18 dic 2017

La descripción

Hace unas semanas que algunos profesores venimos preparando un taller de escritura con nuestros alumnos a propósito de la visita de Manuel Madrid, periodista de La Verdad y escritor de crónicas de viajes (Amarás América y Caladas de Cuba). 
La intención es que los muchachos aprendan a observar y a contar... Yendo un paso más allá, a mis grupos les pedí que se mirasen a sí mismos, que definiesen quiénes son hoy y por qué, qué recuerdo les ha marcado de alguna forma especial. Como ejemplo, fui yo quien inició la actividad. Y esto fue lo que les escribí de mí misma. Al finalizar la lectura, me miraban en silencio. Fuimos conscientes de haber compartido un retazo de verdad. Así, sus composiciones, han sido, igualmente, honestas.


¡Quién soy yo! Todos somos uno y muchos al mismo tiempo; no obstante, al hablar de rasgos esenciales es inevitable pensar en ellos: en mis padres. No sé bien qué tengo de cada uno, pero sí que si hoy estoy aquí es porque de alguna forma en mi esencia me forjaron como una persona fuerte, independiente, que se vale por sí misma, con espíritu de superación siempre, con energía positiva ante las adversidades, con una sonrisa por bandera y con una obstinación por hacer las cosas bien que, en ocasiones, se torna un defecto más que una virtud. Últimamente, de hecho, estoy aprendiendo a perdonarme.
Nunca he sabido de dónde me nace esta afición a las palabras ordenadas que dan vuelo a los sentimientos y anhelos, esta pasión por leer y escribir que me lleva a pasar las noches en vela cuando la musa danza a mi alrededor; tampoco sabría cifrar de dónde surge mi afición al viaje, a subir volando a las nubes para aterrizar en una realidad diferente que me deja en suspensión. Oler otros colores, saborear otros idiomas, llenarme la vista de mundos que no son el que rige mis días y mis noches me hacen ser más persona, más humana, más relativa, más ínfima, y al mismo tiempo, expandirme.
Nunca lo sabré, pero entre mis recuerdos vagan imágenes de una niña con apenas diez años leyendo con una linterna debajo de las mantas, escondida, porque no se podía leer tan tarde según criterio de mis padres, ya que había que despertarse temprano para ir al colegio. Era una linterna amarilla y transcurrían las aventuras de aquel niño que vivía en una época de guerra. De esa otra faceta mía que hoy me define, el viaje, no recuerdo nada especial en mi infancia, puesto que no he tenido una familia viajera; pero sí cómo inventaba mis viajes a paraísos exóticos moviendo las ascuas de la lumbre que siempre chirriaba en los fríos inviernos de mi pueblo en el centro del salón de mi casa de niña. Allí viajé a castillos encantados donde vivían las princesas de los cuentos que aún no sabía comprender del todo; allí luché con monstruos y demonios y conocí a todos los príncipes azules y verdes y negros, allí descubrí la luna.
Hoy, soy quien soy gracias a que tuve unos padres que supieron respetar el poderoso lugar de mi imaginación; que no me lo dieron todo para que pudiera tener deseos; que me alentaron, pero nunca hicieron el camino por mí; que me enseñaron a ser honesta, constante y a vivir con ilusión cada día.

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