13 dic. 2012

Yo de pequeña

La idea nace de mi amiga Milvia, quien en su blog (AQUÍ) lanza un guante al aire preguntando a sus lectores qué rememoran de la infancia. En un primer momento quise responderle en italiano, pero mi nivel (desnivel a estas alturas) me impidió expresar las sensaciones, los colores, el aire. Así que me pasé al español, y esta es la pequeña brizna de aquella infancia perdida.  

   [Yo, fascinada por tener el honor de conocer a sus majestades de Oriente]

*   *   *
 
     Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Así rezaba junto a mi madre cada noche antes de abandonarme al sueño, que tardaba en llegar porque me asustaba la oscuridad. No recuerdo cuándo dejé de recibir a mi madre y al niño Jesús en mi cama por las noches, no sé cuándo abandoné la costumbre de llamarme a mí misma niña y de entregar el corazón a ese alguien que siempre estaba ausente.

    Léeme lo que pone, me decía una vecina de mi abuela que se llamaba Isabel y con quien me gustaba pasar las horas mientras observaba el minucioso bordado que tejía en la tela de su bastidor: los colores iban dibujando formas imprecisas, pero conforme pasaban las tardes, brotaban las flores y sus formas, los cestos contenían frutas, y, en definitiva, el mundo, de forma mágica, aparecía bajo las líneas de sus hilos. Tarde tras tarde llamaba a su puerta azul, atravesaba el camino estrecho flanqueado por rosales que llevaba hasta el porche de su casa y, como una aparición, allí estaba ella, sentada frente a una mesa con sus hilos, agujas, colores, y muchas revistas. Léeme lo que pone, me decía siempre aquella anciana Isabel, apodada “del Guarda” (en los pueblos todos tenemos apodos), que vestía luto riguroso por la muerte de su esposo, guardia forestal, muchos años atrás. Me sentaba frente a ella y pasaba páginas, y así comencé a leer lo que no sabía leer porque aún no iba al colegio. Veía fotos e inventaba las historias de esa gente, y le contaba las cosas que sucedían, y la miraba, y el tiempo no discurría entre los dedos como ahora se me escapa. Entonces todo era un transcurrir suspendido en la rueca que no gira, en el hilo irrompible de la infancia inconsciente.

    No remuevas más la lumbre y deja los palicos quietos, solía decirme mi madre desde la cocina. Yo dejaba las tenazas (siempre fui obediente), pero a los pocos minutos las volvía a tomar en las manos inocentes para atizar de nuevo las ascuas porque quería ver cómo saltaban las chispas del fuego. Así pasaba horas, horas, horas. Me sentaba en mi silla pequeña roja y blanca, y el mundo entero discurría entre aquella chimenea y mi imaginación: princesas y príncipes construían su refugio dentro de una cabaña hecha de pequeños palos, pero la amenaza del fuego cercano hacía que huyesen, y volaban en forma de pequeñas chispas hacia otros paraísos que estaban más allá del largo túnel negro. Y siempre se esfumaban, y nunca los retuve.

    Cómete ya el pan, pero yo no tenía hambre. Así que mi abuela me cogía de la mano, me sentaba sobre sus rodillas y me daba con paciencia, sopa a sopa, aquella tostada de miel o unas onzas de chocolate con la rebanada de pan que ella misma había amasado en el horno de leña. Entreveía en ella gestos llenos de amor y, mientras escuchaba las historias que me iba contando, tragaba poco a poco...

    Cuando somos pequeños todo nos sorprende porque todo sucede por primera vez, y así vamos conformando un bosque futuro, y en los fríos días de invierno en que los árboles se quedan sin hojas, se nos llena de melancolía el recuerdo. No rezo desde hace mucho tiempo (a quienes están por siempre ausentes no quiero concederles la fe en un futuro que no existe), leo todo lo que pone (y ahora sé que la realidad es más mentira que la ficción), no tengo chimenea en mi casa (las historias de príncipes y princesas casi siempre te abrasan), me como el pan (sé que los gestos de mi abuela tienen su tiempo contado porque ahora el reloj amenaza y en aquel entonces no existía). Sin embargo, aún conservo la facultad de sorprenderme; de hecho, no hay día de mi vida en que no me diga, al menos una vez: “No me lo puedo creer”. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Grazie, Isabel carissima! Mi farò tradurre il tuo testo da Alex.
La fotografia è tenerissima e bella.
Un abbraccio.

Milvia

Aure dijo...

Muy emotivo, Isabel. Espero que estés pasando buen tiempo en tu viaje. Y ya sabes: "siempre acabamos llegando a donde nos esperan".

Feliz Navidad, o solsticio de invierno. Un abrazo muy fuerte.
Aurelio.

Isabel Martínez Llorente dijo...

@Milvia: Grazie! Nella fotografia ero piccola, molto piccola. Forse sia questa la belleza della immagine.


@Aurelio: ¡Muchas gracias! Yo he acabado volviendo a casa, de donde nunca me he ido del todo, como digo en mi último post :) Feliz, felicísimo año.