Facultad de Letras, estudiaría todas las posibles variantes de esta figura literaria partiendo de incontables textos de los grandes autores.

Estos días no dejo de sentir que el lenguaje es ultrajado continuamente, que la poesía es un arma cargada, no de futuro -como escribió G. Celaya-, sino de vestiduras ignominiosas que tratan de colorear, disfrazar, y en definitiva ocultar lo que deberían contarnos desde la verdad más cruda, haciendo uso de un lenguaje asequible para que todos los ciudadanos puedan entender bien el mensaje: este país está al borde de la quiebra por la ineptitud de unos y de otros; por haber evadido impuestos todo aquel que ha podido; por haber consentido como ciudadanos tanto despilfarro en nombre de la cultura mal entendida, puesta en manos de personajillos de dudosa Cultura; por haber destrozado a base de ladrillo y cemento un litoral que conformaba un paisaje medioambiental maravilloso e idílico, fuente de riqueza atemporal, convertido ahora en fuente de riqueza puntual para unos pocos a costa de su destrucción irreversible; por haber olvidado que el futuro de un país está en la educación y en la investigación.

Sin embargo, la clase dirigente quiere “embellecer” la situación. Ayer, sin ir más lejos, el Ministro de Economía y Competitividad se rebautizaba como capitán de navío y, utilizando la bella metáfora marina, se postulaba en el supremo encargo de dirigir una nave, y hablaba de vientos y de tempestades, así como del rumbo fijo que iba a seguir la dirección de un barco cuyo término real es España y su situación económica. Una vez dado este chapuzón marino, aparece en una entrevista radiofónica, también ayer, el Ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, y declara a los cuatro vientos que estamos en época de tormentas pero que saldrá el sol, dando por hecho que el término real es España, que la situación económica es tormentosa, y que el sol significa la esperanza en el mañana. No quiero pasar por alto que lo hace con una sonrisa cínica, aplaudiéndose a sí mismo ante la sorpresa de su inestimable capacidad inventiva. Hoy, sin embargo, El Periódico dice en su titular que estamos con "El agua al cuello”, donde el término real somos los españoles y el agua representa la magnitud del problema.

Parece que el mar, además de haber sido inspiración para los consabidos versos de Manrique o de Alberti, y para tantos otros, es también un fondo de creatividad donde la clase política puede encontrar la metáfora que nos salve del naufragio; no obstante, como ciudadana de una España que se ahoga (como en otro poema antológico, y acaso premonitorio, de Blas de Otero), embestida por tormentas y huracanes y con una miopía basada en la desesperanza que no me ayuda a contemplar horizontes soleados, me gustaría, por decencia, escuchar las cosas tal como son, es decir, la verdad sin metáforas, la realidad sin sonrisas cínicas.

Por último, como simple grumete en el océano blogosférico, lanzaré mi botella al mar con un mensaje muy claro: respeten ustedes la poesía, porque es un arte elevado que hay que acariciar con manos de seda. A una imagen hay que acercarse desde el corazón, con honestidad, honradez y un punto de genialidad; pero ustedes olvidaron o nunca atesoraron esas tres virtudes, por muy señores capitanes de este barco que se hunde.

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