10 ene. 2012

"Sauce ciego, mujer dormida", Haruki Murakami


La obra es una colección de veinticuatro cuentos en los que fascina al lector el extrañamiento del que parte la historia y la sutileza con la que se resuelven los conflictos de los personajes. Al hablar de sutileza quiero, en realidad, aludir al estilo depurado y elegante que define los comportamientos de los personajes ante una situación inesperada. La línea de unión de casi la totalidad de los relatos podría ser la de la aceptación de ciertas realidades que extralimitan los confines de lo habitual. Se trata de una especie de “realismo mágico” (entendido como la incursión de lo fantástico dentro de la cotidianeidad) pero que en Murakami cobra una paz inusitada, algo innovador si lo comparamos con la tradición cuentística hispanoamericana. En Sauce ciego, mujer dormida se aprecia un acercamiento a la cultura zen: el valor del silencio, de la contemplación, del proceso sin esperar la meta, de la casualidad, de lo imprevisto como una parte más de lo que podría denominarse “normal”.

He aprendido de los personajes de Murakami mucho más de lo que incluso ahora soy capaz de calibrar: la mujer que se sienta cada día a contemplar las olas que se han tragado a su hijo, los cuervos que destruyen todo aquello que no sea exactamente lo que esperan encontrar, el vacío que cobra entidad propia cuando alguien desaparece del lugar que previamente habitaba, lo inasible, la incomunicación, el miedo, el destino…

Tenía este libro desde hace años y había esperado un momento adecuado para acercarme a él con la calma que precisan las lecturas que tú sabes que te aguardan, esas lecturas que esperan ser acariciadas para que les devuelvas algo que te entregaron ya, previo incluso al momento de la lectura: diría que son lecturas con amor.

Para finalizar, quiero transcribir algunas citas que ya están convenientemente subrayadas y cuyas páginas quedan dobladas por la esquina inferior (en una entrada anterior expliqué este sistema mío), y que son un indicio de cuanto pretendo transmitir:

“Un número significativo de fenómenos curiosos han dado una nota de color a mi modesta vida. ¿Me he puesto por ello a analizarlos activamente? No. Me he limitado a tomarlos tal cual venían y a seguir viviendo con completa normalidad”. Viajero por azar.

“- Si te encuentras con que tienes que elegir entre una cosa que tiene forma y otra que no la tiene, elige siempre la que no la tiene. Ésta es mi norma. Siempre que he chocado contra un muro la he seguido, y creo que a la larga me ha dado buenos resultados. Aunque haya sido duro en el momento de aplicarla”. Viajero por azar.

“Aún después de que la luciérnaga hubiera desaparecido, el rastro de su luz permaneció largo tiempo en mi interior. Aquella pequeña llama, semejante a un alma que hubiese perdido su destino, siguió errando eternamente en la densa oscuridad de mis ojos cerrados. Alargué la mano repetidas veces hacia esa oscuridad. Pero no pude tocarla. Aquella tenue luz quedaba siempre más allá de las yemas de mis dedos”. La luciérnaga.

“A veces entraba en aquella habitación y permanecía allí, distraído, sin hacer nada. Durante una o dos horas se quedaba sentado en el suelo, con la vista clavada en las paredes vacías. Allí estaban las sombras de las sombras de la muerta. Sin embargo, con el paso del tiempo dejó de poder recordar lo que antes había en el cuarto. El recuerdo de aquellos colores y olores se fue borrando. Incluso la emoción tan viva que un día lo embargó reculó fuera del reino de la memoria, como si se hubiera acobardado. Los recuerdos fueron cambiando de forma despacio, como la neblina agitada por el viento, y cada vez que cambiaban de forma iban palideciendo un poco más. Ahora eran ya las sombras de las sombras de las sombras. Lo único que aún podía percibir era la sensación de pérdida dejada por algo que había existido. A veces ni siquiera lograba recordar con claridad el rostro de su esposa”. Toni Takitani.

“- ¿Sabes, Junpei? En este mundo, todas las cosas tienen sus propios designios- le dijo en voz baja, como si le hiciera una confesión. Junpei estaba medio dormido. No pudo responder. Las frases que ella pronunciaba perdían su estructura en el aire y, mezcladas con el aroma del vino, alcanzaban furtivamente los recovecos de su conciencia-. El viento, por ejemplo, tiene su voluntad. Nosotros vivimos sin darnos cuenta de ello. Pero, a veces, nos vemos obligados a advertirlo. El viento te envuelve impelido por sus propios propósitos y te sacude. El viento conoce todo cuanto hay en tu interior. Y no sólo el viento. Todas las cosas. Incluso las piedras. Ellas nos conocen muy bien. De arriba abajo. En ciertas ocasiones, nosotros lo recordamos. No tenemos otra solución que convivir con todo ello. Y, al aceptarlos, sobrevivimos y ganamos en profundidad”. La piedra con forma de riñón que se desplaza día tras día.

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