22 oct. 2015

Hoy

Que el día amaneció cargado de optimismo, quiero lanzar un poco de luz a mis halos. 
Me despertó mi hijo Darío muy temprano dándome un mar de besos, parecía saber que hoy cumplo un año más. La mañana me ha deparado desde ese momento gratas sorpresas, entre otras el afecto impagable de unas cuantas personas a las que estimo. 

Hace solo dos días que la vida me dio una lección: asistí a la escena más terrible de cuantas he vivido hasta ahora. Y a lo largo de esa mañana en la que contemplé cómo el horror llenaba mi avenida de muerte y un largo silencio que estremecía el alma más que el estruendo de la tragedia, fui dándome cuenta de que la lección está clara: hay que vivir, con mayúsculas, aspirar cada rincón de aire, no pensar demasiado en qué hubiera podido ser ni en qué se es, sino estar en el aquí y el ahora, extraer lo mejor de uno mismo para ofrecérselo a los demás. El resto es poco importante: las necedades cotidianas, las frustraciones o quimeras hay que barrerlas hacia otro lado. No tiene sentido anclarse en ellas. 

Hoy cumplo 36 años, y vivo. Vivo la vida que he elegido: tengo un hijo maravilloso que cumplió un año un día muy especial, el 21 de septiembre; tengo un marido que me regala la Literatura en su propia persona; conservo unos pocos amigos que son un abanico de tonos azules que me reconcilia con el día a día (hoy mismo, Iñaki me ha regalado la primera edición de Campos de Níjar, un tesoro...). Sigo conservando la ilusión por enseñar (y dentro de unas semanas defenderé esa ilusión delante de un tribunal en forma de Tesis Doctoral), tengo una familia estupenda y en lo más recóndito de mí misma, incluso en los días grises, conservo mi sonrisa.

Nada más, y nada menos. Solo una rendija de luz por mi ventana al mundo, ahora bastante descuidada, pero nunca olvidada.




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