20 jul. 2012

El sabor del melocotón


Nunca he sido una amante de la fruta, principalmente porque albergo una manía que abarca hasta donde tengo uso de razón: una vez pelado el fruto, se me cae al suelo. Sucede así en el ochenta por ciento de los casos. Dicen que es algo que he heredado de mi tío. Esto, poco a poco, me ha ido llevando a abandonar ese placer jugoso de la naranja o de algunas otras piezas que necesitan el cuchillo de por medio, a no ser que algún alma caritativa y cercana haga el trabajo por mí.
Sin embargo, hay una fruta que no puedo abandonar: el melocotón. No es por el sabor, ni por el color, ni por el aroma, ni por la textura; es por algo que va mucho más allá de la riqueza de sus matices: es una emoción difícil de explicar. Para mí el melocotón significa la figura del padre, porque él, mi padre, gobierna felizmente un huerto donde impone sus propias normas de aguas y abonos, donde pasea sus solitarios pasos cada mañana y cada tarde recorriendo las ramas de los árboles que por esta época dan ese fruto. Ese terreno es su universo, su mundo, su sabiduría, su sonido –el canto del aire libre –, la arcadia que lleva su nombre y la de sus ancestros, el paraíso que cada día respira.
A veces los objetos van mucho más allá de lo que representan, significan más de lo que señalan: esta fruta es para mí una caricia de ese hombre que ha dedicado toda su intuición y sus largas horas de silencio contemplativo al cuidado del verdor de sus árboles, al manejo de la tierra y de las raíces.
Cuando contemplo una fuente de estos deliciosos frutos, grandes, sabrosos, con un dulzor cercano al anís, siento que es él quien me regala cada mordisco de vida, cada sabor azucarado que el verano y el calor me ponen en el borde de los labios, cada caricia aterciopelada que su mano de padre, ya adentrado en una incipiente vejez, me brinda. E inevitablemente esos melocotones son su mirada, el día a día, el cantar de la chicharra al abrir la ventana de la casa que preside la higuera, el frío del invierno con las ramas desnudas, el sol de la primavera con una inundación de flores rosas.
Hace poco vi El sabor de las cerezas, una magnífica película de Abbas Kiarostami. En ella, el protagonista se disponía a suicidarse. Para ello se aleja de su hogar y se va a un huerto de cerezos, allí se sube a uno y antes de ahorcarse decide comer de esos frutos. Su sabor le hace sentir la belleza de la vida por el sol que cada mañana sale, por el amor de la gente a la que quiere, por cada sueño, por cada abrazo, por cientos de motivos. Así que cambia de opinión: llena un cesto de cerezas y se lo lleva a su esposa para el desayuno. Así, para mí, El sabor del melocotón.

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