21 mar. 2011

El huerto que todo padre habita


He leído estos días Cuanto quise decir, obra en la que Ginés Aniorte hace una compilación de su poesía desde 1990 hasta el año 2000. He anotado muchos versos, he guardado en mi cuaderno algunos de sus poemas para tenerlos siempre a mano y no olvidar, como solemos hacer los mortales, que la dicha del instante es el corazón del alma, que el fluir temporal trasciende al presente fugitivo, que el impulso del amor siembra la esperanza y la alegría, que la hermosura del mar o el sabor de los viajes nos hacen, también, ser quienes somos.

Había leído de Ginés su obra Nosotros. En realidad, esa fue la primera vez que cayeron en mis manos sus versos y he de confesar que me quedé navegando horas en la arquitectura precisa y armónica de sus poemas; no en vano lo leí en voz alta a la orilla del mar de Cabo de Gata. En Nosotros hay una mirada atrás hecha desde la nostalgia positiva, desde la calma del ahora que entraña en su designio el aire de la pérdida irrecuperable, y siempre se contempla el acontecimiento desde una luz cálida, desde una reconciliación con la vida misma y su esencia última: la llegada de la muerte. Una vez transmitida esa emoción, el poeta nos trae al presente, nos aproxima a la universalidad de lo que anhela decir: tal vez que aquello es esto, que el ayer es también el hoy, que lo que fue, de alguna forma, no ha dejado de ser.

En esa línea he encontrado (y escuchado su recitación por Ginés en dos ocasiones muy próximas) un poema que me ha encogido el alma, porque yo también tengo un padre que tiene un huerto, y temo –ni siquiera me atrevo a imaginar- el día en el que él no esté, como ya no están los pasos del padre de mi padre, que habitó el mismo terreno que hoy puebla él. Por eso hoy quiero colgar en mi blog el poema de Ginés Aniorte. Y también esta foto que hice de mi padre hace tan solo unos días, unos soles antes de que los melocotoneros que mima flor a flor estallasen en un universo rosa. Está en su huerto, en su hogar, donde se ha doctorado en la vida y de quien tantas cosas fundamentales he aprendido; por ejemplo, que el silencio es uno de los mejores dones de la naturaleza, o que las cerezas han de comerse recién cogidas del árbol para que ofrezcan todo su esplendor entre los labios.


EL HUERTO DE MI PADRE


EL huerto está encendido

de olivos y de rosas.

La higuera humilde luce la hermosura

que la habita, y el naranjo en sazón

pende del cielo azul

y, arrebatado, huele.


Hay ciruelos y nísperos

y pájaros que cantan y rompen el silencio

de una tarde que esparce en sus dominios

su luz irrepetible y sus aromas.


Mi padre está ocupado en antiguos afanes

y es el alma del huerto que hoy alumbra

colmado de sus frutos y sus flores.

Acaricia los árboles como a hijos, y mira,

con ternura indecible, el delicado verde

que esparce su fulgor sobre las hojas.

Sus ojos reconocen, de cuanto brota, el nombre,

y si su mano escarba entre la hierba

por arrullar el talle de las plantas,

se confunde su piel y es tierra todo,

y en el sutil contacto prende el fuego

en las hondas raíces, que nacen de sus pies

con ventura asombrosa.


Vendrá un día

en que el alma cansada de mi padre

haga al cielo heredero de todo cuanto sabe

y de la savia de este huerto sagrado

que anida en él, secreta y jubilosa.


Ese día no habrá árbol ni flor

capaz de redimirlo.

Y el laurel oloroso,

el olmo, la palmera, los pájaros que, entonces,

habiten, silenciados, la aflicción de una tarde

que adivinan mis versos,

todo se abismará en la sombra que anuncio

y guarda este poema,

para así confundirse con la nada,

esa nada que habrá de ser el cielo

caído sobre el huerto sin memoria

de este hombre que aún hace girar el mundo

cuando pisa su reino

y habla con los árboles.

Ginés Aniorte
(versión corregida por el autor)

Añado la suite nº 1 para violonchelo, pequeño homenaje musical a J. Sebastian Bach, que nació en Eisenach tal día como hoy, 21 de marzo, inicio de la primavera, día de la poesía y día, por tanto, de la música hecha palabra:

http://www.youtube.com/watch?v=LU_QR_FTt3E


4 comentarios:

Sherpa dijo...

Poema enorme, hechido de ese orgullo que nos humaniza, no del otro que se asemeja a la vanidad y que amenudo nos disgusta.
Enhorabuena por esa puntería en la elección; y también por esa foto enramada que paradójicamente simboliza las raíces de las que todos estamos hechos, con huerto real o con huerto virtual.

María dijo...

Vuelvo Isabel, como río que busca un recorrido conocido, seguro.

Y es que has tocado temas importantes para mí: el huerto, la tierra, los panes preciosos que nos alimentan, el padre...

En mi familia, "el huerto" ha sido sustento, sufrimiento y dicha. El padre ha sido dolor, mucho dolor... Y he buscado en la literatura quien me acompañara en ese sufrimiento desde la infancia.

Ni padre, ni madre están ya. Pero ahí sigue el huerto, la huerta materna y sus frutos. Y me llegan patatas, garbanzos, calabazas y huevos desde la tierra de ese padre casi olvidado para sobrevivir.

Y en mi terraza, hoy ha explotado mi roble...

Gracias.

Isabel Martínez Llorente dijo...

@Sherpa: Creo, sinceramente, que es un poema que nos atrapa por la universalidad de su contenido. Todos tenemos "un huerto", un escenario donde habitan nuestros seres más queridos. Y todos, como la emoción que transmite el yo lírico de esta composición, tenemos pánico al vacío que provoca la ausencia de las presencias que habitaron dichos lugares.
Gracias por ser fiel seguidor de este blog, y gracias por regalarme el título de este post. Con tu "guía" es fácil acertar en el blanco.

Isabel Martínez Llorente dijo...

@María: ¡Hola de nuevo!
Pienso, María, que padre y madre seguirán estando en el estallido del roble, en las patatas que tuvieron como origen las manos de ellos, en los garbanzos y calabazas que cocinaron en otros tiempos. En realidad, todo es lo que fue. Y pasan, pero permanecen. También esto forma parte de la vida. Mi abuelo Paco sigue acompañándome cada vez que cojo jínjoles aunque muriese a mis trece años...

Un abrazo y gracias por navegar por este río.