21 jun. 2012

Último día, con una sonrisa agradecida.



Un año más suena la última campana y las aulas se vuelven a quedar vacías. Los profesores seguimos por aquí organizando informes, evaluando a los alumnos y preparándolo todo para que en septiembre el curso vuelva a empezar; aun así tengo la sensación de que este lugar se convierte en un espacio fantasmal si los chiquillos con su griterío y sus carreras no pueblan estos pasillos infinitos, estrechos y silenciosos.

Este curso ha sido inolvidable para mí: he perdido a uno de mis alumnos, alguien excepcional y cuyo recuerdo seguirá siempre conmigo. Me quedo con sus abrazos cuando, ya enfermo, luchaba por salir adelante con una fuerza y una positividad que serán un ejemplo en mi vida. Este sentimiento no se puede describir con palabras, aunque, si tuviera que hacerlo, lo cifraría en algo parecido a un conglomerado de rabia y tristeza: llevo muy mal su ausencia porque en general no me entiendo con la muerte, mucho menos si ese nombre solo cuenta con catorce años.

Pero estos nueve meses, personalmente, también me han transmitido una esperanza ciega en el porvenir, porque muchísimos de mis alumnos han demostrado ser no sólo excelentes académicamente hablando, sino también personas de gran valía, es decir, buena gente. Me llevo las manos llenas de comportamientos generosos, de esfuerzo altruista, de trabajo en equipo para que el laborioso proyecto en el que los embarqué saliese adelante. Me quedo con el espíritu crítico de muchos de ellos ante temas que deberían movilizarnos a todos como la destrucción del único planeta que conocemos habitable o la situación de la mujer en muchas partes del mundo. Es precisamente ahora, que a los profesores se nos tacha de vagos y acomodados funcionarios, cuando más hemos de trabajar para promover en nuestros alumnos una actitud crítica ante la manipulación publicitaria. Es justo ahora cuando nuestra lucha ha de consistir en suscitar en ellos una respuesta categórica ante los discursos demagógicos a los que estamos sometidos. No podemos claudicar, ni dejar que tanto comentario desafortunado repercuta en los más débiles: estos muchachos que vienen a este instituto ahora solitario a recibir la educación que será su maleta del mañana. Y he sabido también que si logramos hacerles sentir que esa actitud generosa y de respeto que han demostrado tener es la que ha de dirigir sus vidas, entonces, este asco de mundo que estamos generando sin más valores que los de los billetes, cambiará y será un poquito mejor gracias a ellos. Basta esperar unos años. Por último me quedo con las palabras de uno de ellos, antes de irse volando hacia sus vacaciones, al decirme que él se queda con todo lo que ha aprendido pero sobre todo con mi sonrisa, que no olvidará nunca. A todos los que no miran más que sus indemnizaciones millonarias yo les dejaría sentir unos minutos la enorme satisfacción de un reconocimiento así, tal vez de esa forma recordasen qué es lo verdaderamente importante en la vida, si es que alguna vez lo supieron.

No hay comentarios: