1 may. 2014

Gabriel García Márquez y el silencio

¿La lectura, acto de comunicación? ¡Otra graciosa broma de los comentaristas! Lo que leemos, lo callamos. Las más de las veces conservamos el placer del libro leído en el secreto de nuestra celosía. Bien porque no vemos en él nada que decir, bien porque, antes de poder decir una palabra, tenemos que dejar que el tiempo efectúe su delicioso trabajo de destilación. Ese silencio es la garantía de nuestra intimidad. El libro ha sido leído pero nosotros todavía seguimos en él. 

Daniel Pennac, Como una novela.

La certeza de esa intimidad nunca revelada es la que esta mañana me lleva a teclear estas letras: en silencio vengo asumiendo que García Márquez no publicará más libros. A él le debo infinidad de emociones, algunas seguiré silenciándolas; otras las quiero decir aquí. La primera vez que tuve un "libro de mayores" entre mis manos seguramente rondaba los once años. En la casa de campo de mis padres (por entonces de mis abuelos) había una caja donde mi tío había dejado diversos trastos, algunos cuadernos y un libro con una portada de la que manaba una fuente de sangre muy roja sobre fondo beige. En letras también rojas y redondeadas se podía leer Crónica de una muerte anunciada y el, para entonces desconocido en mi fuero interno, nombre de su autor. Guardé ese libro y por las noches, cuando mis padres me obligaban a apagar la luz para dormir, yo sacaba de mi mesilla (celosamente guardada) una linterna que había obtenido como útil necesario de una acampada, la primera de mi vida, con el colegio, en la Sierra de la Puerta (Moratalla). Aquella linterna amarilla se escondía conmigo bajo las mantas y alumbraba a Santiago Nasar ajeno a su destino recorriendo las calles, a los hermanos Vicario con sus cuchillos envueltos en papel de periódico para matarlo. Y recuerdo bien que no terminé de leerla porque pensé: uno, ya sé el final; dos, ¿por qué nadie impide que maten a este señor? Y mi mente infantil no quiso seguir leyendo la historia de un crimen ya anunciado; así que volví a otro pequeño tesoro de aquella época hallado en el mismo lugar y en la misma caja perteneciente a mi tío: Corazón: diario de un niño, de E. de Amicis. Seguí felizmente con las vivencias de Enrique y para los días menos afortunados de mi corta existencia me reservaba el placer de leer "el cuento mensual" que la obra inserta al final de cada mes; eso me alegraba y sabía que, con toda seguridad, por desafortunados que fuesen los hechos, siempre tenía ahí un cuento esperándome.

García Márquez no volvió a aparecer en mi vida hasta algunos años después: no recuerdo cómo cayó en mis manos El amor en los tiempos del cólera. Era una edición barata, de pasta blanda. Y era un verano caluroso. Tenía diecisiete años. Ya me había enamorado unas cuantas veces, y había soñado con amores imposibles en figuras de cantantes de moda o de chicos populares que no reparaban en alguien como yo: delgada, tímida... De forma que cuando llegué a las últimas páginas de la novela me encerré en el salón del piso superior de mi casa  para que nadie  me interrumpiese, y leí con absoluto fervor, como cuando se quiere inspirar cada sonido:

Florentino Ariza lo escuchó sin pestañear. Luego miró por las ventanas el círculo completo del cuadrante de la rosa náutica, el horizonte nítido, el cielo de diciembre sin una sola nube, las aguas navegables hasta siempre, y dijo: 
- Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.
Fermina Daza se estremeció, porque reconoció la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vio porque estaba anonadado por el tremendo poder de la inspiración de Florentino Ariza. 
- ¿Lo dice en serio?- le preguntó.
- Desde que nací- dijo Florentino Ariza-, no he dicho una sola cosa que no sea en serio.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de un escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.
- ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?- le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
- Toda la vida- dijo.

Leí en aquel sillón marrón este final mientras la tarde caía, mis padres volvían a casa y merodeaban por el pasillo con su trajín cotidiano, el calor pasaba y en mi mundo, el de Fermina y Florentino, ya se había instalado la esperanza de un amor posible que siempre pareció imposible. Fue la primera vez que lloré leyendo un libro, que la emoción de las palabras iba más allá de lo tangible. Y supe para siempre algo que aún hoy mantengo: la vida no tiene límites. Después, en una noche de un año de finales de julio, habría de recordar este final, y este libro, en mi primera discusión literaria en serio: había que decidirse entre Borges o García Márquez, entre perros y gatos, entre la realidad o la ficción de un mundo inventado. Nunca se llegó a una postura común, pero aún hoy, cuando huelo alguna almendra amarga, me asalta la duda de si Borges o García Márquez, y sé que ni perros ni gatos, y escucho esta novela, y paseo por sus páginas, y rememoro otras citas de García Márquez como aquel brindis de El avión de la bella durmiente: "A tu salud, bella", y sé que su literatura, igual que aquel viejo libro de edición barata subrayado con color amarillo, igual que el olor, la tierra y el destino del pueblecito portuario del Caribe, que es, en definitiva, el pueblo de cada hombre, me seguirán acompañando hasta el final. 

García Márquez supuso para mí el descubrimiento de la Literatura con mayúsculas. 
Quería escribir sobre él, podría decir muchas más cosas que no digo porque aún me apetece guardarlas en la pertenencia del silencio de la que habla Pennac en la cita inicial de este post, y quería dejar constancia de que, en parte, cómo soy hoy, es también forja moldeada de la verdad de sus mundos de ficción, tan reales que parecen mágicos. Gracias por tanto, Gabo. 




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