11 oct. 2012

Carlos del Amor en un minuto veinte

Hace unos días asistí durante una hora y media a la conferencia de un chico de mi edad cuya voz es conocida por todos los que vemos el telediario de la Uno, esperando a que suenen los minutos finales, los de cultura, es decir, atentos a lo que él -Carlos del Amor- nos haya seleccionado para ese día. 
Confieso que tuve la tentación, horas antes, de no ir (de hecho, hube de rechazar un agradable café para asistir al evento): a veces sucede que cuando uno escucha de cerca a alguien que hasta ese momento le había despertado interés, se da cuenta de que la persona dista mucho de ser lo que se había imaginado. Sin embargo, este periodista, además de presentarse como los más grandes (es decir, con humildad), supo estar a la altura de cada una de las preguntas a las que fue respondiendo, incluso a las más comprometidas. La valía de su trabajo traza una línea directa con la emoción, con la poesía, y se puede observar en cada una de sus piezas. Solo desde la honestidad de saberse pequeño es como uno se hace grande, a la altura de la sugerencia que imprime a su minuto veinte de cada día, de casi todos los días. Es una suerte que un noticiario cierre su espacio lleno de catástrofes humanas y éticas con una brizna de belleza: la que su mirada nos regala. Dijo algunas cosas que apunté en ese cuaderno que siempre va conmigo, pero dejaré escrita aquí una que se me incrustó en la memoria: 

"La imaginación es lo único que no cotiza en bolsa".




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