Desde hace años -demasiados- mis años no comienzan en enero, sino con el nuevo curso escolar. Éste no está siendo diferente: agradezco que me nazca la ilusión renovada de saberme frente a unos adolescentes a los que con todas las herramientas que las palabras y la música y el arte ponen a mi alcance, intentaré agitar. No consiste en que aprendan muchas cosas, sino en suscitarles la curiosidad por aprender algunas. No se trata de lecciones magistrales, sino de hacerlos mirar la vida con ojos inquietos para que sean capaces de sorprenderse por hechos casi invisibles. No busco grandes mentes, sino “personitas” que se están formando y que esculpirán un futuro tal vez mejor.
Desde hace años -demasiados- mis primeros días de curso escolar son siempre un manojo de nervios: este año, como aquel en el que mi madre me dejó en el aula de preescolar con una trenza y un babi azul (no me gustaba el rosa), me enfrento al acontecimiento con un gusanillo que me recorre el estómago, casi feliz de que todo se produzca de nuevo. Y consciente de que este año, casi tanto como entonces, casi tanto como el pasado, mi vida cambia al ritmo de cada página explicada y de cada poema medido.
Desde hace años -algunos menos- me sorprende que este centro de enseñanza que me habita y que yo habito pueda aún depararme antiguas ilusiones junto a los primeros atisbos de incredulidad y escepticismo. Ha de ser este lado de la mesa; o ha de ser la madurez, que, sospecho, cada año me toca más de cerca.
Digamos que no tiene comienzo el mar
Empieza donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes
Jose Emilio Pachecho
La función del arte /1
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff,
lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba mas allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas dunas de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos.
Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor que el niño quedo mudo de hermosura.
Cuando por fin consiguió hablar, temblando,
tartamudeando, pidió a su padre:
- ¡Ayúdame a mirar!
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.
***
El mar, como la luna, guarda la magia de lo indecible en el tránsito de sus vaivenes, el milagro de lo cercano que une y aleja a un tiempo.
El mar me acompañó arrullándome en sus olas. La luna me atrapó desde niña. Ahora, cuando la contemplo sobre el manto de agua, llena y perfecta en su redondez, sé que no hay deseos imposibles. Su luz blanca llena el horizonte de esperanza. Quizás todos los lugares se encierren en una mirada; y los sueños, a veces, se cumplan. Lo dijo Hölderlin: en la eternidad de los sueños somos dioses. Mar y luna se funden en la espiral infinita de los calendarios cada noche como en un sueño, como dioses.
“Custode della Luce” - guardian of the light. Nickled bronze - 2007. Edition 7 + 3. Cm 21,5 x 17 x 18 MATTEO PUGLIESE
(Fotografía tomada de la página web del autor)
Las mañanas pasan claras y desiertas. De igual modo tus ojos se abrían hace tiempo. La mañana transcurría lenta, era un remolino de luz inmóvil. Callaba. Tú callabas, viva; las cosas vivían bajo tus ojos (ni pena, ni fiebre, ni sombra) como un mar matinal, claro. Donde tú estás, luz, está la mañana. Eras la vida y las cosas. En ti respirábamos, despiertos bajo el cielo que aún hay en nosotros. Ni pena, ni fiebre, entonces, ni esta sombra pesada del día lleno de gente y distinto. ¡Oh luz, claridad lejana, respiración cansada, dirige hacia nosotros los ojos inmóviles y claros! Es oscura la mañana que pasa sin la luz de tus ojos.
Hay casualidades que no son tales para hacernos ser unísonos. Y así, encender la luz una y otra vez hasta que ya no se apague y se logre llegar a la otra orilla. Y vivirlo todo desde una nostalgia de pasados futuros, de resplandor que ciegue, de puentes cruzados. Desde la luz de la mirada sorprendida. Desde la poesía de Tarkovsky o Pavese o Pugliese. O desde el rayo que ilumina la estancia una mañana soleada tras la lluvia.
A esta entrada le falta una música con pasión como ésta:
Hoy, mientras las protagonistas de la película de Medem compartían el mismo cepillo de dientes –éste no es violeta ni rojo, sino blanco- una le ha dicho a la otra: “No se puede tensar el arco si no hay una diana a la que apuntar”. La cita es de Leon Battista Alberti un hombre renacentista que también cultivó la poesía. No sé si Eugene Herrigel había leído ese pensamiento cuando escribió Zen en el arte del tiro con arco, obra que llegó a mis manos hace más de cuatro años y que desde una perspectiva desconcertante muestra como un profesor alemán residente durante años en Japón descubre que con un arco y una flecha se puede provocar la apertura del sentimiento creador o de la iluminación emocional. Creo que la cita de Alberti podría ser un excelente cierre para una obra tan especial. Y creo también que sí, que para “ser” hay que saber exactamente hacia donde quieres dirigirte. Hace poco alguien me dijo que al mismo tiempo que uno se define, su mundo se define con él. Supongo que todo en la vida se remite a la elección: si visualizo una diana, he de apuntar en esa dirección. Así saldrán los disparos de mis nuevas imágenes. Así los nuevos versos que se guardan en la punta de mis dedos. Así las pinceladas. Así fue la magia. Así es el milagro.
(Playa de Baldaio, un mar inundado de piedras ausentes)
Se llama Aitana y está a punto de seguir respirando en nuestros brazos.
Hoy la sentimos moverse, agitarse, quiere que todos la veamos y que finalmente desvelemos de quién es esa nariz, la forma de su mentón, los labios gruesos que se le atisban, el sonido de su llanto o el tacto de sus deditos.
Tal vez exista el destino. Últimamente lo estaba dudando, pero si nos atenemos a los hechos, puede que realmente todo esté escrito. La historia se remonta a una tarde estival del pasado julio cuando ella era aún un sueño (o una realidad). Su papá encontró, mientras buceaba, allá en las profundidades marinas, una piedrita –como diría Benedetti- con una inscripción: Aitana. Pocos días después se enteraron de que serían padres. Y semanas más tarde, supieron que era una niña. La casualidad más increíble de todas es que ése, precisamente, era el nombre que habían decidido ponerle si resultaba ser niña. No me extraña que saliese del agua llamando a mi amiga como un loco, pero un loco de alegría sabiendo que todo se había conjugado ya para que sucediese el milagro de la vida.
Yo… desde este rincón tan mío que en tantas ocasiones se ha llenado de sombras o grises, quiero hoy confesar que me siento ilusionada, feliz, expectante, muy azul… Y declaro firmemente que ¡la mimaré todo lo que pueda! La vida merece la pena: aunque nos estemos cargando el mundo, hay esperanza de que algún día Aitana y sus compañeros de generación lo cuiden, lo salven. Ella y todos los jóvenes son el oxígeno del mañana. Y nuestra sonrisa de hoy.