8 jul. 2011

Días de calma


He comenzado las vacaciones veraniegas con una avidez de lectura más intensa de lo habitual, supongo que motivada por el hecho de no haber tenido el tiempo necesario en el transcurso del año académico, ya que me he ido ocupando del blog dedicado a “Elefante viajero. Homenaje a José Saramago”, que ha sido uno de los trabajos más enriquecedores a nivel educativo que he hecho hasta ahora. Ese blog y ese viaje me han llevado muchas horas transcurridas con la ilusión de ver que los muchachos aprendían y que los objetivos no sólo se alcanzaban, sino que se superaban. Ha sido una experiencia a nivel profesional tan intensa que he derrochado el tiempo y la energía en ella: tuvo como fruto el agradecimiento de todos, que se tradujo en palabras, un infinito cesto de rosas y una postal que guardo con todo mi cariño y cuyo título reza “Eres la pera”. Es impagable esta satisfacción personal del trabajo hecho con cariño.

Ahora toca desconectar y he leído en apenas un par de semanas poesía, Misteriosamente feliz, de Joan Margarit; una lectura imprescindible, El túnel, de Ernesto Sabato (como homenaje a su reciente fallecimiento); una novela sobrecogedora, La palabra más hermosa, de Margaret Mazzantini; y, por último (por ahora), me encuentro enfrascada en Memorial del convento, de José Saramago.

¡Qué suerte tenemos quienes amamos la lectura! Confieso que estoy disfrutando como una chiquilla: M. Mazzantini me ha vuelto a conmover como ya lo hiciera con No te muevas. Es una escritora que narra con toda suerte de precisión los sentimientos más intensos del alma humana. En La palabra más hermosa erige como protagonista la guerra que asola a los Balcanes, y se centra en la ciudad de Sarajevo. No se puede decir así, en pocas líneas, la fatalidad que arrastran los personajes que se ven envueltos en un conflicto bélico que ni desean ni apoyan, cómo se frustran las esperanzas de todos, cómo se amputan sueños e ilusiones, cómo se arranca la vida en el proceso de animalización que define a los francotiradores, sean éstos del bando que sean. La tragedia se ve amplificada por la voz de la protagonista, incapaz de engendrar un hijo. Esta imposibilidad de la mujer de realizarse como madre es el eje que nos lleva al territorio del pasado (Sarajevo) y que se contextualiza en un presente, acaso resignado. Seguiré la trayectoria de esta escritora y actriz italiana. Me gusta.

De Joan Margarit… me han cautivado algunos poemas, otros no demasiado. El cierre es redondo y sólo en la última composición se justifican todos los versos anteriores.

Con El túnel he llegado a comprender la obsesión, y casi me he obsesionado tanto como el protagonista: ¿hasta qué punto matan los celos? Es ésta una obra absolutamente maestra, hasta el final. Una lectura que volveré a hacer pasados unos años.

De Saramago, ¡qué decir a estas alturas! Ya hablaré de él cuando finalice esta aventura de Memorial del convento; mientras tanto dejo un fragmento de la obra, ahora que es tiempo taurino y que todos deberíamos alzar la voz para proteger los derechos de los animales. Particularmente, no encuentro gracia ninguna en el maltrato animal, sean toros (y que nadie se ampare en la tradición cultural, no me sirve), sea el animal que sea. Son seres vivos, y para mí es eso lo que cuenta. Habla Saramago:

“(…) se le sube a la cabeza la sangre que ve derramarse, las fuentes abiertas en los flancos de los toros, manando la muerte viva que hace rodar la cabeza, pero la imagen que se fija y desorbita los ojos es la cabeza raída de un toro, la boca abierta, la lengua gruesa colgando, que no segará ya, áspera, la hierba de los campos, o sólo los pastos de humo del otro mundo de los toros, cómo podríamos saber si infierno o paraíso. Paraíso será si hay justicia, no puede haber infierno después de lo que sufren éstos, (…) y por las dos puntas les allegan fuego, y entonces empieza la manta a arder, y estallan los cohetes, por mucho tiempo uno tras otro restallando, estallan y resplandecen por toda la plaza, es como asar el toro en vida, y así va el animal corriendo la plaza, loco y furioso, saltando y bramando, mientras Don Juan V y su pueblo aplauden la mísera muerte, que el toro ni siquiera se puede defender o morir matando. Huele a carne quemada, pero es un olor que no ofende a estas narices (…)”.


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