26 sept. 2013

El hueco

 El sábado pasado volví, tras muchos meses, a la casa del pueblo de mis padres. Pasados unos minutos sentí un acceso de nostalgia que me llevó directamente a mi habitación: allí está la cama, intacta, con su pañuelo juvenil colgando del cabecero y el delfín azul en medio de esta; al lado, muy cerca, la cama de mi hermana, vacía. Sentí que más que el vacío predominaba el hueco de la ausencia. Volví a acariciar los libros que aún presiden la mesita de noche (he vuelto a comprar algunos de ellos para no moverlos de ahí, de donde deben estar); abrí los cajones, destapé la colcha para tocar la almohada, con el tacto igual que siempre, con la blandura acostumbrada. Ese rincón de mi vida me ha visto muchas horas despierta, aunque sería más correcto decir “soñando despierta”.
Al marcharme, fotografié la luna que presidía la silueta de la parte antigua del pueblo, con una plaza en lo alto que preside el mapa de mis recuerdos. Por unas horas fui consciente de todo lo que fue y también de aquello que no fue, de lo que el tiempo tejió entre sus hilos y ya no es más que materia de melancolía. Y así es como el sábado fui quien siempre he sido: quien sueña, quien llora, quien ama, quien recuerda, quien vive. Es la magdalena de Proust, es el olor a las almendras amargas de García Márquez; es el fino hilo que tira de la memoria para restaurar el éxtasis de otros tiempos. En el fondo, tal vez, no seamos más que memoria amarilla. 

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