2 feb. 2017

"Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar", M. Ende

Son tiempos aciagos para la lentitud. En nuestro mundo de hoy toca vivir a un ritmo frenético: viajar en avión (para perder la noción de la distancia exacta que nos separa de un punto y "estar" en la otra parte del mundo sin haberte percatado del camino); buscar en el sabelotodo Don Google cualquier duda para que esta deje de existir al instante (aunque te proporcione un conocimiento superficial del asunto); comunicarte con los tuyos para avisar de que estás yendo, de que ya vas por el medio del camino, o de que ya has llegado, e incluso de que justo ahora has subido a casa, etc.; colgar en la red tu vida en treinta caracteres porque para qué más; subir la foto que deja constancia de que estás ahí para que haya un montón de "me gustan" detrás y te sepas aceptado y gustado por la comunidad conocida y también por la desconocida... y un largo etcétera que cada uno podrá engrosar sencillamente con pararse un minuto a observar su día a día.

En este contexto hoy se me hace necesario volver a sentir la calidez de aquella dulce niña llamada Momo que escuchaba a los adultos sin tiempo: ella se detenía  y les prestaba atención mientras, casi sin hablar, ellos iban hilando sus vidas. Sencillamente, escuchaba. Más que una virtud del personaje de Ende, es una actitud: si todos escuchásemos con todos los sentidos, seguramente las consecuencias se harían visibles a medio plazo. 

¿Qué relación tendrá nuestro modo de vida apresurado con la necesidad de triunfo de algunos, con la sed de éxito porque sí -a veces sin sustancia en la que basarlo; o peor, basándolo en las ideas ajenas-, con la costumbre de pasar por encima de todo lo moral y lo inmoral para estar en el lugar antes que nadie y llenarse las solapas de galones? ¿Para qué trepar tan rápido por las jerarquías de cualquier orden si en el camino no te nutres del silencio que te llena y te forma como persona? La hipocresía y la superficialidad van, por el mundo de hoy, corriendo.


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