16 sept. 2013

¡Tierra, tierra!




Oler, tocar, saborear la Tierra, sus frutas y sus carnes, saciarme de olores y colores, ver los océanos y sus orillas lejanas, donde habitan hombres salvajes (…). Ver las orillas movedizas de la Vida, única e indescifrable, ver los cuatro puntos cardinales. Ver lo que vio el joven marinero desde el puesto de vigía de la carabela de Colón cuando, al alba, se puso a gritar, con voz ronca y excitada: ¡Tierra! ¡Tierra!... A lo mejor ese marinero vive eternamente dentro de todos nosotros, en cada ser humano, sólo que a veces se queda dormido en su puesto.
Sándor Márai, ¡Tierra, tierra!


Es una pena que la novela de Márai llegase a mis manos justo al regreso de mi viaje a Budapest, aun así la leí con auténtica emoción después de saber que su autor no volvió jamás a su patria después de 1948, y que solo evocaba los sabores de esta a través de la lengua húngara.
Este y otros muchos pensamientos acudieron a mí como una lluvia sin tamiz ayer por la tarde cuando terminaba la labor de jardinería que mi minúsculo balcón me permite: transplantar un par de plantas a tiestos más grandes.
Este simple gesto fue suficiente para convencerme de que el contacto con la materia hace que esta hable, porque cada material tiene su lenguaje que se traduce en textura, olor, densidad, color…: al hundir los dedos en la tierra, al enterrar las raíces de las plantas en ella, sentí que volvía a saborear el anhelo del viaje expedicionario, el olor a la literatura telúrica (Rebeca, esa niña que come tierra en Cien años de soledad; el territorio de Luvina de Juan Rulfo…), el juego de la infancia mezclando este elemento con agua, la encina de cinco centurias que flanquea la casa de campo de mis bisabuelos, mi propio arraigo a la tierra...
Así que, a veces, una labor que pudiera parecer “simple”, hace que uno hable con el mundo: no hacen falta grandes conversaciones, basta con escuchar la Naturaleza para darse cuenta de que la tierra también tiene un lenguaje propio, aunque para escucharlo haya que estar despierto. Conviene echarse al mar de cuando en cuando para poder regresar con los oídos abiertos.

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