14 sept. 2011

Eres como dios

Hay un episodio en Crimen y castigo donde Raskólnikov sueña la muerte de un jamelgo a manos de su dueño enajenado (Mikolka) y de los hombretones borrachos que lo acompañan. El pobre animal que Dostoievski llama jaquilla con ese diminutivo tan eficaz ante la barbarie, muere en un episodio cruel y sangriento tras ser la diana de los látigos de los hombres que quieren matarlo por simple diversión. El animal se resiste a morir, la jaquilla no puede soportar tanto golpe y, en su impotencia, se pone a cocear (...) Parece mentira que un pobre animal tan mal parado sea todavía capaz de cocear. Entonces, la rabia de los presentes se agudiza, o la animalidad del ser humano se recrudece:

Dos mocetones del grupo se agencian sendos látigos y corren a fustigarla cada uno por el costado.

- ¡En el hocico! ¡Atizadle en los ojos! ¡En los ojos!- grita Mikolka.

(...)

-¡Así te...! -chilla Mikolka furioso. Tira el látigo, se agacha y saca del fondo de la carreta una vara larga y gruesa, la agarra con ambas manos por un extremo y la enarbola sobre la jaca.

- ¡La desloma!- gritan entorno.

- ¡La va a matar!

- ¡Es mía! -ruge Mikolka, y descarga el palo con todas sus fuerzas. Se escucha un golpe tremendo.

Mikolka enarbola de nuevo la vara y otro golpe descarga con tremenda fuerza sobre el lomo del pobre jamelgo, que cede sobre los cuartos traseros, pero se endereza y tira, tira con sus últimas fuerzas hacia un lado y otro para que arranque la carreta. Pero seis látigos la acosan desde todas partes mientras el palo se alza y cae por tercera vez y por cuarta, acompasadamente, con todo impulso. Mikolka está furioso porque no ha podido matarla de un solo golpe.

- ¡Dale con un hacha! ¡Hay que terminar de una vez!- grita otro.

- Pero ¡maldita sea...! ¡Apartaos!- chilla frenéticamente Mikolka, arroja la vara, se agacha de nuevo y saca de la carreta una barra de hierro-. ¡Cuidado!- y le atiza con todo su impulso al pobre animal. Descarga el golpe: la yegua se tambalea, cede de los cuartos traseros, intenta tirar de la carreta, pero la barra de hierro cae nuevamente con fuerza sobre su lomo y entonces de desploma como si le hubieran segado las cuatro patas de un golpe.

- ¡A rematarla!- ruge Mikolka y, fuera de sí, salta del carro. Unos cuantos mozos, congestionados y borrachos también, agarran lo que encuentran a mano -látigos, palos, la vara- y pegan a la yegua moribunda. Mikolka, a un lado, le descarga la barra al voleo sobre el lomo. La yegua estira el hocico, exhala un suspiro doloroso y muere.

Lo que acabamos de leer es el episodio de una novela de 1867, y es, además, el sueño de un personaje. Lo que leo en esta noticia de El País (aquí) es lo que ocurrió ayer, mientras un desalmado que se podría llamar Mikolka pero que tiene DNI y 26 años acaba con un toro, mientras un coro de desalmados jalean sus embistes con la lanza y contribuyen con las suyas (se utilizan incluso destornilladores). El individuo, por llamarlo de alguna forma, tiene el honor de haber matado ya a dos animales. Tras la hazaña se llevó el rabo del toro, que a saber si se lo cortan cuando aún está agonizante, para secarlo con sal y conservarlo como trofeo.

Lo que fue fabulación en la mente de Dostoievski es realidad en un pueblo de España que se jacta de tener una tradición así y que se remonta a la época de Pedro I, apodado, como todos sabemos “El Cruel”. A veces la realidad supera la ficción, y es significativo que quien dio muerte al animal confiese sentirse “como Cristiano Ronaldo, eres como dios”. ¡Qué espíritu tan pobre ha de tener una persona para necesitar sentirse como un dios! ¡Qué crueldad ha de albergar un corazón para ser tan descarnado y sentirse orgulloso de ello! ¡Qué animal endiosado! Recordemos que esto sucede en una fiesta declarada de Interés Turístico Nacional; en resumen, una vergüenza más de las que definen este país.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No voy a insistir en la vergüenza que puede uno sentir ante espectáculos tan inhumanos como el que refieres; y lo peor es que quienes legitiman esta "fiesta" lo hacen amparándose en la tradición, lo cual podría servir para resucitar las luchas entre fieras y gladiadores.
Lo que sí me apetece compartir es que esa escena de "Crimen y castigo", según se ha dicho, pudo brillar como un señuelo en la mente enajenada de Nietzsche cuando abrazó a un caballo en una plaza céntrica de Turín, de modo que su locura imitó a la ficción de Dostoievski.

Sherpa