18 nov. 2013

Con o sin motivo







¿Acaso es tiempo mal gastado el que se emplea en vagar por el mundo?
Don Quijote

Esta mañana he vuelto a sentir ese algo inefable que me habla susurrándome en los adentros y me dice que ya es hora de coger la maleta y montarme en el primer tren que pase rumbo a ninguna parte. Ya intuí algo el otro día cuando, camino del centro de la ciudad, tuve que esperar a que pasase el tren. Detenida en el borde de la vía, noté el escalofrío: hubiera preferido estar en el estómago de la ballena que navegaba por los raíles que fuera, contemplando cómo se escapaba ajena a mí, a otro espacio tan distinto al mío, rumbo a otra vida. Es una sensación constante con la que vivo y que me hace sentirme, cada cierto tiempo, fiel a mí misma: de repente, sin ningún motivo (al menos aparentemente, quién sabe si habrá algún motivo para todo) siento que quiero viajar, moverme de donde estoy, no instalarme en la cómoda quietud, respirar otros aires. Esas ganas de volar son innatas a mi yo: no sé ser sin el deseo de no estar permanente en parte alguna; sin embargo, vivo anclada a una mesa con un ordenador, a un trabajo diario, a una casa con sus paredes. Es el eterno conflicto que muy bien vio Cernuda (por poner un nombre) entre la realidad y el deseo. En cuanto publique este post, me pongo a buscar un billete para cualquier lugar. Tengo ganas de vagar por la cuna de la civilización occidental (que es lo mismo que decir Grecia) y rememorar los pasos de Ulises… demasiadas ganas.

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