20 nov. 2013

Un cuento, dos cuentos

A María José

 Durante la sobremesa de una comida muy especial, me encontraba relatando mis escasas aventuras de niña a un auditorio formado por un buen grupo de amigas. Yo siempre fui miedosa y preferí recluirme en las historias que inventaba que vivirlas en la calle de mi pueblo, junto a otros niños: escogí la soledad en vez de las multitudes y elegí el mundo de la fantasía en vez de la realidad. Entre cafés y dulces reíamos animadamente, después de una comida de “autora” (¡nuestra anfitriona lo hace todo bien!, ¡qué mujer!) y las carcajadas fluían solas al comparar mi cobardía con las acciones trepidantes y peligrosas de las otras comensales. Por esas etapas discurríamos cuando una de ellas me dijo: “¡oye, te pareces al cuento de la princesa y el guisante!”. La miré sorprendida y aún lo estoy hoy. De toda la cuentística de la tradición popular acertó en la elección: La princesa y el guisante estaba recogido en una antología de cuentos que mi tío tenía (y tiene) en la biblioteca de su casa. De niña me moría de ganas de irme a aquel rincón para jugar con mi prima (siempre fuimos cómplices), y pasaba allí todas las noches de Reyes Magos, lo que significa que mi primer regalo del año pasaba por leer ese cuento una y mil veces, hasta que llegaba al séptimo colchón y allí estaba el guisante y aquella era la verdadera princesa, la elegida por el príncipe… Y así repetía la lectura, viviendo la prueba una y otra vez, esperando que llegase el conocido final feliz.

Hoy observo callada con nostalgia a aquella niña sentada en una vieja mecedora que aún sigue ocupando su puesto en la casa de mi tía junto a la estantería donde habitan los libros (en los últimos años cede su sitio para dejar espacio a un gran árbol de Navidad, entonces en mi familia no existía esa costumbre, sino la del belén); la veo con su pelo recogido en una eterna trenza, allí está, balanceándose con los pies colgando sin alcanzar el suelo, y buscando con expectación la consabida página donde empieza su cuento. Se aísla de todos, ella y las palabras, mientras a su alrededor deambulan en los trajines navideños la prima, las amigas de la prima, la tía, los abuelos… y ella lee sin cesar línea tras línea hasta llegar al final. Después, pasa de largo por dos cuentos y se detiene: ahí está La niña de la caja de cerillas, y siente el mismo frío de la protagonista en sus manos, enciende otra cerilla, (¡sí, enciéndela y caliéntate!- le grita en silencio), y otra más, y así hasta que se agotan las cerillas. Sabe que la niña ha muerto, pero quiere pensar que no es así, que está en un mundo mejor. Y la prima llega correteando, le dice que deje ya el libro, que abajo las esperan para ir a la cabalgata porque ya han llegado los Reyes Magos al pueblo, y entonces devuelve el libro azul a su hueco del estante, al lado de ese granate con las letras doradas que le dibujan un lomo majestuoso, y se despide cómplice de él hasta muy pronto, sabiendo, como sabe, que su regalo, el mejor, acaba de acariciarlo.

Estos días no he dejado de darle vueltas a este libro, a esos dos cuentos, a aquella niña que desapareció bajo siete colchones tras la luz tenue de unas cerillas, a esta mujer de hoy que mira de reojo a la realidad mientras se instala en el país de la fantasía. Pensándolo bien, no hay tanta distancia: todos somos, casi, lo que fuimos. Los matices solo los dan las páginas transitadas, los caminos no recorridos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...


A mi me gustaba "La reina de las nieves". por el largo viaje que emprendió la niña Gerda y todas las peripecias que le ocurrieron buscando a su amigo Kay.

Gracias

Mª José.

Anónimo dijo...

Simbad, el Marino...