8 jul. 2014

¿Es para aprender?

[Imagen tomada de http://grupoa13.blogspot.com.es/]

Tiene siete años y una sonrisa permanente dibujada en su cara. Sus ojos, curiosos, exploran el mundo buscando respuestas a casi todo, porque casi todo le llama la atención. Tiene la inocencia de la infancia y las distracciones de su tiempo: le gusta ver los dibujos animados, saltar en la cama elástica, jugar con niños de su edad a encontrar tesoros escondidos en el jardín de la casa del campo, cuidar a su hermana pequeña, pasar el tiempo con sus abuelos; por el contrario, no le gusta comer, ni que lo molesten cuando está concentrado en algo. Se llama Gonzalo y fue el primer bebé que llegó a mi familia. Cuando todos esperábamos impacientes verle la carita, él vino a este mundo tranquilo, y con los ojos bien grandes para no perder detalle de la realidad.
Hace unos días le regalé un libro de ortografía atendiendo al requerimiento de su madre, porque resulta que quiere aprender las letras difíciles: la b y la v, la g y la j, la que no suena... Es un cuaderno atractivo para su edad, pero, al fin y al cabo, un cuaderno de trabajo en pleno mes de julio.
Se lo di sin muchas esperanzas de hallar por su parte entusiasmo, habida cuenta de lo que se escondía debajo del papel de regalo. Cuál fue mi sorpresa al escuchar su pregunta: "Prima, ¿es para aprender?". Pensé en décimas de segundo si sería mejor responderle "sí" o "no, es para jugar". Finalmente opté por la primera: mejor que sea consciente de que aprender es una de las mejores formas de divertirse. Reaccionó de inmediato: salió corriendo buscando un lápiz, una goma y algunos otros enseres de escritura. Cuando lo tuvo todo bien dispuesto y ordenado sobre la mesa, abrió cuidadosamente el cuaderno y comenzó a leer en voz alta que hay letras fáciles a, e, i, o, u, y letras difíciles b, v, g, j, x, s... Yo, atónita e invisible para él, me senté a su lado. Mordiéndose la lengua con el típico gesto infantil del niño que se esfuerza para hacerlo lo mejor posible, fue completando palabras, copiando frases, buscando formas escondidas... De vez en cuando levantaba la vista, borraba la letra hecha con mal trazo y la repetía con esfuerzo hasta dejarla perfecta. Entonces me miraba y sonreía buscando mi aprobación.
Así estuvo un buen rato, leyendo y haciendo ejercicios con una fluidez que bien querrían para sí algunos de mis alumnos que le doblan la edad, y el caso es que Gonzalo tiene algo que la mayoría de niños ha dejado atrás: la ilusión por aprender. 
¿Qué hacemos mal los adultos para que desaparezca esa carrera por coger los lápices y sentarse ante el reto de completar páginas?, ¿qué hemos ido haciendo mal quienes los educamos -padres, maestros y profesores- para que prefieran el mundo exterior al mundo interior de los libros?, ¿cuándo empezamos a inculcarles que todo lo que aprenden tiene el fin de aprobar un examen?, ¿cuándo pierden la conciencia de que la mayor recompensa de aprender es, precisamente, la riqueza de aprender?
No lo sé. Pero llevo mascullándolo para mis adentros desde ese día, y no tengo una respuesta. 
Solo sé que por unos minutos me vi a mí misma cuando su abuela (mi tía) me regaló mi primer libro de cuentos, Fábulas de La Fontaine, y me levanté de la mesa corriendo para irme a un rincón a leer sin que nadie me molestase. Me vi ordenando los lápices, repasando las letras hasta conseguir el trazo perfecto como él estaba haciendo, sonriendo por haber pasado la página, ilusionada por todas las páginas que me quedaban por delante. Y sentí orgullo de una personita tan pequeña y tan grande al mismo tiempo. 
Ojalá nunca pierda esa ilusión, por más que los adultos nos empeñemos, sin saber bien cómo, en aniquilársela. 
Mientras tanto, los dibujos animados, ajenos a la aventura de las letras, aparecían en la pantalla de plasma y continuaban con sus peripecias, solitarios.

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